Capítulo 12

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Megan Brown

La noche fue larga y fría, mis latidos eran cada vez más fuertes y en lo único que podía pensar era en que pasaría con Blaise cuando todo esto termine ¿se lo diría? Cómo podría hacerlo.
Mierda.
Malfoy estaba cagando todo lo que con esfuerzo conseguí, y yo solo lo ayudaba a arruinarlo.

En la mañana siguiente la madre de Draco quiso llevarme de paseo por el castillo, contándome infinitas historias de aquel cómo hacía cuando era pequeña.
Recuerdo haber estado en tantas fiestas con ellos, pero siempre sola, mi secreto hacía que no disfrutara plenamente la compañía de los Malfoy y mucho menos de mi familia.

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No había visto a Draco desde la tarde anterior, no habíamos hablado ni mucho menos nos habíamos mirado. Blaise llamó un par de veces y mi estómago se achicaba cada vez que lo hacía, no sospechaba de nada porque era algo casi imposible de sospechar.

—¿Era Blaise?—una amarga voz sonó tras de mi
—Si, quería saber cómo me estaba acomodando a tu vida y si todavía no me habías matado— comenté con ironía—Nueva regla para estas fiestas, nada de hablar con Blaise, al menos no hasta que yo lo diga.
Lo observé incrédula, lo que me faltaba ¿que piensa que le diga cuando deje de contestar?
—No puedo ignorarlo como si nada.
—No vas a ignorarlo, lo llamaras más tarde y le dirás que estaremos sin señal por unos días— sus labios se fruncían tras cada palabra que salía de su boca, disfrutaba lo que hacía.
No discutí porque era absurdo hacerlo, pero tenía un plan y era algo que jamás creería que haría.

Desde aquel beso, todo se volvió insoportable. No fue un beso real, no fue un gesto de cariño: fue una pelea disfrazada de contacto, un choque en el que ninguno quiso ceder. El recuerdo seguía allí, clavado como una espina que no podía arrancar. Y lo peor era que él lo sabía.

No volvimos a hablar. Durante las comidas fingíamos que el otro no existía. En los pasillos de la mansión, si nos cruzábamos, era como si una barrera invisible nos obligara a girar la cara. Sin embargo, el silencio no era paz: era tensión, una cuerda a punto de romperse.

Necesitaba escapar, al menos por un momento. El aire en esa casa era sofocante, como si cada pared se alimentara de mi incomodidad. Pedí nuevamente salir a caminar por los jardines y, para mi sorpresa, Draco aceptó. No dijo nada, solo me siguió con esa calma fingida que siempre escondía algo.

El jardín bajo la luna era hermoso y siniestro a la vez. Las estatuas parecían observarme con desprecio, y los senderos iluminados apenas por la luz plateada me recordaban que estaba atrapada en territorio enemigo. Caminamos lado a lado, en un silencio extraño, demasiado cerca para ignorarlo, demasiado lejos para sentir compañía.

—Eres difícil de entender —dijo de pronto. Su voz me sorprendió, porque no sonaba burlona como siempre.

Lo miré de reojo, desconfiada.
—¿Eso se supone que es un cumplido?

Sonrió, y esa sonrisa era lo suficientemente tenue como para descolocarme. De pronto, sus dedos rozaron los míos, apenas un instante, como si quisiera probar algo. Sentí un escalofrío. No podía negar que su contacto me afectaba, y eso me enfurecía.

—A veces pareces más humana cuando me ignoras —añadió—. Esa versión de ti me gusta.

Me mordí el labio. Su voz no tenía veneno, y por un segundo pensé que tal vez podía bajar la guardia.
—No te confundas —respondí con firmeza—. Te ignoro porque puedo, no porque me gustes.

Él se detuvo frente a una fuente y me miró bajo la luz de la luna. Su expresión era más suave, casi vulnerable.
—Podría decir cosas bonitas si quisiera. Que eres valiente. Que tus ojos no saben mentir.

Tragué saliva. No era él. No podía serlo. Era demasiado calculado, demasiado perfecto. Y lo entendí: la amabilidad era otra de sus armas.

—¿Estás tentándome o preparándome una trampa? —pregunté, con un hilo de voz.

Draco ladeó la cabeza, como si la respuesta fuera obvia.
—Ambas cosas. ¿Qué prefieres?

El silencio se rompió con un crujido entre los arbustos. No era nada, seguramente un animal, pero la sonrisa de Draco cambió en ese instante. Se endureció. Se volvió la mueca cruel de siempre.

Sacó un sobre de su bolsillo, blanco, sellado. Lo sostuvo frente a mí.
—Una carta para Blaise.

Sentí que me faltaba el aire. Blaise. Solo escuchar su nombre en boca de Draco me revolvió el estómago.

—¿Qué... qué haces con eso? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.

Él dio un paso hacia mí, lento, seguro.
—Lo que quiera. Podría enviársela. Podría hacer que la reciba con mi sello. O podría guardarla... hasta que me aburra.

El mundo me dio vueltas. No era solo el miedo de perder a Blaise, era la impotencia de que Draco disfrutara tanto viéndome al borde del abismo.
—¿Me estás chantajeando? —escupí, con la poca fuerza que me quedaba.

—Llámalo como quieras. Yo lo llamo diversión —susurró. Se inclinó hacia mí, tan cerca que pude sentir su respiración en la piel—. ¿Quieres que sea amable contigo? ¿O prefieres que te recuerde que, aunque intentes ser de otro, siempre estarás bajo mi control?

No lo pensé. La rabia me explotó en las manos y lo abofeteé con todas mis fuerzas. El golpe resonó en el jardín. Por un segundo creí haber ganado, haberlo descolocado.

Pero no. Draco no perdió la calma. Se limitó a mirarme con esos ojos grises que parecían atravesarme. Sonrió de nuevo, y esa sonrisa me dolió más que cualquier insulto.
—Me encanta cuando te alteras —dijo, sereno—. Te hace predecible.

Lo odiaba. Con cada fibra de mi cuerpo lo odiaba.
—Te odio —le dije, conteniendo las lágrimas.

Se encogió de hombros, como si le hablara del clima.
—Lo sé. Y no cambia nada.

Se dio media vuelta y regresó hacia la mansión, dejándome sola junto a la fuente. El frío de la noche me golpeó, y solo entonces las lágrimas se derramaron sin freno.

Odiaba ese lugar. Odiaba a Draco. Pero lo peor era que, en lo más profundo, temía que todo ese odio escondiera algo aún más peligroso.

Obliviate| DRACO MALFOYHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora