Irene parpadeó un par de veces tratando de enfocar el lugar donde se encontraba, pero fue en vano. Allí no había nada que le resultará familiar.
¿Me sacaron del palacio? ¿Cómo?
El palacio era prácticamente una fortaleza solo alguien que hubiese pasado el suficiente tiempo recorriéndolo podría hallar una salida para...
Sus pensamientos se detuvieron cuando escuchó unos pasos acercándose.
—¿Quién es?—preguntó irguiéndose en su asiento para no parecer tan pequeña como se sentía. Estaba atada de pies y manos contra una silla, pero por lo menos sus ojos y boca estaban libres.
¿Podría gritar?
No parecía una buena idea, pero lo haría si no le quedaba otra opción.
—Yo soy el que hace las preguntas aquí—le respondió una voz masculina.—Ahora dinos tu nombre y cuál es tu relación con la reina regente...
¿Dinos? ¿Había alguien más?
Miró a su alrededor, pero todo era oscuridad y sombras.
—Soy Irene, la dama de compañía de la reina y cuando ella se enteré de qué fui...—su voz titubeó al ver la daga en su mano. Por la oscuridad no había notado que estaba armado hasta que se acercó lo suficiente a la luz del mechero. La única lámpara que iluminaba toda la estancia.
—¿Y cuál es tu función como su dama de compañía?
¿Cuál es mi función? ¿Qué clase de pregunta era esa?
—Soy su confidente.
—¿Y?
—Y obedezco todas sus órdenes.
—¿Cuál fue su última orden?
—No pienso decírtelo—escupió altiva y como reprimenda Herbert le propinó una cachetada.
La guardia personal Lancaster estaba entrenada para lidiar con todo tipo de personas y aplicar cualquier clase de castigo. No era nada personal contra ella, pero odiaba cuando sus rehenes no cooperaban. Su excelencia había dado la orden de no lastimarla, pero solo en un mundo ideal se podría creer que un enemigo hablaría sin ejercer ninguna presión.
—Habla mujer, no tenemos todo el día.
—Debía seducir al duque de Rivintong ¿feliz?
—¿Por qué?
—Porque es rico, apuesto y...—Herbert presionó el filo de la hoja contra su garganta para que dejara de balbucear necedades—...Porque necesito que permanezca en España, mi reino lo necesita.
—Pero no lo suficiente para escuchar y acatar sus demandas.
—¿Sus demandas?—su voz retumbó por toda la habitación con una mezcla de indignación y desconcierto—¿En serio creen que un borracho y mujeriego como Lord Kent pueda hacerse cargo de un país?
—No me corresponde a mí decidirlo.
—Ni a mí tampoco, pero eso es lo que hay...—se removió inquieta en la silla—...Solo hay un trono, un puesto y muchos candidatos.
—Pero se tenía un trato y los tratos se respetan, mujer. Un rey justo lo respetaría.
—Afortunadamente nosotros tenemos una reina.
Otra cachetada.
—¿Quién ocupara el lugar que le correspondía a Lord Kent?
—No lo sé—escupió gotas de sangre, la mejilla le ardía al igual que el cuello, pero lo que más le dolía era ver que su reina no se equivocaba al buscar un hombre que se moldee a ellas y no al revés.
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Prohibido Amarte
Historical FictionSexto libro de la Saga Londres de Cabeza. ¿Podrán dos personas enseñadas a controlarlo todo dejar de lado sus propias reglas para luchar por amor? Elise Volsano y Damien Bleiston han trabajado más de una década desde 1826 ideando un plan para vengar...
