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Hope no se movió al principio

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Hope no se movió al principio. Se quedó ahí, estática, el corazón golpeándole las costillas como si quisiera escapar de su pecho. Sentía el aliento aún caliente de Catalina en la piel, como si no la hubiera dejado de tocar. Como si el roce, los besos, las mordidas, aún estuvieran sucediendo en el tiempo que se extendía entre sus piernas y le quemaba la garganta.

La oficina estaba en completo silencio.
Solo ellas.
Y la puerta entreabierta.

Hope miró esa abertura como si al otro lado estuviera el mundo entero… y luego volvió a mirar a Catalina.
Y entonces lo supo.
Se rindió.
Con cada célula. Con cada deseo que la consumía por dentro.
Al carajo la detención. Al carajo el castigo de Alaric.
Y sobre todo, al carajo el autocontrol.

Cerró la puerta.

El clic seco del pestillo sonó como una campana de sentencia.

Catalina, desde su asiento, ladeó la cabeza con lentitud, como un animal que acaba de ver a su presa rendirse. Y sonrió. No una sonrisa dulce. No. Catalina no tenía espacio para la dulzura. Sonrió como sonríe el lobo cuando la presa da un paso hacia él por voluntad propia.

—Así me gusta —susurró, apenas.

Hope tragó saliva, y la miró como si fuera la última cosa viva que vería en la tierra. Y si lo era, qué jodidamente perfecta forma de morir.

Catalina estaba recostada contra la silla con una elegancia innata. Las piernas cruzadas, la espalda recta, una mano en el apoyabrazos y la otra jugueteando con un anillo en su dedo. Y Hope no podía dejar de verla.

La piel de Catalina era como un secreto divino. Morena, suave, brillante, como si el sol mismo se hubiera rendido a ella y hubiese quedado atrapado en cada centímetro de su cuerpo. Tenía ese dorado sutil que parecía emanar calor. Un calor que Hope ya había sentido. Uno que la había quemado, en el mejor sentido.

Su pelo negro caía salvaje por sus hombros, liso en algunos tramos, con ondas suaves que rozaban sus clavículas. Oscuro como la noche, como el deseo, como los secretos que ella escondía bajo esa fachada de autoridad. Hope quería hundir los dedos en ese cabello. Tocar. Agarrar. Tirar. Dejar que la envolviera.

Pero eran sus labios los que más la enloquecían.
Pecadores. Gruesos. Rosados.
Hechos para mentir, para seducir, para castigar y para besar como nadie más.

Hope se humedeció los propios sin pensarlo.
Catalina la había besado como si fuera suya. Como si no existiera nada más.
Y verla así, relajada, tranquila, como si no estuviera dejando su alma hecha un caos… solo lo empeoraba todo.

—Tienes que dejar de mirarme así —dijo Hope, con la voz áspera.

Catalina la observó desde su silla, sin moverse.

—¿Así cómo?

—Como si ya supieras lo que voy a hacer antes que yo lo piense.

Catalina levantó una ceja, divertida.

TEACHER -HOPE MIKAELSON-Donde viven las historias. Descúbrelo ahora