Draco Malfoy
Las fiestas en la mansión Malfoy siempre fueron un espectáculo. No eran celebraciones, eran exhibiciones: desfiles de poder, alianzas disfrazadas de brindis y sonrisas falsas que escondían dagas. Yo crecí en ese ambiente, entre trajes impecables, copas de vino que no podía tocar y conversaciones que me aburrían hasta la muerte.
Lucius siempre decía que un Malfoy debía resplandecer entre los demás. Que nuestro apellido no solo se llevaba, se imponía. Desde niño me entrenaron para sonreír en el momento justo, para inclinar la cabeza con falsa humildad, para ser el heredero que ellos necesitaban mostrar.
Pero esta noche fue distinta.
La vi entrar y el aire se detuvo un instante. Megan.
El vestido que llevaba parecía una provocación calculada. La tela se pegaba a su piel de una manera que me hizo contener la respiración por una fracción de segundo. No era un error, no era casualidad: sabía exactamente lo que estaba haciendo. Y aunque todos la miraban, lo único que sentí fue rabia.
No porque se viera bien. Eso era evidente. Sino porque otros hombres se atrevían a posar los ojos donde no debían. En ella. En lo que, aunque todavía no lo supiera, me pertenecía a mí.
La copa en mi mano tembló, y me obligué a apretarla con fuerza. Un Malfoy no muestra debilidad, ni siquiera un instante.
Megan caminaba entre la multitud como si nada pudiera tocarla. Sus labios curvados en una sonrisa ligera, su mirada altiva. Era irritante, casi insoportable. Porque cada gesto suyo encendía algo en mí que no debía sentir. No amor, nunca amor. Lo que yo sentía era más simple, más primitivo: deseo mezclado con celos porque la estaban mirando otros. Y eso era inaceptable.
La seguí con la mirada durante toda la noche, sin importarme quién lo notara. Cada vez que un mago se inclinaba demasiado cerca de ella, cada vez que alguien osaba tocarle la mano al saludarla, una corriente oscura me atravesaba. Imaginaba sus sonrisas borradas, sus gargantas apretadas bajo mi varita. Porque nadie tenía derecho a verla así más que yo.
Me acerqué a ella cuando por fin la encontré sola, junto a una columna lejos del bullicio. La luz de los candelabros se reflejaba en su piel, y por un segundo me descubrí pensando en lo fácil que sería arrastrarla fuera de esa sala y demostrarle de una vez lo que significaba pertenecerme.
—Te ves... distinta esta noche —dije, dejando que sonara como un juicio, no como un halago.
Me miró con esa insolencia suya, como si no tuviera idea de lo que estaba provocando.
—No me mires así —murmuré, bajando la voz—. Te recuerdo algo, Megan: no eres para ellos. No eres para nadie.
Ella arqueó una ceja, a punto de responder, pero me acerqué un poco más, lo suficiente para que sintiera mi respiración contra su oído.
—Si alguien más vuelve a posar los ojos en ti de esa manera, me voy a encargar de que lo lamente. Y no me refiero solo a palabras.
Me aparté con calma, como si nada hubiera pasado, pero la chispa en sus ojos me persiguió mientras regresaba al centro del salón. Esa mezcla de rabia y desafío. Esa forma en la que se negaba a quebrarse.
Y entonces lo comprendí. No era que quisiera conquistarla. No era que quisiera tenerla a mi lado como una pareja. Era mucho más simple, mucho más oscuro. La quería para mí. Entera. Exclusivamente mía. Y no iba a permitir que nadie más, ni siquiera ella misma, pensara lo contrario.
Porque los Malfoy siempre consiguen lo que quieren. Y yo la quiero a ella.
La música cambió a un vals y los invitados comenzaron a moverse en la pista. No bailo por diversión, nunca lo hice. Bailar, para un Malfoy, era otra máscara. Pero cuando la vi aceptar la mano de un invitado —un imbécil demasiado seguro de sí mismo que se inclinó sobre ella con una sonrisa arrogante— sentí que la sangre me hervía.
No lo pensé dos veces. Crucé el salón y aparté al tipo con la misma naturalidad con la que uno aplasta un insecto.
—Ella ya tiene compañía —dije con frialdad, mientras mis dedos se cerraban sobre la cintura de Megan sin pedir permiso.
Ella me miró furiosa, pero no intentó apartarse. La arrastré hacia el centro del salón y comenzamos a girar. Su cuerpo se tensó contra el mío, rígido, como si el simple contacto fuera un castigo. Para mí, en cambio, era un recordatorio: podía odiarme todo lo que quisiera, pero no podía escapar.
Mientras girábamos, recordé otra noche, muchos años atrás. Yo tendría siete, tal vez ocho. Estaba sentado en una butaca demasiado grande para mí, observando a mi madre sonreír falsamente a los invitados mientras mi padre me reprendía por no tener la postura adecuada. "Un Malfoy nunca baja la cabeza. Un Malfoy nunca demuestra debilidad. Y cuando quieras algo, Draco, no lo pides. Lo tomas."
Eso me quedó grabado. Tomar. No esperar, no pedir, no compartir. Tomar.
Y ahora, con Megan en mis brazos, entendí qué había querido decir.
La música se detuvo y solté su cintura lentamente, como si le estuviera haciendo un favor.
—Recuerda lo que te dije —susurré, mirándola directo a los ojos—. No eres para ellos. Ni lo olvides.
Su mirada ardía de odio, pero en lo más profundo de mí, eso solo me alimentaba. Porque cuanto más me resistía, más claro tenía que la iba a tener, de una manera u otra.
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Obliviate| DRACO MALFOY
Fanfiction¿Qué mal podría hacerle nuestro amor a Hogwarts? nos queríamos y eso era lo más importante. Quería estar con él hasta la muerte.
