Llevamos todo el día buscando una pista sobre el paradero de mi padre. No hemos encontrado nada aún y el sol comienza a ocultarse por el horizonte.
—Me rindo —dice Dan dejándose caer en una pared del salón.
—No podemos rendirnos. Tiene que haber algo, estoy segura.
—Lo he mirado todo, Sara. He buscado en cada rincón de esta polvorienta casa.
—¿Estás seguro?
—Si —responde desganado— Ya te lo he dicho mil veces. No hay nada.
Me dejo caer a su lado en la pared.
—Estamos pasando por alto algo y no se el qué.
Cierro los ojos y medito sobre el tema. Me concentro lo máximo posible.
Si yo fuera mi padre, ¿dónde dejaría una pista?
De repente, un recuerdo me viene a la cabeza.
—¡El mapa! ¡Aún no lo hemos mirado!
—Es verdad. No me acordaba—dice sacándose el mapa del bolsillo.
Dan se arrodilla y abre el mapa en el suelo. Es bastante grande. Está algo amarillento por culpa del paso del tiempo.
El mapa está dibujado a mano. Es como un mapa de un parque de atracciones, con los lugares más importantes resaltados.
—Pues yo no veo nada extraño, la verdad. Es un mapa... y ya.
—Fíjate bien. Tiene que tener algo que nos indique a donde ir.
La luz que entra por la ventana deja de ser suficiente para poder ver el mapa, por lo que enciendo una vela que había en la cocina y la pongo cerca de éste.
Una línea negra que no estaba antes empieza a aparecer cerca de la vela.
—¡Dan! ¡Mira! ¡Reacciona con el calor de la vela!
—¡Corre, llévalo junto a la chimenea!
Ponemos el mapa delante de ésta y aparece una línea negra que recorre la ciudad haciendo un recorrido extraño.
Rápidamente saco un rotulador de mi mochila y repaso la línea, para no tener que depender del calor para verla de nuevo.
Dicha línea hace el siguiente recorrido: Empieza en ésta casa, cruza el bosque y llega a la ciudad, pasa por la feria, atraviesa el cine, se dirige a la plaza central, sube hasta llegar a una bolera y acaba en la biblioteca.
—Menudo laberinto, ¿no?
—Y que lo digas. ¡Venga, en marcha!
—¿Estás loca? Es de noche. Es cierto que ya casi no quedan zombies por el frío, pero quedan humanos. Como tú y como yo.
—Con más razón, así no nos verán.
—Estamos a 0°C. No voy a dejarte salir.
—Está bien, cabezota. Pero mañana a primera hora salimos.
—Vale, sargento. A sus órdenes —dice saludando como si fuera un soldado.
—Venga, déjate de tonterías y a dormir, que mañana nos queda un largo camino.
Nos sentamos en el sofá frente a la chimenea y nos volvemos a quedar dormidos en la misma postura que ayer.
A la mañana siguiente, Dan me había preparado un desayuno "riquísimo": un vaso de agua y una galleta. Guay.
Nos ponemos en marcha rumbo a la feria de la ciudad. El bosque no es muy grande, y tampoco estamos muy lejos de la feria. En unos pocos minutos llegaremos.
—Siempre me he preguntado una cosa —me dice Dan.
—¿El qué?
—¿Por qué tú mochila es más grande que la mía? No es justo.
—Oh, venga ya —suelto una risita— eso es porque yo soy más guay que tú.
—Oh, vale. Entonces tienes que ser la más guay del mundo, porque tienes un cabezón gigantesco —se ríe a carcajadas.
—¡Seras...! —le doy un empujón y lo tiro a la nieve.
Me lanza una bola de nieve y me da en toda la cara. Dan se abalanza sobre mí y me lleva consigo al frío suelo. Me quito la mochila y la dejo a un lado. Comenzamos una guerra de bolas de nieve. Dan hace una bola grandísima y se acerca a mí con ella.
—¡Me rindo! ¡Me rindo! —le suplico clemencia antes de que me la lance.
—¿Admites que eres una cabezona?
—Si eso te hace feliz...
—Si, mucho —dice sonriendo.
Deja caer la bola al suelo y me da la mano para ponerme en pié. Cogemos nuestras mochilas y continuamos la travesía.
Al cabo de un rato, llegamos a la entrada de la feria, la cual estaba completamente vacía. No se veía ni un alma rondando por aquel lugar. Ni vivos ni muertos.
—Vale, ¿y ahora qué? —pregunta Dan.
—Ni idea. En el mapa no ponía nada.
—Bueno, pues entonces sigamos el recorrido.
—No, vamos a dar una vuelta mejor. Puede que encontremos algo.
—Vale. Pero ten en cuenta que hay que salir de aquí antes de que se ponga el sol, tenemos que encontrar refugio para esta noche.
—Aguafiestas... —digo en voz baja.
—¿Decías algo, cabezona?
—No, nada —digo mientras me rasco la punta de la nariz con el dedo corazón.
Entramos en el recinto. Las atracciones están bastante deterioradas, cubiertas de nieve y oxidadas por el paso de los años. Todo ésto combinado con la luz del atardecer crean un ambiente muy deprimente.
—Eh, mira, ¡la casa del terror! ¿Entramos?
—¿Estás loco? Quién sabe qué hay ahí dentro.
—Esa es la gracia, cabezona. O quizás debería de llamarte "cabezona miedica".
—Venga, pesado. Vamos a entrar.
—¡Pues a ver si me pillas! —suelta su mochila y sale corriendo hacia la atracción.
Hago lo mismo, aunque él es más rápido y ágil y consigue entrar antes que yo.
Paso por el hueco que hay entre las dos puertas de la entrada. Me cuesta hacerlo, ya que se supone que debían de abrirse automáticamente, pero se atascaron en ésta posición. Dentro hay una oscuridad total, por lo que saco mi linterna de manivela. Mola mucho y es chiquitita, pero es un coñazo tener que darle vueltas para que coja un poco de carga.
Enciendo la linterna y miro alrededor. Está plagado de telarañas, por suerte son de pega, aunque también hay de verdad. Estoy en un pasillo no muy largo, con un armario al fondo y varias puertas a los lados. Decido ir a mirar el armario del fondo. Al llegar a éste, escucho el grito de Dan, procedente de una de las habitaciones.
—¡¿Dan?! ¡¿Estás bien?!
—¡Ayuda! ¡Por favor!
—¡¿Dónde estás?!
—¡En la habitación de la derecha!
Vuelvo a escucharlo gritar por última vez y se hace el silencio. No escucho nada.
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V.I.R.U.Z.
Mystery / ThrillerHola, posible lector. Estás dudando en leer esta historia, ¿verdad? ¿No eres capaz de decidirte? Tan solo dame una oportunidad, no te defraudaré... Es la historia de los supervivientes de un apocalipsis zombie. ¿Qué? ¿Que es un cliché? ¿No te llama...
