XIX

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Il piccolo giorno


Tenía las manos manchadas de sangre y la ira apoderándose de mí. Mis ojos aún estaban puestos en aquel hombre que seguía tirado en el piso, casi implorando por su vida. Sin pestañear, ni siquiera con una mísera expresión en el rostro, le disparé. La sangre salpicó mi cara, dejando en evidencia la masacre que se había efectuado en la casa.

Aún faltaba un idiota y no me detendría hasta que saliera y diera la cara. Volví a apretar el gatillo; ahora apunté al azar. No iba a permitir que nadie, absolutamente nadie, tratara de matarme en mi propia casa, no de nuevo. Una sonrisita se escuchó detrás de una enorme pared que se alzaba imponente en el área de la piscina.

—Deban Giorgio.

La cara de un hombre alto y mayor que yo se alzó delante de mí. Su pelo cubierto de canas, su voz gélida y un cigarrillo en la mano. Había cosas nuevas, distintas, pero la inconfundible cicatriz en su rostro dejaba relucir su identidad: Ericsson.

—No esperaba verte vivo —dije mientras mi mirada se perdía en el cielo, que estaba nublado—. Está por llover y a mi hija no le gustan los truenos, así que date prisa, ¿quieres?

—¿Crees que me preocupa tu patética familia de mentirosos? Ja, eres un maldito idiota, Giorgio. Ya veo que los rumores eran ciertos. Desde que juegas a la familia, ya no eres como ant...

—En serio, tu voz me irrita —dije, cortándolo—. Ya hiciste tu estúpido diálogo de villano, ¿eso es todo lo que tenías que decir?

—Eres...

Lo volví a interrumpir, pero esta vez de una manera que me satisfacía: un disparo en la pierna. Para ser honestos, no era difícil. A Ericsson, que era de la vieja escuela, le gustaba utilizar manoplas y pelear cuerpo a cuerpo. También las drogas, lastimar mujeres y maltratar niños. Y, para ser un agente de la DEA, era un gran cabrón que trabajaba con los mafiosos y narcos más grandes del mundo entero.

—¿Quién te mandó? —pregunté acercándome—. Habla antes de que te vuele la cabeza.

—Atrévete a hacerlo —dijo con una sonrisa de superioridad que pronto desaparecía de su cara.

Alex había llegado y la lluvia estaba cayendo. Elena estaba sentada en la sala con una cobija y una taza de chocolate en la mano. Le había leído el libro a los niños, prometiéndole a Sofía que los truenos pasarían pronto.

—¿Cómo está mi Afrodita? —pregunté, sentándome a su lado y rodeando su cuerpo con mis brazos.

—¿Crees que hice bien en aceptar la idea de Iker? —preguntó con la mirada al frente.

—No me gusta la idea, sé que puedes hacerlo, el problema es que no quiero que te pase nada.

Elena me dedicó una sonrisa y luego volvió a hablar.

—Es la única solución.

Asentí. Dejar a Elena en esta situación me mataba. Las palabras de Iker todavía rondaban por mi cabeza: para atraparlo, debíamos dejar a Elena más visible, pero yo no quería eso. Suspiré y bajé al sótano, donde aquel idiota se encontraba sentado y de manos atadas, mientras que Alex y Deo debatían qué harían con él.

—Te dije que eso no, es muy poco práctico —dijo Alex mientras lo levantaba de sus piernas.

Deo se encogió de hombros y se paró sin mucho esfuerzo. Alex me dedicó una sonrisa y se incorporó, le quitó las vendas a Ericsson y, con una mano en la cara, debatía qué hacer con él.

—Nada de lo que pienses hacerme me hará hablar —dijo con la mirada fija en Alex.

—Eso lo veremos —respondió Alex mientras buscaba algo en uno de los cajones—. Sabes, suelo dar un dato histórico para que sepan que los mataré, pero verte aquí de nuevo es obvio que no aprendes.

Alex hizo una pausa y luego habló.
—Tengo una hija y no te imaginas las ganas que tengo de...

—Alex —lo interrumpí, sabiendo que yo haría lo mismo, pero ahora solo quería saber quién lo envió. Luego dejaría a Alex hacer con él lo que quisiera—. Quiero la información.

—Si tú lo dices.

Alex sacó un gran tornillo. Me sabía la historia completa gracias a Alex: era el tornillo mariposa. Utilizado a finales de la Edad Media y principios de la Edad Moderna en Europa, este sencillo dispositivo se consideraba una de las herramientas de tortura más eficaces. Su mecánica, más parecida a un torno, consistía en dos placas metálicas en las que se colocaba el pulgar de la víctima y se apretaba el tornillo. En ocasiones, el dispositivo presentaba salientes en el interior que hacían aún más doloroso el aplastamiento de los huesos.

Las puntas de metal perforaban las uñas y la piel. Su ventaja para los torturadores era que el uso del tornillo de mariposa rara vez provocaba la muerte o el desmayo de la víctima, prolongando así la actividad bárbara por largos periodos.

Lo sé, una historia muy larga, pero a mi primo le fascinaba. Aún sigo pensando que si mi familia no estuviera compuesta de mafiosos, Alex sería un gran historiador.

Alex puso aquel gran tornillo en una mesa frente a Ericsson y Deo, con toda la saturación del mundo, le metió uno de sus dedos en aquel tornillo.

—Suelta, mari...

Antes de que pudiera completar la frase, Deo le partió el labio.

—Tiene la cara dura —dijo mientras agitaba la mano.

Alex, aún con calma, comenzó a ajustar el tornillo. Ericsson apuntaba a la pared, como si tuviera miedo de aquel idiota que lo mandó. Alex continuó un rato más y aún no dijo nada. Todavía faltaba la otra mano. Ya harto, Deo tomó una pinza y comenzó a aflojar los dientes de Ericsson.

Una lágrima salió de su ojo izquierdo y se podía ver cómo apretaba sus pies. Luego de que Deo terminara, mostró el diente que tanto le costó sacarle, era un implante de oro.

—Algo muy caro para ti —dijo Deo.
Luego de que escupiera sangre, Deo volvió a abrir la boca de Ericsson y le sacó otro diente, al mismo tiempo que Alex presionaba sus uñas y dedos con aquel tornillo.

Luego de que Deo y Alex pararan, Ericsson decidió hablar.

—No sé quién es, solo me llamaron de un número —dijo mientras aún escupía sangre—. Está en mi teléfono.

—Haz lo que quieras —le dije a Alex, el cual parecía emocionado.

Media hora después, él había terminado con Ericsson. No tenía la lengua y le faltaba el miembro, con un gran mensaje en su estómago:

Solo soy un cerdo.

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⏰ Última actualización: Aug 02, 2025 ⏰

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Mi dulce mafioso IIIDonde viven las historias. Descúbrelo ahora