Nunca fui parte de ese mundo.
Las luces, las joyas, los rostros perfectos escondiendo mentiras...
Todo me asfixiaba.
Nunca era requerida en los eventos de la alta sociedad, nadie me miraba dos veces,
y yo lo agradecía.
Prefería existir en silencio...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Perro cobarde
Me desquiciaba ese hombre. Sentía la sangre hervirme en las venas. Cerré los ojos por un instante, obligándome a contener todo lo que amenazaba con desbordarse.
Seguí caminando hasta la entrada, donde todos ya estaban por salir; el eco de los cascos de los caballos retumbaba cada vez más cerca, marcando el ritmo acelerado de mi pecho. Me acerqué hasta quedar junto a Darren, intentando parecer tranquila... aunque por dentro todo era un caos.
Entonces lo sentí.
Una mirada pesada, incómoda, clavándose en mi espalda como si pudiera atravesarme. Me giré de inmediato.
Y ahí estaba.
La Reina.
Observándonos desde lo alto de las escaleras, inmóvil, imponente... como si todo le perteneciera. Sus ojos recorrían a cada uno con frialdad... hasta detenerse en mí.
Sostuve su mirada, firme, sin ceder. No iba a bajar la vista. No ante ella.
El aire se tensó entre nosotras como una cuerda a punto de romperse.
Hasta que apartó la mirada. La deslizó hacia Félix, quien ya la observaba con una sonrisa casi provocadora. No flaqueó. Ni un segundo. Le sostuvo la mirada como si la retara en silencio, y luego esperó a que todos comenzaran a salir.
James me lanzó una última mirada antes de cruzar las puertas. Había algo en sus ojos... preocupación, duda. Como si quisiera acercarse. Pero no lo hizo.
Y entonces lo entendí.
La Reina.
No eran excusas. Ella estaba observando cada uno de nuestros movimientos. El plan tenía que parecer real... creíble. Si yo salía con James, sola, todo se derrumbaría.
Félix se acercó a mí justo cuando quedamos solos con ella. La saludó a la distancia y, sin pedirme permiso, tomó mi mano.
Lo odié.
Odié la seguridad con la que lo hizo. Odié no poder rechazarlo. Odié tener que permitirlo.
Pero no reaccioné.
No podía.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos con firmeza, como si no me diera opción. Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Sentí un leve hormigueo recorrer mi mano, traicionero... incómodo. No debía sentirse así.
No con él.
Apreté apenas la mandíbula, sosteniendo la expresión, obligándome a seguirle el juego, y cerré mi mano sobre la suya.
Si esto era una actuación... entonces la haría perfecta.
Caminé a su lado, saliendo del palacio con una sonrisa controlada, aunque por dentro todo en mí rechazaba ese contacto. Pensé en James, en su mirada... en lo que pensaría cuando nos viera salir del palacio.