Capítulo 4

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Capítulo Cuatro

Estella trabajaba en una antigua casa cuyas habitaciones habían sido reconvertidas en un salón de modas. Aparcar en aquella zona no solía resultar complicado y María saludó a la recepcionista cuando entró en la sala de espera.

Unos minutos después, una mujer madura vestida de un modo bastante extravagante apareció en el umbral de entrada al salón. Llevaba el pelo cubierto por un sombrero rojo que desafiaba toda posible descripción y estaba maquillada hasta el absurdo.

—Llegas tarde.

—He llegado a tiempo —dijo María educadamente.

—¿Te atreves a discutir conmigo?

—¿Qué te parece si llegamos al acuerdo de que nuestros relojes no están sincronizados?

La diseñadora alzó una ceja con gesto desdeñoso.

—Mi reloj está en hora. Sígueme.

María obedeció y entraron en la sala de pruebas.

—Quítate la ropa —ordenó Estella—.Y nada de hablar. No estoy de humor para chácharas.

María observó a la diseñadora mientras ésta trabajaba con la tela del vestido que le iba a hacer sin dejar de murmurar.

—Nadie tiene estas telas, ni este estilo —dijo Estella con un expresivo gesto de la mano—. Debes llevar el pelo en alto con este modelo. Eso dará equilibrio al conjunto —se apartó para mirar a María—. Ponte pocas joyas y utiliza calzado marrón de tacones finos. Tráelos para la próxima prueba. Ahora cámbiate y márchate. Quedamos la semana que viene a la misma hora.

Café, decidió María mientras volvía a sentarse tras el volante de su coche. Fuerte, caliente y con azúcar, en una agradable cafetería cercana. Luego iría a mirar zapatos antes de acudir a la peluquería.

Era poco más de la una cuando guardó varios paquetes en el maletero del coche. Aún tenía varias cosas que hacer y decidió tomarse un descanso para almorzar.

En Toorak Road había varios restaurantes apropiados y eligió uno de ellos. Mientras tomaba un sándwich vegetal con un refresco ojeó uno de los periódicos disponibles para los clientes... y estuvo a punto de atragantarse al ver la imagen de Ana Rosa en una de las páginas.

Corrección. Era una foto de Ana Rosa y Esteban, en escena, momentáneamente abrazados.

María se obligó a leer el texto que había bajo la foto... y apartó su plato a un lado.

Ya era malo que cientos de invitados hubieran sido testigos de la deliberada representación de Ana Rosa. Ahora el incidente iba a ser accesible a todo el país.

Masculló entre dientes una maldición muy poco femenina. Las dudas, siempre presentes bajo la superficie, afloraron insidiosamente, invadiendo sus emociones.

Maldición. Se suponía que el amor no era tan doloroso.

Gastar dinero, dinero de verdad, era una prerrogativa de las mujeres en momentos de tensión. Y estaban aquellos zapatos de tacón que había visto, le habían gustado... y de los que había decidido pasar.

Podía permitírselos. Varios pares. ¡Toda la tienda si le apetecía!

Con aquel pensamiento en mente, tomó su bolso, pagó la cuenta, salió a la calle... y se dio prácticamente de bruces con Ana Rosa.

—¡María! —la actriz hizo una buena interpretación de mostrarse sorprendida—. Qué encuentro tan inesperado.

¿Sería cierto? Estaban en la zona de tiendas más sofisticadas de la ciudad, era sábado, y el mantenimiento personal era una prioridad para una mujer profesional como María. No resultaba difícil sumar dos más dos.

Quiero que me amesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora