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El primer indicio fue el dolor sordo que palpitaba en su espalda baja, como un eco persistente de algo más intenso. Luego vino la conciencia lenta del entumecimiento en sus muslos, el ardor leve al mover apenas las caderas. Todo su cuerpo parecía recordarle lo que su mente aún no terminaba de procesar.
Con un suspiro entrecortado, abrió los ojos.
La habitación estaba bañada por la tenue luz del amanecer que se filtraba a través de las cortinas semiabiertas. El aire olía a mezcla de sábanas limpias, piel y algo más —el rastro inconfundible del instinto desbordado la noche anterior.
Intentó moverse, pero un brazo fuerte lo mantenía en su sitio.
Un brazo que lo rodeaba por la cintura con una firmeza posesiva, protectora. La piel de ese brazo era más cálida que la suya, y el calor que emanaba del cuerpo detrás de él lo envolvía como una segunda manta.
Su respiración se contuvo al girar ligeramente el rostro.
Cabello rojo como el fuego del atardecer. Piel moreno claro. El Alfa estaba allí, dormido, la expresión serena y sujeta a ese extraño momento en que todo parece estar en pausa.
Y entonces, como piezas de un rompecabezas que encajan con un chasquido, lo recordó.
Las miradas cargadas de algo contenido . Las palabras casi susurradas. Las manos temblorosas al principio, luego decididas. El calor. La entrega. El deseo.
Su pecho se llenó de una mezcla de emociones difíciles de nombrar: vergüenza, sorpresa, vulnerabilidad… pero también algo cálido, inexplicablemente cálido, que se instalaba en su estómago como una chispa tímida.
El Alfa murmuró algo en sueños, y su abrazo se hizo más fuerte, como si inconscientemente temiera que se escapara.
El Omega de cabello cenizo se quedó quieto, sintiendo el pulso del otro contra su espalda. Dolía, sí. Pero no era un dolor que le disgustara.
Y por primera vez en mucho tiempo, no tuvo ganas de huir.
El silencio pesaba, aunque no era incómodo. Era el tipo de silencio que sólo llega después de haber cruzado un límite sin retorno.
El Omega cerró los ojos un instante, dejando que su respiración se acompasara con la del Alfa detrás de él. Cada latido de su corazón se sentía demasiado alto, demasiado presente. El calor de la noche anterior aún se escondía en cada pliegue de las sábanas… y en cada rincón de su cuerpo.
—¿Estás despierto? —murmuró la voz áspera y grave del Alfa, apenas audible, cargada de sueño.
El Omega dudó, pero asintió levemente.
—Sí…
El brazo que lo sostenía no se apartó. Al contrario, el Alfa acercó más su cuerpo al suyo, como si necesitara confirmar que todo había sido real. Su nariz rozó el hueco detrás de su oreja, y el Omega sintió cómo se le erizaba la piel.
—No te fuiste al despertar —murmuró el Alfa, con la voz grave y adormilada, sin abrir los ojos aún—. Creí que lo harías.
El Omega desvió la mirada hacia él. Su pecho se encogió al ver su rostro, aún sereno por el sueño, pero tenso en la mandíbula, como si incluso dormido siguiera a la defensiva.
—Pensé en hacerlo —confesó—. Pero no pude.
El Alfa abrió los ojos lentamente. Ojos como rubíes ardientes, llenos de una emoción contenida que amenazaba con desbordarse. Se giró hacia él, recostándose de costado, apenas rozándolo con la pierna bajo las sábanas.
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Quédate conmigo
RomanceKirishima Ejiro un Alfa Gama de 27 años ya había sido nombrado lider de los demás clanes yakuza , proveniente de familia de alcurnia y de honor, conocerá al verdadero amor de su vida Bakugo Katsuki un joven de 23 años estudiante universitario tambié...
