Capitulo 33

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En el aislamiento en que he vivido estas semanas, todos los recuerdos de lo reciente se han borrado a mi alrededor, y la imagen de Helena ha ido resucitando hasta hacerse más vívida que nunca. Ayer, al abrir la puerta del cuarto donde están los retratos, la puerta cuya llave sólo tengo yo y que no había vuelto a usar desde el encuentro con Nelly, un olor extraño y nauseabundo me impidió entrar. Estaba oscura la tarde, y el tono sombrío del cuero de Córdoba que cubre las paredes, acrecentaba la oscuridad de la estancia. Sólo distinguí en ella la blancura de la túnica y del manto, destacándose sobre el fondo sombrío.

Volví a pasos lentos y precedido de Francisco, que entró con las bujías de un candelabro encendidas para alumbrarme el camino. El nauseabundo olor era el de las últimas flores pedidas a Cannes, que al descomponerse, habían podrido el agua de los vasos. Olía aquello a sepulcro, y los montones de hojas y de pétalos secos, de ramillos negros, de cálices duros los unos y acartonados como momias, podridos los otros por la humedad yacían en los floreros de Murano y en las jardineras sobre el mármol cubierto de polvo de la mesa; las rosas desprendidas del tallo y negras casi, sugerían la idea de un cementerio de flores.

El criado abrió el balcón para renovar el aire pesado. Por él entraron la difusa luz del crepúsculo violáceo y cobrizo y la llovizna fría, que sacudió las cortinas, melancólicamente. Un rayo de sol brilló en el marco del retrato de la santa de las guedejas blancas y tirité al sentir el soplo helado del aire del otoño.

Sobre los veladores de malaquita el polvo opacaba el verde de la piedra y unas moscas muertas extendían las inertes alitas y las rígidas patas. El polvo y las moscas habían manchado el marroquí blanco y los dorados de los libros que compré en Londres en el invierno pasado; y a la doble luz de las bujías del candelabro y del crepúsculo, que filtraba por el balcón su tristeza fría, me parecieron desteñidos y ajados los colores de las alfombras de oriente que cubren el piso.

Mi alma en ese momento estaba más sombría que el cuarto abandonado y más marchita que las flores. Los pobres libros manchados han ido a dar a mi biblioteca, y el pesado cofre de hierro de las joyas a mi escritorio. La copia del cuadro de Rivington y el retrato pintado por Whistler están en mi alcoba. Duermo bajo las miradas de la santa de las guedejas de plata y de la figura que lleva en las manos el manojo de lirios blancos, y pienso a veces que si sobre la oscura tapicería que cubre las paredes hubieran estado siempre los dos lienzos, ni Nelly, ni la de Rivas, ni la Musellaro, ni Olga, habrían entrado ni a mi vida, ni a mi alcoba.

De Sobremesa - José Asunción SilvaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora