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En un mundo donde la monarquía es la ley, Atalía tendrá que sobrevivir. Su pueblo y gente han sido asesinados por las garras de la corona.
Por una decisión de vida o muerte se ve huyendo hacia Surex donde tendrá cobijo. Pero, ¿Por qué ir a Surex...
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Luego de hacer el trato con Eotrix, él decidió que sería buena idea aparentar un ataque entre nosotros y me golpeó en la boca. Le dije que andaba con los nórticos y que no confiaba en ellos como para contarles el plan, así que, como parte de la actuación, hicimos un gran escándalo y salimos a toda prisa del campamento. Eotrix salió de la caseta gritando direcciones en el idioma ordio, aparentando órdenes de ataque, pero solo les dijo que nos persiguieran y nos dejaran con vida. También, les ordenó que nos dejaran pasar por el camino cuando fuéramos con Erov, Marku y Evajana otra vez de regreso. Así, todo sería más creíble para engañar a Wylden y Marku.
Sin embargo, el nórtico se enojó muchísimo por haber causado todo el revuelo y me insultó diciendo que él pudo haber hecho mejor trabajo llegando a un acuerdo con los ordios que yo. Muy tonto de su parte, si hubiera sido un encontronazo verdadero, no hubiéramos salido de allí con vida y mucho menos cruzado de regreso con los demás. Por eso, solo me dirigió miradas que no logré entender y muy pocas palabras. Habían pasado tres días desde que había hecho el pacto con Eotrix. Por lo que, la tensión entre todos, reinó durante los escasos soles.
Desde donde habíamos llegado, ya se podían observar las antorchas de Nórtica. La Ciudad se encontraba en uno se los picos más altos de la montaña. No obstante, había un pico más alto que era de donde nacía el río, pero ese se perdía entre las nubes. Por tal razón, desde donde estábamos caminando, ya se podían ver con claridad las murallas de la civilización rica. La Metrópoli era tan grande y autosuficiente, que no necesitaba de nada fuera de sus paredes. Allí mismo tenían animales y agua. Las torres del castillo sobresalían por encima del resto de la Capital.
Desde hacía algunos días ya se podía ver desde la distancia. Nunca antes había estado así de cerca. Me sabía el camino porque me había estudiado todos los mapas posibles de Libennium, pero nunca me había acercado tanto a Nórtica. Papá siempre decía que era peligroso, no para nosotros, sino para los Centinelas. Aunque siempre pensé que lo decía para mantener el orgullo del ejército al máximo, porque si decía que era peligroso para nosotros, querrían probar lo contrario. Y él pues, no podía permitirse que nos capturaran.
Si él pudiera ver lo que había sido de su ejército, estaría tan decepcionado. Pero no podía verlo, porque él había parte del fin de nuestro pueblo.
Ya había oscurecido por completo. Wylden anunció que era tiempo de descansar y ninguno le refutó. Todos nos dirigimos a hacer nuestro trabajo que fue asignado sin que nadie lo dijera desde el primer día de la travesía. Marku cazó algún animal, Erov fue a buscar agua al río, Wylden y yo a reunir leña y Evajana trató de no interrumpirnos mientras intentábamos sobrevivir. Porque ella pues, era inútil.
La tormenta había hecho estragos con los árboles, así que toda la leña que debíamos reunir tenía que ser levantada del suelo. Buscamos aquella menos húmeda a ver si Erov podía hacer de su magia y producir algo de fuego, pues luego de la tormenta, habían proseguido días nublados y fríos. Habían varias rocas y árboles fuertes donde decidimos asentarnos, los árboles eran sumamente altos, lo que me hizo entender que sería aún más difícil encontrar leña; los árboles de por sí funcionaban como nubes en cualquier día soleado, lo cual empeoraba que el sol no hubiera salido en mucho tiempo.