X. Adam

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{Adam en multimedia}

Mi nombre es Adam, quizá alguien haya escuchado sobre mí gracias a Evan.

Al contrario de lo que pensáis, no quiero meterme en las bragas de mi mejor amiga, ¿claro? Pero sé de alguien que sí lo querría.

Chris Prescott.

¿Qué quién es Chris Prescott? Para explicaros su identidad, debo remontarme bastante hacia atrás. Espero que estén dispuestos a escuchar.

Conocí a Evan en una fiesta absolutamente descontrolada. Alcohol, tabaco y drogas por todas partes, ya saben, cosas de adolescentes, ¿no? Ella bailaba, quizá un poco colocada, con un muchacho que al poco de comenzar la décima canción de la noche tuvo que ir a vomitar.

Esperanzador.

Vayamos al grano. El caso es que Evan terminó saliendo a tomar el aire, y yo, como buen conquistador que no tira la toalla, la seguí. Allí fuera un chico se divertía con una ballesta negra con la que disparaba unas flechas rojas que impactaban en la gente y las hacía besarse sin control.

El muchacho era castaño claro, de ojos azules grisáceos, no muy alto y delgado. Su sonrisa es lo que más recuerdo, esa sonrisa que todavía conserva: cruel, torcida, enigmática, dura.

A mí siempre me resultó un chico solitario, triste, roto, que escondía algo importante. Sin embargo Evangeline no parecía percibir lo mismo que yo, me solía mencionar que era atractivo, manipulador e ingenioso, y eso era exactamente lo que le agradaba de él.

Debo decir que mi amiga, a día de hoy, sigue teniendo razón en casi todo.

Me alegro de haberme dejado llevar por su opinión. Cabe decir que cada uno por separado ya sabíamos lo especial de nuestra sangre, pero a pesar de las diferencias entre las funciones de nuestros padres dentro del Olimpo nos hicimos buenos amigos casi al instante.

Volviendo al día de hoy, ya habíamos llegado al refugio donde vivíamos.

Era un lugar acogedor, una cabaña que los tres compartíamos con una pareja de dos semidioses muy aficionados a la caza. Ian y Wendy solían salir bastante temprano y no volver hasta algunos días después, así que no eran nada molestos, como podéis apreciar.

Y te preguntarás que cómo logramos que no nos ataquen monstruos. Bueno, hace poco que descubrimos el porqué. La "base" había pertenecido a Leo Valdez, antes de que se mudara al Campamento Mestizo, y tenía una extraña protección antimonstruos que solo Wendy podía comprender, como buena hija de Hefesto que era.

Si estaban ansiosos por conocer al tan sonado Chris, señoras y señores, ahí le tenían, apoyado en el marco de la puerta de entrada con unas bermudas azules, una camiseta negra y unas chanclas del mismo color. Evan rió levemente ante sus gafas de sol Ray-Ban.

—¡Maldita copia barata! —le espeté, falsamente ofendido—. ¡Esas gafas son como las mías...! Traidor.

—Siente el flow, amigo, siéntelo —se carcajeó bajándose las gafas y guiñándonos un ojo.

—Sois tan idotas —se quejó Evan, pero una sonrisa se asomó por la comisura de sus labios.

Ella se sentó bajo la sombra de un árbol y sacó su cuaderno, sumiéndose en su propio mundo.

Chris y yo nos miramos encogiéndonos de hombros, nos quitamos las camisetas y nos tumbamos en el césped al sol.

—¿Qué crees que escribe ahí? —cuestionó curioso.

—No tengo ni la más mínima idea —me encogí de hombros—. ¿Y qué más da? Déjalo estar.

Giré para ponerme boca abajo mientras Chris seguía observando como un bobo a la rubia perdida en su propio y privado mundo.

—¿Te traigo un pañuelo? —me burlé con sorna.

—¿Qué?

—Es que se te cae un poquito la baba, amigo mío...

Me miró mal, se tomó un corto momento más en observar a la chica y luego puso sus brazos tras la nuca mirando al cielo.

—¿No te apetece mover algunos hilos esta noche? —comentó.

—¿Tanta satisfacción te crea hacer que la gente se quiera locamente y se deje de querer solo con un chasquido de dedos? —fruncí el ceño.

—Ni te lo imaginas —rió—. Soy un hijo de Eros, ¿qué esperabas de mí a parte de crueldad?

—Tienes razón, a veces me olvido de quién eres tú y quién es tu padre.

Su risa resonó seca, pero con un gran trasfondo de diversión si sabías buscar bien.

El silencio reinó por un buen rato. Rato que aproveché para pasear por mi mente. No quería abrir la caja de los recuerdos familiares, sin embargo no podía evitarlo. Solo con recordar el nombre de mi hermana, su cabello y sus ojos, una desesperanza me embargaba.

¿Estaría muerta? Y dirás que eso es improbable, ya que siendo hijos de la diosa más inteligente del Olimpo podíamos triplicar la oportunidad de sobrevivir. No es por darnos aires, aunque quizá no tenemos poderes tan obvios y cools como otros semidioses, nuestra mentalidad lo compensa con creces. Solo mira a la gran Annabeth Chase.

Decidí cerrar aquella sección de mi subconsciente que tanta añoranza y desesperanza me traía, pero no sin antes prometerme, como siempre, encontrar a mi hermanita sana y salva.

Volviendo a la realidad, aquella noche decidimos salir a la discoteca a la que éramos ya aficionados.

Chris había perfeccionado una táctica absolutamente inquebrantable. Vendía pastillas para el dolor de tripa camuflándolas de droga. Luego disparaba sus flechas y hacía que la locura se desatara.

Justo en aquel momento Evan se encontraba bailando con los ojos cerrados, ya un poco colocada quizá. Por otro lado, el gurú del amor se encontraba comerciando con unos críos de por ahí.

—Yo tengo para una... —exclamó la muchacha.

Aquellos adolescentes aparentaban quince años aproximadamente. Me pregunté que tan famoso era Prescott para que incluso los niños acudieran a él.

—¡Yo tengo para dos!

—Queremos cuatro...

Los chavales comenzaron a discutir, hasta que el "traficante" los acalló.

—Dadme el dinero, chicos —se lo tendieron—. Dos, tres... ¡tenéis para cuatro justo! Una para cada uno.

Las dos chicas y los dos chicos saltaron con una sonrisa de oreja a oreja.

—Ya sabéis cómo va: un pinchazo de dolor y listo. Tomad las pastillas —Chris se alejó para irse—. Y no os preocupéis por nada más.

Los muchachos se encogieron de hombros con indiferencia. Prescott tiró de mí y trepó a un árbol sacando su ballesta y su carcaj. Disparó a cada uno de sus jóvenes clientes, que comenzaron a besarse descontroladamente y a decirse palabras bonitas. Chris saltó del árbol devuelta al suelo con su típica elegancia mortífera.
—Jodidos niños —sonrió y negó con la cabeza.

La fiesta terminó como un descontrol lleno de besos, caricias y lágrimas una vez que el hijo de Eros cortaba los hilos que unían a los disparados por sus flechas del amor no tan pacíficas.

Jackson, Owen JacksonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora