Leo Valdez 2.

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Dedicado a TrinityMonts

Cantaba de nuevo, no eran susurros, fuerte y alto. Leo disfrutaba de escucharla cantar. Después de tanto tiempo ya eran muy buenos amigos, y ahora se sentaban codo a codo contra aquel árbol. Ella cantaba mientras él armaba una de sus locuras, una vez el tiempo terminaba Katia abría los ojos para escuchar la opinión de Leo, y él solía entregarle uno de sus artefactos.

La especie de pájaro bebé apareció en su campo de visión, él le miraba con nerviosismo. Entonces el pequeño detalle explotó ante ellos, embarrándolos con un poco con tinta.

Katia soltó una carcajada mientras Leo moría de vergüenza.

—Lo siento, no sé que salió mal.

—No te preocupes, está bien... Era hermoso.

—No era el plan que explotara —admite suspirando, pero uniéndose a la risa—. Supongo que hice algo mal.

Ella le mira con los ojos entrecerrados — ¿Acaso te distraíste? Antes no te sucedía eso.

Leo lo piensa mejor y gira hacia ella. Sus mejillas se tornaron rosadas, claro que se distrajo. Durante todo ese tiempo estuvo mirándola mientras armaba el pajarito. Ella se veía hermosa cantando con los ojos cerrados, era inevitable mirarla. Por eso no se fijó en lo que hacía.

—Un poco —murmura apartando la mirada con una boba sonrisa—. Al menos lo viste antes del desastre.

Durante la noche Leo dio vueltas al no poder dormir, escuchaba la voz de Katia aunque ella no estuviese cantando en ese momento. Adoraba su voz, adoraba su pasión al cantar.

El otro año se enamoró de la melodía, este año de la chica.

Debía decírselo, claro. No iba a resistir guardarse aquello, menos si todos los días la tenía cantando a su lado. Sería una tortura. Decidió por lo tanto que al otro día debía confesarle sus sentimientos.

Katia fue a la costa a la misma hora de siempre, un poco cansada por el entrenamiento. Arrastraba los pies, pero en cuanto vio a Leo ordenando sus herramientas allí sintió que su estómago se revolvía. Aceleró el paso y se dejó caer junto al muchacho.

—Hola, chico grasa —suelta, recordando que cuando lo conoció él estaba lleno de grasa, en la nariz y sus ropas.

Ese día no era así, lo cual era extraño, pero Katia supuso que aún no comenzó sus experimentos.

Leo se sonrojó con el apodo, jugando con sus manos.

—Hola, chica melodía —correspondió.

Luego de una conversación, risas y miradas nerviosas su usual proceso diario inició. Katia cerró los ojos y comenzó a cantar, él la miró durante un minuto y luego tomó sus herramientas.

Ese día se sentía extraño, pero de todas formas bien. Por alguna razón ella eligió canciones algo cursis, era como si estuviese declarándosele indirectamente. Un calor subió por su cuerpo al rato.

Claro, Leo le gustaba, ¿por qué no lo decía y ya?

Se detuvo, con los ojos cerrados aún. Secó sus manos contra sus jeans y tomó aire. Tuvo que llenarse de valor antes de abrir los ojos.

Una de las locuras de Leo volaba ante sus ojos, tenía algo escrito en ella. El corazón de Katia latió con fuerza, quedó perpleja durante unos segundos y luego soltó una enorme sonrisa.

—También me gustas, Leo.

Gira la cabeza hacia el muchacho, él lucía aliviado y feliz. Más que nunca sus ojos brillaban, al igual que sus rosadas mejillas. Katia subió una mano para limpiarle la mancha de grasa en su nariz, luego unió sus labios riendo. 

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