Capítulo Cuatro

220 27 18
                                        

Milan

—Joder, Milan. ¿Qué diablos está mal contigo hoy?

Estoy sentado en el piso del pasillo de la enfermería con los codos apoyados en las rodillas y el rostro enterrado en mis manos. ¿Qué me pasa hoy? Todo. Pero nada de eso importa ahora. Lo único que me importa es que Charlie esté bien. Tiene que estarlo.

La rabia que me consumía se desvaneció en cuanto Charlie cayó al suelo inconsciente. Todo lo que sentía fue remplazado por culpa y preocupación. Mientras las maldiciones de Derek hacían eco en el gimnasio, mi mente solo repetía la misma frase. ¿Qué carajos hice?

Sin perder tiempo, deslicé mis brazos debajo de Charlie y levanté su liviano cuerpo. Corrí lo más rápido que pude a la enfermería, rogando que estuviese bien.

Una vez alcancé la puerta, la enfermera Johnson me hizo poner el cuerpo inerte de Charlie en la camilla para luego echarme de la sala.

—Tienes que esperar fuera, Milan.

Eso fue hace media hora, y todavía no sé si está bien. Si despertó.

—¿Puedes dejar de ignorarme?

Aparto las manos de mi rostro y miro a Derek con molestia.

—¿Qué quieres que te diga, Derek? ¿Que estoy jodido? ¿Que me arrepiento? Pues sí, me arrepiento. No quería...

—¿No querías qué, Milan? —grita Derek—. ¿No querías ponerla de rodillas? ¿No querías soltarla? ¿No querías escucharla rogar?

—¡BASTA! —Me levanto de un salto y lo enfrento. Mi respiración está agitada y el corazón me late rápido—. Ya sé que la cagué. No me lo tienes que gritar a la cara. Ahora simplemente cállate y déjame esperar jodidamente en paz.

Derek retrocede unos pasos levantando las manos en señal de rendición.

—Haz lo que quieras, hermano. Yo me voy de aquí.

Me quedo quieto mirando cómo se aleja. Estoy a punto de sentarme de nuevo cuando la puerta al final del pasillo se abre y una morena al final de sus treinta pasa a Derek corriendo. Su paso no vacila hasta llegar donde estoy parado como un estatua. Frente a mí está la versión adulta de Charlie. Viste más femenina que su hija, pero el parecido es sorprendente.

—¿Dónde está mi hija? —pregunta con agitación. Estoy tan bloqueado por la sorpresa que tardo un segundo en contestar.

—Está dentro, señora. Lleva un rato ahí.

Me traspasa con la mirada, estudiando cada rasgo de mí. Dándome un último vistazo, entra a la enfermería.

Me desplomo sin fuerza contra la pared y me deslizo hasta quedar nuevamente sentado. El agotamiento se adueña de mí mientras miro la puerta que me separa de Charlie. Un extraño deseo de abrazarla y disculparme por todo crece en mi interior.

Mi teléfono vibra. Sé quien es antes de mirar la pantalla.

—¿Si?

—¿Dónde estás, chico? La brigada sale en cinco minutos estés o no aquí. —La voz de mi abuelo Mick se filtra a través de la línea.

—Aún estoy en la escuela. Salgo ahora mismo para allá. —Aunque irme es lo último que quiero, me incorporo y camino hacia la salida—. Diles que me esperen, ¿si, abuelo?

—Les diré. Pero mejor te apuras. —Cuelga antes de que pueda decir nada más.

Con una última mirada a la puerta de la enfermería, salgo corriendo de la escuela hacia mi auto.

Amanda MiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora