Siente como su cabeza da vueltas y que está en un jardín lleno de flores, entre nubes y paz. Pero no es un sueño porque está despertando.
–Que raro –murmura frotando uno de sus ojos con pereza. Sólo le toma un segundo darse cuenta del pequeño cuerpo que está junto a él. Sus ojos lo miran con curiosidad.
¡¿Qué pasó?!, se pregunta a sí mismo.
¿Que no pasó?
Cameron da un salto de la cama y se golpea el trasero por caer al suelo. Pero se levanta en un abrir y cerrar de ojos.
–¿Qué haces en mi habitación? No puedes estar aquí, yo estoy con Samira –dice fruncido el ceño. Ella sólo ladea la cabeza.
–Por favor vete –pide cortésmente.
–No iré a ningún lado –contesta seca poniéndose de pie–. Porque esta es mi habitación –agrega haciendo que el castaño mire a su alrededor.
–¿Cómo llegué aquí? –pregunta frotándose las sienes, el dolor de cabeza regresó.
–Experimentaste La Transición.
–¿Qué es eso?
–Ayer en la clase nos explicaron que era. Tú estabas ahí –responde de una manera cortante. También puede sentir la rabia en su olor.
–No estaba prestando atención –admite mirando a un lado.
–Investiga de que se trata. ¡Ahora sal de mi casa! –ordena señalando la puerta. Cameron no tiene nada que hacer allí, ni siquiera recuerda cómo terminó en la habitación de Evelyn.
Sin decir nada, sale de la casa antes de que alguien lo vea. No quiere toparse con la familia de Evelyn, tampoco quiere volver a acercarse a ella.
Miércoles, 6:12 am. El dolor de cabeza no es tan intenso como ayer pero es igual de molesto para el alfa, como la presión en su pecho. Necesita tranquilizarse, de algún modo. Entonces decide hacerle una visita a Samira, no le importa que su ropa esté sucia con lodo, tampoco que ella pueda oler a Eve porque es imposible que pueda sentir una beta.
Da tres golpes y abren la puerta. Samira lleva puesto un lindo pijama de corazones, su cabello castaño aún sigue desordenado y tiene una expresión cansada pero adorable.
–¿Cam? No hay clases hoy. Te envié un mensaje anoche para que sepas y no me respondiste. –Agacha la mirada mientras juega con sus manos.
–Lo siento. No sabía donde estaba mi celular –miente apoyando su frente contra la suya, haciéndola sonreír–. ¿Puedo pasar?
–Claro. –Sami toma su mano para hacerlo entrar y van a la cocina para desayunar juntos.
–¿Cómo haz estado? –pregunta para dejar de lado el silencio mientras coloca un poco de mermelada de fresas en una tostada.
–Nos vimos ayer. Pero muy bien. Estoy emocionada por buscar información sobre los gamma, ni siquiera sabia que existía otro nivel social –contesta la omega estando sobre la mesada y balancea sus piernas de atrás hacia adelante como una niña.
–Yo tengo una duda –murmura él dándole un mordisco a la tostada–. No entiendo muy bien "la transición".
–Oh, yo puedo explicarte. –Samira busca su computadora, toman asiento en la sala una vez que terminan de desayunar entre besos y sonrojos de ella. Cameron se ubica en el sillón color beige y Sam sobre su regazo. Pudo sentir el mal estar del alfa e intenta relajarlo con caricias.
–La transición es el paso de un estado al otro. Pero los profesores dijeron que hay una teoría que dice que nosotros podríamos experimentar la transición. Pasando de lo que somos ahora a lo que fuimos hace mucho tiempo –habla leyendo los apuntes que tiene en su computadora.
–¿Quiere decir que podemos ser como los lobos salvaje de hace millones de años?
–No físicamente. Pero se dice que sólo nuestros instintos podrían movernos en ese estado. Sin embargo todavía no se conoce de algún caso documentado como éste –responde ella sonriendo–. ¿Lo entendiste?
–Si, gracias –murmura dejando pequeños besos por su mejilla. Ahora todo tiene sentido.
Él la abraza por la espalda y acaricia su cuello con la punta de la nariz. Samira suelta risitas, pero el alfa puede distinguir un gemido que sale sorpresivamente de sus labios. También su olor comienza a hacerse un poco más intenso y dulzón.
–Alfa. –Ella lo llama mientras esconde su rostro en el pecho de Cameron. Sus caderas parecen tener vida propia y se mueve a un suave compás sobre su regazo.
El cuerpo de la omega está listo para ser anudada. Pero hay un problema, su olor es demasiado fuerte, mucho más de lo Cameron puede soportar. Lo marea, es empalagoso y se apresura a salir de ahí antes de devolver el desayuno.
–D-Debo irme. –En todo el camino a la puerta intenta no respirar. Es una de las desventajas detener un olfato tan sensible, si continúa en esa habitación puede desmayarse.
–Cam, espera...
Jueves, 19:56 pm. A pasado un día desde que él salió de la casa de Samira, dos contando este. Cameron se siente muy mal, su cuerpo también, tiene la sensación que lo necesita porque la presión de su pecho aumentó más con el transcurso del día.
Luego de eso, la jornada fue pésima en la universidad, él le enviaba mensajes a Samira para preguntarle como estaba pero no respondía, aunque no la culpa. Su supuesto alfa la abandonó justo cuando más lo necesitaba.
No mientas.
Todo su cuerpo se estremece en ese momento y se detiene en seco. Iba de camino a casa, pero ahora su cuerpo se mueve por sí sólo.
¡Para! –grita, pero las palabras no salen de su boca. En cambio, una sonrisa se dibuja en su rostro–. Esta vez no –se respondo a mí mismo.
Es horrible, no puedo controlar mis acciones, sólo soy un espectador. ¿Qué haré por amor de Luna? ¡Basta, sácame de aquí y devuélveme mi cuerpo!
–No.
Cuando menos se da cuenta, él ya se encuentra frente a las puertas de la casa de Evelyn y, para colmo, tiene un ramito de flores rosadas detrás de la espalda. Se la dará como obsequio a esa beta.
No puedes hacer esto. ¡Samira es tu omega!
Su alfa está fuera de control por completo, golpea la puerta sin que pueda evitarlo y sólo pasan unos segundos para que la madre de Evelyn los reciba.
–¿Cameron? Que gusto volver a verte pero... ¿Qué haces aquí?
–¿Quién es mamá? –pregunta haciendo suspirar al alfa.
Cuando la castaña está frente al desalineado alfa, su mano se mueve hacia adelante rápidamente y le enseña el ramo, mientras sonríe.
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Evelyn arquea una ceja y cierra la puerta de golpe, sin mediar palabras con Cameron o su madre. Quien la observa con una mueca de confusión, ve a su hija suspirar. Entonces le da un corto abrazo, que corresponde sin dudarlo.
¡Ja! ¿Cómo pudiste pensar que nos recibiría? Ella nos odia. Salgamos de aquí.
–No, debo cortejarla de nuevo –dice el alfa, desesperando al castaño con sus palabras.