Hiedra Inglesa

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Mientras me limpiaba, pasaba la teja de jabón una y otra vez tan fuertemente que mi piel ahora era carmín

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Mientras me limpiaba, pasaba la teja de jabón una y otra vez tan fuertemente que mi piel ahora era carmín. No importaba. Quería borrar el vómito que broto desesperadamente de mí hasta dejarme vacía, los gusanos que habían caminado por mi cabeza, el polvo en mis uñas y la sangre que lloro de mis muñecas y tobillos con fervor. Era raro, la sensación fue tan real, claramente sentí el metal atravesarme, mi piel abriéndose, pero ahora, no había ningún rastro de lo anterior, solo aquella imaginación irreal.

No quería hacer el desayuno. Pensar en comida provocaba una náusea espesa que subía lento e insistentemente. Pero no podía empezar mal, no ahí, no con él.  Era mi oportunidad. Si lo hacía bien, si lograba que le agradara, aunque fuera un poco, tal vez él... Tenía que hacerlo. Me aferré a esa idea como si fuera un mandato de Dios, la única cura para el malestar que aún me recorría el cuerpo: servirle, demostrarle mi utilidad, mi gratitud, mi cariño, mi placer; convencerlo de que yo valía la pena. Sus labios, manos, esos ojos grises e imperturbables, la forma en que apenas hablaba y aun así todo él me envolvía vehementemente. Incluso sus silencios me rozaban más de lo que deberían. Una calidez breve, casi vergonzosa, se abrió paso entre el asco. 

Quería gustarle. No. Pertenecerle. Ser suya y que fuera mío.

Anhelaba que me viera, que me tocará, que me deseará.

Aún con la piel húmeda, me coloqué un vestido café y un corsé gris, até mi cabello torpemente y bajé a la cocina mientras el amanecer comenzaba a filtrarse por las ventanas del castillo. Me asomé al comedor y no había nadie. Perfecto. Entré a la cocina, abrí la rejilla de la estufa y metí el vestido verde junto a la capa índigo sin pensarlo demasiado. Encendí el pedernal y observé las llamas devorar la tela de mi crimen. La evidencia morir igual que Riko.

Abrí la alacena: chucrut, ejotes, papas, mantequilla, leche, huevos y harina. Vaya reserva tan deficiente, en la guarnición se hubieran burlado de semejante menú... Podía hacer pan y bolas de papa...Sin embargo el olor me sofocaba, cada movimiento exigía un esfuerzo que no quería reconocer, el nudo en mi estómago no cedía y las arcadas amenazaban con volver, pero no me detuve.

Poco tiempo después, los miembros del escuadrón comenzaron a bajar al comedor. Eren fue el primero en aparecer. Me saludó con una cordialidad casi contagiosa antes de ocupar el mismo lugar de la noche anterior. Erd entró poco después, silencioso como siempre; respondió al saludo de Eren con una leve inclinación de cabeza antes de sentarse. Gunther llegó detrás de él, visiblemente incómodo por la conversación que mantenía con Auruo.

—¡Más vale que la comida de esa chiquilla sea decente! Mi paladar no aceptará cualquier nimiedad hecha por ella.

—Vamos, Auruo. Ni siquiera la has probado.

—No necesito hacerlo para saber que su sazón será mediocre.

—Buenos días —intervine, incapaz de ocultar la irritación—. Tomen asiento, por favor. Enseguida les serviré el desayuno.

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⏰ Última actualización: Sep 06 ⏰

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