Capitulo 33

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Narrador Omnisciente

A la mañana siguiente la tormenta se había ido a otra parte, aunque el techo del Gran Comedor seguía teniendo un aspecto muy triste. Durante el desayuno, unas nubes enormes del color gris del peltre se arremolinaban sobre las cabezas de los alumnos, mientras los chicos examinaban sus nuevos horarios.

-Hoy no está mal: adentro casi toda la mañana a excepción de una.- dijo Draco pasando el dedo por la columna del lunes de su horario.- Cuidado de Criaturas Mágicas... ¡Maldita sea!, seguimos teniéndola con los de Gryffindor...-

-Y esta tarde dos horas de Adivinación junto a ellos.- gruñó Lesath, observando el horario.

Adivinación era su materia menos apreciada. La profesora
Trelawney siempre estaba prediciendo la muerte tanto de Lesath y Harry, cosa que a ninguno le hacía una pizca de gracia.

De repente oyeron sobre ellos un batir de alas, y un centenar de lechuzas entró volando a través de los ventanales abiertos. Llevaban el correo matutino. el búho de Draco Malfoy se posó sobre su hombro, llevándole lo que parecía su acostumbrado suplemento de dulces y pasteles procedentes de su casa, los cuales eran mitad de él y mitad para su novia.

Todos fueron a sus respectivas clases.

-No puedo creer que no pude convertir ese florero en una mariposa.- decía Blaise indignado mientras salían de clase de transformaciones y caminaban hacía la cabaña de Hagrid.

-Movías mal la varita.- respondieron los trillizos al mismo tiempo.

Pansy, Regulus y Draco se empezaron a reír.

-No es gracioso. Mejor explíquenme porque la movía mal, según yo lo estaba haciendo increíble.-

-No hacías el movimiento bien, hacías como una curvatura y así no era.- le explicó Lesath tomando de la mano a su novio.

-Bla bla bla, no hablaré contigo tramposa. Todos vimos que usaste tus poderes, no tienes derecho a opinar.-

Lesath abrió la boca totalmente indignada y antes de que pudiera decirle algo, su novio habló primero.

-No seas envidioso Zabini, sabes bien que aunque no usara sus poderes, es mejor que todos nosotros y lo hubiera logrado a la primera.-

El moreno ya no dijo nada más y se quedó callado el resto del camino.

Hagrid los estaba esperando de pie, fuera de la cabaña, con una mano puesta en el collar de Fang, su enorme perro jabalinero de color negro. En el suelo, a sus pies, había varias cajas de madera abiertas, y Fang gimoteaba y tiraba del collar, ansioso por investigar el contenido. Al acercarse, un traqueteo llegó a sus oídos, acompañado de lo que parecían pequeños estallidos.
-Ya llegaron. ¡Buenas!- saludó Hagrid. -Miren lo que tenemos aquí. ¡escregutos de cola explosiva!-

Narra Lesath

Parecían langostas deformes de unos quince centímetros de largo, sin caparazón, horriblemente pálidas y de aspecto viscoso, con patitas que les salían de sitios muy raros y sin cabeza visible. En cada caja debía de haber cien, que se movían unos encima de otros y chocaban a ciegas contra las paredes. Despedían un intenso olor a pescado podrido. De vez en cuando saltaban chispas de la cola de un
escreguto que, haciendo un suave «¡fut!», salía despedido a un palmo de distancia.

-Recién nacidos.- dijo con orgullo Hagrid. -Para que puedan criarlos ustedes mismos. ¡He pensado que puede ser un pequeño proyecto!-

-¿Y por qué tenemos que criarlos?- preguntó con una voz fría cierto platinado quien ponía a su novia detrás de él, intentando protegerla es los escregutos.

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