Begonia

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Constantes gotas de agua sucia caían sobre mi cabeza con maña monótona, sádica. Ploc. Ploc. Justo en medio de mi frente, el repiqueteo se deslizaba con tortuosa lentitud hacia mis pestañas arrastrando el polvo, llevándolo hasta mis sienes. Mis hebras, empapadas se pegaba al cuero cabelludo en mechones espesos y fríos, como alfileres incrustándose en un cojinete. Helando mi piel.

Parpadeé con respiración pausada. La oscuridad era casi total, rota apenas por una pálida claridad azul que se colaba a través de una ventana rota. Extendí la mano para secarme el rostro, aún sumida en una modorra brumosa, pero el movimiento se detuvo con un tirón seco y violento. Desapareciendo mi último vestigio de sueño, como humo disipado por el miedo. Un dolor llegó enseguida: punzante, caliente, acompañado de un chasquido metálico que me hizo gemir.

Jalé con fuerza. Error. Lo que sea que me sujetara respondió como un animal hambriento amaestrado en la caza. El metal raspo mi carne como si tuviera dientes. Sentí como lentamente y cruelmente mi piel se abría con una resistencia húmeda, fibrosa, acariciando el hueso. Cada tirón levantaba tejido que se resistía a desprenderse de sí mismo.

Jadeando, miré hacia arriba cuando mi respiración se agitó, el corazón golpeo con desesperación y un zumbido comenzaba a crecer en mis oídos al ver mis muñecas aseguradas a la cabecera de una cama. Las esposas, eran de cobre viejo, verdosas por el óxido. Apretaban tanto que sangre oscura, negruzca, como si llevara horas pudriéndose dentro de mí, empezó a resbalar de mis antebrazos en hilillos gruesos y viscosos, hasta mi cuello, nuca, axilas y hombros. Mezclándose con el sudor. Mordí un gemido. Lloré sin querer. Los ojos me ardían y el cuerpo temblaba.

Dejé de luchar y me concentré en recorrer la habitación, sin reconocerla. La poca filtración lunar mostró un cuarto de concreto corroído, carcomido por hongos y humedad. El azul pálido anteriormente vivido, moría en postillas escamosas, arrancadas por la tristeza y el olvido. El techo era un colador de láminas oxidadas, vencidas por los años, que dejaban entrar el viento como si llorara junto a mí.

Quise mover las piernas. Otro tirón. Otro dolor. Otro sangrado.

Mis tobillos estaban sujetados al pie de la cama. Desnudos, sujetados por grilletes con la fuerza de un amante psicótico. Eran aún más viejos que las esposas, y parecían diseñados para incrustarse en la médula y anidar ahí como parásitos.

Intente pelear, pero cada sutil movimiento causaba una presión punzante que rasguñaba mis músculos. Logrando sacar charcos de sangre bajando por mi pantorrilla. Una miseria liquida.

Entonces sentí algo diferente.

No agua.

Algo más espeso.

Una gota cayó sobre mi cabeza. Blop. No era fría. Era cálida. Pegajosa. Luego otra. Y otra más.

Me quedé inmóvil.

Bajo tu sombraHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora