Capítulo Tres
A la mañana siguiente, María despertó a solas en la cama.
Probablemente era mejor así, pensó mientras se estiraba y sentía el ligero tirón de los músculos de sus muslos, la conciencia de una latente sensibilidad en el interior de su sexo.
El mero hecho de pensar en lo que había compartido con Esteban aquella noche hizo que su cuerpo se acalorara, y dejó escapar un murmullo de autodesaprobación. Cuando miró la hora y vio que aún era temprano, golpeó la almohada, frustrada.
Era sábado, lo que significaba que no tenía ninguna prisa, pero sabía que no iba a poder dormir más, de manera que se levantó y fue a ducharse.
El desayuno consistió en yogur con fruta, que tomó en la terraza.
Rebeca se reunió con ella para tomar café y para planificar las actividades de la siguiente semana. Excepto el miércoles, todos los días comerían en casa, y María dio a Rebeca carta blanca con los menús.
Magnífica cocinera, cuyo talento no dejaba de ser alabado por los invitados de María y Esteban, Rebeca llevaba la casa como un reloj y contrataba ayuda externa cuando era necesario.
Eran casi las nueve cuando María subió a cambiarse. Tras ponerse unos elegantes vaqueros y una blusa blanca, se maquilló un poco, se puso unas botas de tacón alto, tomó el bolso y volvió a bajar.
Esteban apartó la vista de su ordenador cuando la vio entrar en su despacho. Vestía unos vaqueros negros y una camiseta negra que enfatizaba su fuerte torso.
—¿Vas a salir?
—Me toca terapia de compras —respondió María con un suspiro.
La vida social exigía prestar atención al vestuario. Los hombres podían usar numerosas veces un mismo esmoquin, pero si una mujer llevaba el mismo vestido dos veces a una gala se deducía de inmediato que no podía permitirse comprar uno nuevo.
Las apariencias lo eran todo, y suponían un punto de referencia del estatus de su marido en el mundo de los negocios.
Los diseñadores de moda ganaban verdaderas fortunas gracias a ello, y no era fácil conseguir hora para la selección de las telas y para las pruebas.
—Que te diviertas —dijo Esteban con humor, y María sonrió irónicamente.
—Esperemos que Estella se encuentre de buen humor —la costurera, de origen español, poseía unos dedos mágicos para su profesión. También era temperamental, imprevisible, a veces letal con las agujas... y capaz de despedir a un cliente ante el más mínimo capricho.
—¿Quieres comer en casa o fuera? —preguntó Esteban.
—En casa. ¿Te ocupas tú de decírselo a Rebeca?
—Yo me ocuparé de cocinar.
Hacía tiempo que el hecho de que Esteban pudiera cocinar, y bien, había dejado de sorprender a María.
—De acuerdo.
Esteban la acompañó hasta la puerta y ella lo miró con recelo.
—Has olvidado algo —dijo él a la vez que tomaba su rostro entre las manos para besarla. Inicialmente, el beso fue suave y superficial, pero enseguida se volvió más carnal y evocador.
¿Cuánto duró? ¿Meros segundos?
María fue incapaz de pronunciar palabra cuando la soltó, y tuvo que hacer un esfuerzo para controlar el ligero temblor de sus labios cuando Esteban apoyó un dedo sobre el inferior.
No quería parecer tan vulnerable, pero Esteban sólo tenía que tocarla para hacer que se derritiera.
—Que disfrutes de la mañana —murmuró él—. Pero creo que antes de salir deberías retocar la pintura de tus labios.
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Quiero que me ames
RomanceProtagonistas: Esteban San Román y María San Román Argumento: María y Esteban San Román sabían muy bien lo que hacían cuando decidieron casarse por conveniencia. Ellos sólo tenían que comportarse en público como una pareja feliz para crear una al...
