Capítulo 13

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Megan Brown

Dormí poco, o al menos intenté convencerme de que había dormido. La verdad es que pasé la noche dando vueltas en esa cama demasiado cómoda, sintiéndome atrapada entre paredes que parecían escuchar cada uno de mis pensamientos. La nota de Draco seguía sobre la mesa, como una sombra imposible de ignorar.

Me levanté temprano, con la decisión de no mostrarle debilidad. Al menos no en su cara. Si él quería un espectáculo de súplicas, no lo iba a tener.

Cuando abrí la puerta, ya estaba esperándome en el pasillo. Como si hubiera sabido la hora exacta en que yo saldría. Estaba impecable, como siempre, con esa postura arrogante y la mirada gris que parecía analizarme de arriba abajo.

—Buenos días, princesa —dijo, con una ironía tan evidente que me hervía la sangre.

—No me llames así.

—¿Por qué no? —se encogió de hombros—. Vas a terminar pareciéndolo: encerrada, intocable, con todos tus secretos guardados detrás de esos ojitos bonitos.

Quise pasar de largo, pero él me cerró el paso, acercándose demasiado.
—¿Sabes qué descubrí ayer? —susurró—. Que me diviertes más cuando te resistes. El miedo en tu cara es casi tan hermoso como tu rabia.

Lo empujé con todas mis fuerzas, aunque apenas se movió unos centímetros.
—Eres un enfermo.

Su sonrisa se ensanchó.
—Tal vez. Pero soy el enfermo que controla lo que más quieres.

El nombre de Blaise no salió de su boca, pero no hacía falta. Estaba en el aire, entre nosotros, como un cuchillo colgando sobre mi cabeza.

Bajamos juntos a desayunar. Narcissa estaba en la mesa, elegante y distante como siempre, fingiendo que no veía nada. Lucius no estaba, y por un instante pensé que eso me daba un respiro, hasta que noté cómo Draco disfrutaba de tenerme solo bajo su juego.

Comí apenas unas cucharadas de lo que había en el plato. No tenía hambre; lo único que sentía era una mezcla de furia y nervios.

Draco inclinó la cabeza hacia mí, lo bastante bajo para que su madre no escuchara.
—Hoy me vas a acompañar al salón de entrenamientos. Quiero ver de qué eres capaz con una varita en la mano.

—No soy tu soldado.

—No, —dijo, con una calma cruel— eres mi entretenimiento. Y si quieres conservar tu perfecta vida con tu querido novio, vas a obedecer.

No contesté. No podía. Tenía el corazón en la garganta y sabía que cualquier palabra sería usada en mi contra.

Más tarde, en el salón de entrenamientos, entendí su plan. Me entregó una varita —una que no era la mía— y me lanzó el primer hechizo sin avisar. Apenas tuve tiempo de reaccionar.

—Vamos, Megan —provocó—. Demuéstrame que no eres solo una muñeca con apellido cualquiera.

El duelo no era justo. Yo no estaba concentrada, y él no tenía piedad. Cada hechizo era más fuerte, más rápido. Cuando logré devolver uno, apenas rozó su hombro, pero bastó para que sonriera con ese orgullo irritante.

—Eso es, —dijo con voz grave—. Empieza a pelear como si tu vida dependiera de ello.

Y lo siguiente fue peor: un hechizo dirigido no a mí, sino a un pequeño elfo que entraba al salón. La criatura cayó al suelo con un grito ahogado.

—¡Basta! —grité, corriendo hacia el elfo.

Draco bajó la varita lentamente, disfrutando de la escena.
—¿Ves? Con una sola distracción ya pierdes. No sirves para nada.

Me arrodillé junto al elfo, ayudándolo a levantarse, el corazón desbordado de rabia. Cuando levanté la vista, Draco me observaba como si hubiera ganado una partida invisible.

En ese momento lo entendí: no se trataba de entrenar, ni de cartas, ni de Blaise. Todo era un juego para él. Un juego en el que yo era la pieza que podía romper cuando quisiera.

Y juré, con los dientes apretados, que algún día se lo haría pagar.

Me dejé caer sobre la cama y las lágrimas que había contenido toda la noche comenzaron a deslizarse sin control. La habitación era lujosa, fría y silenciosa, pero ningún lujo podía mitigar la sensación de estar atrapada, completamente bajo su dominio. Cada sombra parecía acercarse, y cada crujido de la casa me recordaba que él podía aparecer en cualquier momento.

Observé la carta sobre la mesita. No la abrí todavía; solo mirarla me recordaba que Draco jugaba con mi vida como si fuera un simple tablero de ajedrez. Mi corazón latía con fuerza, mezclando odio, miedo y una rabia que no encontraba cómo canalizar.

Intenté pensar en Blaise, en Hogwarts, en cualquier plan de escape, pero cada idea chocaba contra la muralla que Draco había construido a mi alrededor. Sabía que él había anticipado mis movimientos, que había pensado cada detalle para mantenerme bajo control. Y la realidad era dolorosa: no solo me había humillado y manipulado, sino que también había conseguido algo más peligroso: había hecho que dudara de mí misma.

El pensamiento de que podría perderlo todo —a Blaise, a mis amigos, a mi propia libertad— me hizo apretar los puños. El odio que sentía por él era intenso, pero debajo de todo eso estaba la certeza de que no podía ceder, no podía permitirle ganar. Me juré a mí misma que no me rompería, no por ahora, no mientras tuviera un hilo de fuerza.

Pero entonces lo recordé: cada palabra, cada gesto, cada amenaza que había pronunciado estaba diseñada para dejarme vulnerable. Él sabía que no podía escapar de su influencia. Y mientras esa idea me atravesaba, una nueva determinación comenzó a crecer dentro de mí. Si Draco quería jugar, si él pensaba que podía controlarme, no iba a dejar que eso sucediera sin luchar.

Cerré los ojos y respiré hondo, intentando calmar la mezcla de miedo y rabia. Sabía que la próxima vez que me enfrentara a él, tendría que ser más astuta. Tendría que anticipar cada uno de sus movimientos, encontrar cualquier resquicio en su arrogancia para recuperar algo de poder. Y mientras la noche avanzaba, comprendí que esto no era solo un juego de manipulaciones; era una guerra silenciosa, y yo acababa de aceptar que no podía perderla.

Me prometí a mí misma que, aunque Draco Malfoy creyera que me tenía dominada, no iba a dejar que se saliera con la suya. No esta vez. No mientras tuviera aire en mis pulmones y fuerza en mis manos.

La mansión parecía respirar a mi alrededor, testigo silencioso de mi juramento. Y mientras la luna iluminaba la habitación, por primera vez en mucho tiempo, sentí que había un hilo de esperanza entre el miedo: podía que todavía no lo viera, pero iba a luchar. Mañana eran las fiestas y poco después me liberaría.

Obliviate| DRACO MALFOYHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora