Extra .1

85 10 1
                                        

_____________________________

Cinco años después del final.
Cinco inviernos desde aquella noche en que todo colapsó… y volvió a comenzar.

El incidente —aquel que marcó el fin de su historia pasada— ya no era más que una cicatriz desdibujada en la memoria de quienes sobrevivieron al peso de sus propias decisiones. Kirishima Eijirou, con su cabello rojo ahora ligeramente más apagado por los años y la carga del liderazgo, se mantenía firme como cabeza del clan yakuza más influyente de Japón. Bajo su mandato, la organización había cambiado, transformándose en algo menos sangriento y más estratégico. Inteligente. Letal solo cuando era necesario.

Bakugo Katsuki, su omega… su todo, había tomado su tiempo. Lo había necesitado.

Tras aquella separación abrupta —necesaria, dolorosa, irreversible en su momento—, Kirishima le hizo una promesa.

Y Bakugo, con su habitual terquedad, se lo hizo difícil. No por orgullo, sino por temor. Porque amar a un alfa como Kirishima había sido fuego… pero también ceniza.

Aun así, poco a poco, Kirishima cumplió su palabra.
Primero, las invitaciones: cenas discretas, lejos del ruido de los negocios y la vieja reputación. Luego, caminatas nocturnas por las calles de Tokio, sin guardaespaldas, sin máscaras.
Después, risas compartidas. Memorias reconstruidas.
Miradas. Silencios cómodos.
Y finalmente, noches.

Noches que comenzaron tímidas, con manos que se rozaban y cuerpos que se reencontraban con reverencia, como si tocar al otro fuera un privilegio , como si el amor, esta vez, no pudiera apresurarse.
Pero cuando finalmente se entregaron de nuevo, lo hicieron con la intensidad que sólo dos almas marcadas por el destino pueden permitirse.

El clan murmuraba. Algunos aprobaban; otros, desconfiaban.
Pero a Kirishima ya no le importaba.
Bakugo, aún feroz, aún orgulloso, se mantenía a su lado, no como una sombra, sino como un igual.
Aquel omega que alguna vez se negó a ser una posesión, ahora era su pareja elegida. Su pilar. Su fuerza en los días duros.

Su amor.

El restaurante estaba en la cima de un rascacielos, con ventanales que ofrecían una vista completa de la ciudad de Tokio brillando en la noche. Elegante, privado, insonorizado: perfecto para evitar miradas ajenas, algo que Kirishima siempre procuraba. Pero hoy… hoy había exagerado.

Bakugo lo sabía apenas pisó el lugar.

La mesa ya estaba servida con flores silvestres rojas —no rosas, porque Kirishima sabía que las odiaba— y una botella de vino francés que probablemente costaba más que su motocicleta. Un cuarteto de cuerdas tocaba algo suave al fondo, demasiado bien ensayado como para ser casualidad. Y luego estaba él.

Kirishima, con un traje negro a medida, la camisa abierta un botón más de lo que dictaba la etiqueta, y una sonrisa tan suave, tan genuina, que desarmaba cualquier intento de cinismo.

—Te ves jodidamente bien, Katsuki —dijo en cuanto lo vio, poniéndose de pie para correrle la silla.

—Deja de actuar como si fuera una puta princesa —refunfuñó Bakugo, sentándose con un gruñido bajo… aunque sin rechazar el gesto.

Kirishima rió, esa risa grave y cálida que siempre terminaba quebrando su coraza.

—Sabes que no. Pero si fueras una princesa, serías la clase que incendia reinos. Me encanta eso.

Bakugo frunció el ceño… y apartó la mirada cuando sintió el calor subirle a las mejillas.
No estaba acostumbrado a que lo mimaran así. Mucho menos a ese tipo de elogios.

La cena comenzó con mariscos importados, carnes exquisitas, pequeños platos decorados con más arte que sustancia. Pero el rubio apenas los probó, concentrado en lo que venía después, porque conocía bien a Kirishima. Sabía que estaba tramando algo más. Siempre lo hacía.

Quédate conmigoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora