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Catalina llegó a la Escuela Salvatore antes de que el sol terminara de alzarse por completo sobre Mystic Falls

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Catalina llegó a la Escuela Salvatore antes de que el sol terminara de alzarse por completo sobre Mystic Falls. Aparcó su coche en el mismo lugar de siempre, lejos de la entrada principal, donde pocos se atrevían a estacionar. Un hábito que nunca abandonó desde sus años en Alemania: evitar estar demasiado expuesta.

Caminó por los pasillos desiertos, sus tacones resonando suavemente contra el suelo de madera pulida. La escuela aún dormía, envuelta en un silencio espeso, interrumpido solo por el susurro del viento y el crujir de la vieja estructura.

Su primera clase aún estaba a horas de comenzar, pero eso no le importaba. Tenía otros asuntos que atender antes de que los estudiantes llenaran los pasillos con su caos matutino.

Entró en su despacho, un espacio elegante y ordenado, con estanterías llenas de libros antiguos y una gran ventana que dejaba entrar la tenue luz del amanecer. Se quitó el abrigo, lo colgó en el perchero y se sentó en su escritorio con un suspiro.

Luego, cerró los ojos.

La sensación de caer fue inmediata, como si su conciencia abandonara su cuerpo y se deslizara suavemente por los corredores de la mente colectiva de la escuela. Catalina no solía hacer esto con frecuencia, pero esa mañana tenía un propósito.

Primero, pasó por los sueños de algunos estudiantes al azar. Imágenes borrosas de exámenes fallidos, criaturas imposibles y miedos infantiles se entrelazaban en su camino. Sonrió ante la ingenuidad de sus mentes antes de continuar su descenso.

Luego, llegó a ellas.

Josie y Lizzie.

Catalina inhaló profundo antes de adentrarse en la mente de la primera.

Josie.

Se encontró en un pasillo largo, iluminado por una luz mortecina. Al fondo, una figura familiar: Penelope Park.

Josie estaba parada frente a ella, los ojos brillantes por las lágrimas que amenazaban con caer. Penelope, como siempre, sonreía con esa mezcla de burla y encanto.

—Eres tan patética, Josie —dijo Penelope con suavidad, inclinando la cabeza—. Siempre sacrificándote por los demás, siempre siendo la sombra de tu hermana.

Josie tembló.

Catalina sintió una punzada de rabia en su interior. No era real, lo sabía, pero los sueños podían ser crueles, y este en particular estaba desgarrando a Josie por dentro.

Con un leve gesto de su mano, la escena comenzó a cambiar.

Las sombras del pasillo se desvanecieron, reemplazadas por un cálido jardín iluminado por faroles flotantes. Penelope seguía allí, pero ya no sonreía con burla. Ahora miraba a Josie con ternura, con afecto genuino.

—Lo siento —susurró Penelope, tomando la mano de Josie—. No quería lastimarte.

Josie parpadeó, confundida al principio, pero luego su rostro se relajó.

TEACHER -HOPE MIKAELSON-Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora