El bar ya estaba cerrado cuando volvimos, tenían inventario o algo así, pero había una tienda con licores; los aeropuertos son todo un mundo, solo que este mundo ya está dormido. Nos quedamos en una sala de espera, sentados contra las ventanas que daban a la pista de aterrizaje.
La botella ya hacía frente a nosotros, tal vez no debería estar bebiendo con el medicamento de los cólicos en el sistema pero la persona que tengo a mi lado me hizo más daño que lo que me estoy provocando con mis malas decisiones. Ninguno había dicho nada y creo que nos reconocieron las personas de seguridad porque de la nada desaparecieron.
No me estaba gustando nada estar a lado de Jason, su tacto me provocaba la sensación de vómito en el estómago y honestamente no sabía que estaba haciendo a su lado. Me sentía como esa primera noche justo cuando la aventura tocó mi puerta y yo gustosa la recibí. Fue una idiotez pero esa madrugada marcó el resto de nuestras vidas.
No quería revivir el pasado, pero daría todo por tener los pensamientos que dejaban sin habla a la persona que tenía a mi lado.
—¿En qué tanto piensas? —me atreví a preguntar.
—¿Recuerdas el restaurante donde te lleve esa noche? —contestó con otra pregunta.
—Claro, me llevaste varias veces en ese año, ¿Cómo lo iba a olvidar?
—Fui hace poco, llevé a mi abuela como ella hacía conmigo y después de un rato me dijo "Jason, no soy quien para decirlo, pero has arruinado tu vida, tenías a una bella chica a tu lado y puede que le llevarás algunos años pero te hacía feliz, ahora no eres feliz" —se quedó mirando a la botella que seguía intacta.
—Siempre creí que me odiaba.
—¿Mi abuela? En realidad eres la única chica que llegó a agradarle.
—¿Ni siquiera le agrada la futura madre de sus bisnietos? —pregunte irónica.
—No, en realidad se opuso al casamiento y me quitó el anillo, dijo que me lo dió porque creyó que había encontrado al amor de mi vida, pero ahora cree que arruinó mi vida y le fascina recordarlo —contestó riendo.
—Bueno, también tu te fuiste a Los Ángeles, la ciudad a la que le jurabas eterno odio —segui divertida.
—No le juré eterno odio —protestó. —Tan solo dije que esa ciudad en particular no me gustaba, mucho calor, mucho frío, mucha gente, muchos famosos.
—Pero Nueva York es igual, gente, frío, pero con muchos edificios.
—Mira, si me vas a poner a elegir entre una ciudad y la otra, prefiero París —siguió divertido.
—Pero es igual, solo que con ratas, rateros y personas groseras.
—¿Pero qué tú no puedes darme la razón por una vez en la vida? —pregunto riendo y estirándose por la botella.
—Las tres ciudades son exactamente igual, solo que una con edificios, una con playa y una con una torre de hierro —seguí jugando mientras él abría la botella.
—Okay, te doy la razón en eso pero siguen siendo diferentes.
—Explicame entonces —tomé la botella ya abierta y le di un trago.
—Te conocí en Los Ángeles, Me enamoré de ti en París y en Nueva York te perdí —lo miré pero no parecía que bromeara —. Y si alguien me dice que el resto de mi vida debo vivir en una de esas tres ciudades, siempre elegiré París. La mirada que tenías al tener toda la ciudad a tus pies, las seis veces que me hiciste subir la torre Eiffel, tu sonrisa comiendo Croassant y las muecas que hiciste cuando te di vino.
—Prefiero los italianos, la uva es más dulce —tomó la botella para darle un trago —. Me estás diciendo que desde lo que pasó, ¿no has estado en Nueva York?
—Me quedé como un mes, esperaba que volvieras pero eso nunca pasó y simplemente no podía estar en ese departamento solo, así que después de las grabaciones de la película anduve de ciudad en ciudad hasta que bueno, empecé a salir con ella y me arrastró a Los Ángeles.
—Pensé, bueno, ella mencionaba que vivían en Nueva York.
—Nadie más ha entrado en ese departamento desde lo que pasó, compramos un departamento en otro lado después de negarme a usar el que tenía.
—Cosas de ricos —le quite la botella para darle un trago.
—No es eso, a pesar de que mandé tus cosas a Atlanta, tu marca estaba en todos lados: la pared del salón; las plantas de la terraza las llevabas y cuidabas tú; las fotografías y pinturas que adornaban las escaleras tú las escogiste; la cobija de la recámara, las alfombras, los jabones, la comida. Todo tenía tu toque personal, llevarla ahí y dejar que hiciera los cambios que quisiera significaba únicamente que lo nuestro nunca existió, que nunca me importo lo suficiente para poder conservarlo y está vez no te daría la razón de eso.
—¿Compraste un departamento nuevo para que no tuviera razón? —él asintió mientras yo bebía de la botella de nuevo —. Siempre llendote a los extremos.
Comenzó a reírse y me quitó la botella; lo miré, se veía cansado, pero feliz.
—Me siento como esa primera noche —dijo luego de un rato, la mirada la tenía perdida y creo que ambos pensábamos lo mismo, en como terminó —. Solo me preguntó ¿por qué cada encuentro te quedas con una de mis chamarras?
Sonreí recordando que tenía puesta su chamarra, la misma que me dio el otro día afuera del evento. Pero era cierto, su saco en Los Ángeles; su suéter en San Francisco; el abrigo en Londres. Siempre me quedaba con alguna prenda de él.
Todo siempre pasaba como la primera vez.
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Los caballos de mar
Roman pour AdolescentsCuando te conocí yo tenía dieciocho y tú tenías veinticinco. Yo era la amiga de alguien y tú el futuro de Hollywood. Tu eras uno de mis más grandes ídolos y yo solo una fan más tuya. Cuando te conocí, estaba perdida en medio de la oscuridad y tú me...
