Perdido

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Keith no podía apartar la mirada.

Detrás de él, Lance, con su máscara azul (psicópata), movía los pies impaciente.
Era evidente que odiaba ese espectáculo, en cuanto a Keith...  Había algo morbosamente hermoso en ello.
Los chillidos, el crujido, la sangre, los gritos de los presentes animando a continuar.
Y la indirecta sexualidad en todo eso. El hecho de que las mujeres estuvieran desnudas no le molestaba en absoluto, quizá era la primera vez que encontraba atractivo el cuerpo del sexo opuesto. Quería acercarse más, veía a los que estaban a unos cuantos pasos del show y cómo eran salpicados de sangre. Quería eso, quería mancharse de aquella sangre, quería participar, quería ser el mismo quién estuviera pisoteándolos.
—¿Alguien quiere unirse a nosotros? Vamos, no sean tímidos —dijo la mujer tras la máscara gris.
Keith se giró  para ver a Lance.
—Ni siquiera lo pienses —le dijo el moreno molesto.
Keith hizo un puchero tras la máscara, que evidentemente Lance no vio.  Unos hombres se levantaron y todos aplaudieron. Todos excepto Lance y él mismo.
—Tenemos los mejores para ustedes.
La mujer levantó una mano y los restos de los hámsteres fueron retirados y en su lugar aparecieron dos cachorros de perro. Keith sintió envidia por ellos. ¡Él quería hacerlo! Quería sentir el delicado cuello de los perros bajo sus pies, quería saltar sobre ellos, quería aplastar sus cabezas hasta sentir los sesos escurriendo por entre sus pies desnudos.
Pero lamentablemente Lance detestaba que lastimaran animales y no le permitía participar en ninguna actividad.
Miró a los hombres pisar a los hermosos cachorros.
Los chillidos eran como música para sus oídos, uno de ellos piso de tal manera la cabeza del perro que la hizo explotar arrojando sangre y sesos a los que estaban más cerca.
Escuchó a Lance gruñir.
A su lado un máscara verde le hacía  sexo oral a su amo.
—Ven aquí —ordenó Lance tirando de la cadena —. Siéntate.
Keith se acomodo entre las piernas de Lance.
—Me aburro —le dijo acariciándole el cabello.
Keith regresó la mirada hacia el otro esclavo. ¿Lance le estaba pidiendo eso? ¿Qué lo distrajera de esa manera?
Se deslizó hasta el suelo y se arrodilló frente a él. Si eso quería...  Él se lo daría.
Lance lo detuvo.
—¿Qué intentas hacer? —preguntó apartando las manos de Keith de su pantalón.
—Creí que...  Esto es lo que querías que hiciera.
—¿Por qué querría eso? Lo que quiero es irme de esta sala, no que me hagas un oral. Además, dudo mucho que sepas hacerlo.
—Pero Lan...  —el moreno lo pateó lejos de él.
—Ven aquí —dijo tomándolo del cabello y arrastrándolo fuera.
Keith quería soltarse pero Lance lo tenía bien sujeto. Lo llevó hasta una habitación y lo empujó con violencia.
—Imbécil, estuviste a punto de decir mi nombre.
—Lo...
La patada de Keith lo hizo callar. La boca se le lleno de sangre, se levantó la máscara sólo lo suficiente y escupió sobre la alfombra.
—Te lo advertí cientos de veces.  Nunca... Digas... Mi... Nombre —dijo acompañando cada palabra con una patada.
El estómago le dolía a causa de los golpes y apenas podía respirar.
Tenía los ojos cerrados, podía escuchar la respiración agitada de Lance. Seguramente debía estar recuperando la calma para no patearlo de nuevo.
—Lo siento —dijo Lance de pronto arrodillándose junto a él—. Me pone de mal humor que hagan eso a los animales.
—No, no. Fue mi culpa, no debí decir tu nombre.
Lance le pasó los dedos por el cabello. Se inclinó sobre él, levantándose la máscara y recorrió su cuello con la boca. Sintió un agradable escalofrío recorrerle la columna con cada beso de Lance. Lo tomó del cabello, deslizando sus dedos sobre el cabello castaño de su amo, la boca de Lance bajo hasta su clavícula y Keith se hizo hacia atrás permitiéndole que llegará más profundo. Se tumbó en el suelo arrastrándolo con él pero al parecer Lance tenía otros planes porque se apartó de él.
—¿Qué sucede? —¿Acaso Keith le daba asco como a todos? ¿Era por eso que no quería llegar más lejos?
—No vine aquí para esto. Necesito información.
Keith no podía verle el rostro pero por la forma mecánica en que se movía le indicaba que estaba nervioso por algo.
—¿Qué es lo que te preocupa?
—¿Por qué crees que estoy preocupado? —su voz sonaba tensa.
—Te mueves extraño,  como si te prepararás para atacar.
—Eres bueno —felicitó Lance—. Estoy nervioso porque cada vez hay menos máscaras grises, si están comenzando a irse es mala señal. Una muy mala señal.
—Quizá no les gusta estar aquí.
—Les pagan por estar aquí, no, algo va mal. Si algo aprendes de este tipo de eventos es que cuando los Grises se van significa que todo se irá a la mierda —ayudó a Keith a levantarse y le arregló la máscara—. Hay que encontrar a uno y preguntarle que carajos esta pasando.
—Hey, chico psicópata —apenas salieron un hombre de máscara amarilla (fetichista) se les acercó—. Va a ver un espectáculo que tal vez te guste, todos los azules están yendo.
—¿De qué se trata?
—Van a empalar a una chica con una vara de metal y entre todos nos follaremos el cadáver.
—No gracias. Prefiero otro tipo de juego.
—En la habitación 15 están otros esclavos como él —insistió el hombre señalando a Keith—. Los están obligando a comer mierda.
—Paso, no quiero que éste me la chupe después de haber tragado desechos. Ya encontraré algo —a Keith le sorprendía el tono calmado de Lance.
—De acuerdo, iré a ver quién quiere unirse.
El fetichista se alejó y Lance soltó alguna grosería en español.
—Vamos, a ver si encontramos a alguien interesante.

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