Hope Mikaelson no esperaba que su nueva profesora, Catalina Valcourt, fuera tan imponente y cautivadora. Con una belleza que deja sin aliento y una autoridad imposible de ignorar, Catalina no tarda en despertar en Hope un deseo tan prohibido como pe...
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El reloj en la pared marcaba las cuatro con doce minutos cuando Catalina dejó el bolígrafo negro sobre el escritorio, frotándose las sienes con una mano. Llevaba más de una hora revisando ensayos. Algunos decentes, la mayoría no tanto. Sus dedos pasaban entre los papeles con ritmo calculado, la luz cálida de la lámpara iluminando apenas su rostro mientras la tarde se desvanecía tras las cortinas cerradas.
El silencio era su refugio, y también su armadura.
Hasta que la puerta se abrió de golpe.
Catalina ni siquiera se sobresaltó. Simplemente alzó la vista sin emoción visible, manteniendo la espalda recta en la silla.
—Es de muy mala educación entrar sin golpear —dijo con tono seco, sin mirarla aún—. Pero eso ya lo sabes.
La voz que respondió no tenía rastro de desafío, ni tampoco de disculpa. Solo urgencia.
—Por favor, mírame.
Catalina levantó la mirada con lentitud, casi con resignación. Y ahí estaba.
Hope Mikaelson, de pie frente a ella, con el cabello cayendo sobre sus hombros como una cascada desordenada. Los ojos brillaban como si arrastrara una tormenta por dentro, y sin embargo, su postura era firme. En el umbral de su autocontrol.
Catalina no dijo nada por un momento. Solo la miró. Hope se veía igual de linda que siempre, aunque había algo nuevo en su mirada: determinación, quizás. O quizá solo cansancio. Catalina se inclinó hacia atrás en su silla, cruzando los brazos.
—¿Qué pasa, Mikaelson? —preguntó, su voz tan calmada que contrastaba con la intensidad en el ambiente.
Hope apretó los labios, bajando la mirada solo un segundo, como si estuviera armando las palabras antes de lanzarlas.
—Tenemos que hablar —dijo finalmente.
Catalina suspiró muy despacio, como si ya hubiera sabido que esa conversación llegaría tarde o temprano.
—¿Sobre qué? ¿Sobre cómo no puedes evitar irrumpir en mi oficina sin permiso? ¿Sobre cómo no has dejado de observarme como si fuera un acertijo que no puedes resolver? ¿O…? —Hizo una pausa, midiendo sus propias palabras—. ¿Sobre lo que pasó?
Hope no respondió de inmediato. Cerró la puerta tras de sí, esta vez con cuidado, y dio unos pasos hacia adelante. Catalina observó cómo sus dedos temblaban levemente al cerrar el pestillo. No era miedo. Era contención.
—No puedo sacarte de mi cabeza —dijo Hope, finalmente.
Catalina se levantó.
No de golpe, no con prisa. Lo hizo como quien sabe exactamente el efecto que provoca con cada uno de sus movimientos. Como un depredador midiendo el terreno antes de lanzarse al ataque… o como alguien que sabe que ella es el terreno y lo tiene todo bajo control.