Hope Mikaelson no esperaba que su nueva profesora, Catalina Valcourt, fuera tan imponente y cautivadora. Con una belleza que deja sin aliento y una autoridad imposible de ignorar, Catalina no tarda en despertar en Hope un deseo tan prohibido como pe...
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Catalina estaba en su oficina, con la espalda firmemente apoyada en el respaldo de la silla, una pluma entre los dedos y una pila de tareas y ensayos frente a ella. Las cortinas permanecían corridas, bloqueando la tenue luz del exterior. La única fuente de iluminación era la lámpara de escritorio que bañaba los papeles con una luz cálida y dorada, creando sombras suaves que se extendían por la habitación silenciosa.
El ambiente era perfecto para concentrarse. De no ser porque su mente no cooperaba.
Los nombres en los ensayos pasaban uno tras otro, pero ninguno lograba mantenerse en su cabeza más de unos segundos. Cada palabra escrita parecía disolverse, como tinta sobre agua, porque su mente se detenía en una sola cosa.
Hope Mikaelson.
Otra vez.
El recuerdo del beso regresó con fuerza, como un eco profundo que golpeaba sus sentidos. Lo había intentado ignorar todo el día, mantenerse fría, enfocada. Había sido una debilidad. Un momento impulsivo. Inaceptable.
Pero no podía olvidarlo.
No podía olvidar la forma en que Hope la miró segundos antes de acortar la distancia. Esa mirada hambrienta, decidida, que no se parecía a la de una estudiante. La fuerza con la que la tomó, como si toda su oscuridad la empujara a reclamar algo prohibido. Y luego el beso… El beso que había sido fuego, furia, deseo.
Catalina apoyó la pluma en el escritorio, cerró los ojos por un instante y exhaló. Se sentía como si el aire mismo estuviera impregnado de Hope.
Abrió los ojos, y ahí estaba. No físicamente, pero sí en su memoria: su cabello alborotado, sus labios temblando entre el deseo y el miedo, esos ojos oscuros tornándose amarillos, cargados de lujuria y peligro.
Catalina apretó los labios, molesta consigo misma.
—Esto está mal —murmuró en voz baja, como si necesitara decirlo en voz alta para convencer a su propio cuerpo de obedecerle.
Sí, era una profesora. Sí, Hope era su alumna. Y sí, nada de eso importaba cuando pensaba en la forma en que su piel reaccionó al contacto con la suya.
Catalina se incorporó lentamente, empujando la silla hacia atrás. Se puso de pie y caminó hacia el mueble donde descansaba una vieja botella de vino sin abrir. La observó unos segundos, dudando, pero luego la descartó. No. Ella no huía del caos. Lo enfrentaba.
Volvió a su escritorio y se sentó otra vez, cruzando las piernas, acariciándose el labio inferior con el dedo índice mientras su mente seguía traicionándola.
Hope era hermosa. Sexy. Innegablemente poderosa. Pero también era joven. Inestable. Impulsiva.
Y Catalina… Catalina sabía que lo prohibido tenía un sabor demasiado dulce. Demasiado peligroso.
Se reclinó hacia atrás en su silla, mirando al techo mientras sus pensamientos oscuros seguían recorriendo su cabeza.
Quizá debería alejarse.
Quizá debería frenar esto antes de que la devorara.
Pero en el fondo, lo sabía…
Hope Mikaelson ya había dejado una marca. Una que no se borraría fácilmente.
Catalina intentó concentrarse en los ensayos frente a ella, pero cada palabra en las hojas parecía desvanecerse detrás de una imagen persistente: los ojos dorados de Hope brillando al borde del control. El recuerdo del calor de su aliento, el roce de sus labios y la forma en que sus cuerpos parecían encajar como piezas antiguas que por fin se encontraban. Catalina se inclinó en su silla, exhalando con fuerza. Su mandíbula se tensó.
Pasó una mano por su muslo, presionando con firmeza, un intento casi inútil de contener el estremecimiento que subía por su columna. Cerró los ojos. Hope. Era su alumna. Era joven. Pero también era poderosa, intuitiva… salvajemente intensa. Algo en ella la desarmaba.
Era una mikaelson.
El silencio en su oficina era denso. La lámpara del escritorio lanzaba sombras doradas contra las paredes mientras el viento golpeaba las cortinas cerradas. Catalina se inclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en el respaldo. Su cuerpo aún sentía la energía de esa mañana. Los latidos agitados, la forma en que la sangre corría más rápido cada vez que la presencia de Hope se acercaba. Aquello era una línea peligrosa. Y Catalina sabía que cruzarla podría quemarlo todo.
Pero entonces recordó cómo Hope la miraba. Como si solo existiera ella. Como si el resto del mundo se desvaneciera bajo sus pies.
Una parte de ella deseaba más. Otra parte quería huir.
Y entre ambas… se encontraba completamente atrapada.
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