Hope Mikaelson no esperaba que su nueva profesora, Catalina Valcourt, fuera tan imponente y cautivadora. Con una belleza que deja sin aliento y una autoridad imposible de ignorar, Catalina no tarda en despertar en Hope un deseo tan prohibido como pe...
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Catalina retiró su mano con una lentitud exasperante, como si disfrutara del efecto que tenía sobre Hope.
—Siéntate —ordenó, su tono firme, sin dejar espacio a discusión.
Hope se cruzó de brazos.
—¿Y si no quiero?
Catalina inclinó la cabeza con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Oh, lo harás.
No hubo amenaza en su tono, pero la forma en la que lo dijo, con esa seguridad absoluta, hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Hope.
Y antes de que pudiera decidir si quería desafiarla o no, la profesora tomó su muñeca con delicadeza, guiándola con suavidad, pero con una fuerza innegable, hasta el asiento frente a su escritorio.
Hope se dejó caer en la silla con los labios fruncidos, más por orgullo que por verdadera resistencia.
Catalina no se apartó de inmediato.
En cambio, se apoyó contra el respaldo de la silla, inclinándose apenas sobre ella, tan cerca que Hope pudo notar el leve aroma de su perfume.
—Buena chica —murmuró.
Hope sintió el calor subirle al rostro, pero no se permitió flaquear.
—¿Por qué dices eso de los Mikaelson? —preguntó, con la voz más firme de lo que esperaba.
Catalina enarcó una ceja.
—¿Eso qué?
—Que somos impulsivos, egocéntricos y peligrosos —enumeró Hope con un deje de molestia—. ¿Qué sabes tú de los Mikaelson?
Catalina dejó escapar una risa suave, una que hizo que el estómago de Hope se apretara de una forma extraña.
—Deberías preguntarle a tu tía Freya. O a Bekah. Ellas lo saben muy bien.
Hope frunció el ceño.
—Eso no responde mi pregunta.
Catalina se enderezó, rodeando la silla con pasos lentos, medidos, sin dejar de observarla.
—Responde más de lo que crees —dijo, con esa voz sedosa que parecía capaz de envolver a cualquiera en su red.
Hope apretó los puños sobre sus muslos.
Catalina sabía algo.
Algo importante.
Y no iba a decírselo.
Al menos, no fácilmente.
—Freya nunca mencionó tu nombre —soltó, probando terreno.
Catalina dejó escapar un suspiro casi divertido.
—Oh, querida. Mi nombre no es algo que se mencione a la ligera.