Hope Mikaelson no esperaba que su nueva profesora, Catalina Valcourt, fuera tan imponente y cautivadora. Con una belleza que deja sin aliento y una autoridad imposible de ignorar, Catalina no tarda en despertar en Hope un deseo tan prohibido como pe...
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Pasado
La casa de Catalina estaba llena de una calidez serena esa tarde. Las cortinas de lino blanco dejaban entrar la luz del atardecer como si el sol quisiera quedarse un poco más. En la sala principal, las risas suaves de las niñas llenaban el espacio con una melodía que parecía protegerlas de todo lo oscuro que existía más allá de esas paredes.
Lizzie estaba sentada sobre las piernas de Catalina, trenzándole el cabello con dedos pequeños y torpes, pero decididos. Cada tanto soltaba un “¡Ay, se me fue un mechón!” seguido por una carcajada que hacía vibrar el pecho de la mujer que la sostenía.
Caroline, mientras tanto, tenía a Josie dormida sobre su regazo. Su brazo le hacía de almohada, y su otra mano acariciaba suavemente el cabello oscuro de su hija, que respiraba tranquila, como si nunca en su vida hubiera existido el peligro.
—Creo que nací para esto —murmuró Catalina con media sonrisa, sintiendo los mechones de su cabello apretados bajo los lazos que Lizzie buscaba anudar—. Aunque ya no sé si tengo más trenzas que ideas.
Caroline rió bajito, disfrutando del momento de quietud. La tranquilidad era un lujo.
Y luego, el estruendo.
Un golpe seco y brutal contra la puerta principal sacudió toda la casa. Josie despertó sobresaltada, y Lizzie apretó los dedos con fuerza en el cabello de Catalina, quien la sostuvo con reflejos de acero.
Ambas mujeres se pusieron de pie al instante.
—¿Qué fue eso? —preguntó Caroline, sujetando a Josie, su voz cargada de alarma.
Catalina tomó a Lizzie en brazos con delicadeza y la entregó rápidamente a Caroline, sus ojos brillando con alerta. Su tono fue firme, sin espacio para réplicas.
—Quédate aquí con ellas. No abras la puerta, no salgas. Voy a ver qué fue.
—Cat... —comenzó Caroline, pero la otra ya estaba saliendo al pasillo con paso veloz.
Catalina avanzó con cautela por el corredor. Sus sentidos estaban agudos. Algo se arrastraba en el aire, algo espeso y hostil. Un segundo golpe sacudió una ventana del costado, y ella giró bruscamente. De pronto, un cuerpo se estrelló contra ella.
Era un hombre. Robusto. Grande como una montaña. El impacto la hizo chocar contra la pared, sacándole el aire por un segundo. Pero sus reflejos eran antiguos, entrenados. Catalina giró el cuerpo, bloqueó el siguiente golpe con el antebrazo y hundió la rodilla en el estómago del intruso. No fue suficiente.
El hombre gruñó como un animal, y su fuerza parecía impulsada por algo más que furia. Magia. O rabia pura.
Catalina retrocedió unos pasos, leyó sus ojos, y murmuró una frase en voz baja, un encantamiento de control mental. El hombre vaciló, se resistió. Pero sus parpadeos se hicieron más lentos. Sus músculos comenzaron a fallar. La mente del intruso se quebró bajo el peso de Catalina.