Capítulo 1.- Cristina.

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"Te he hablado en tus prosperidades, mas dijiste: No oiré. Este fue tu camino desde tu juventud, que nunca oíste mi voz"

Jeremías 22:21

Huelo humo. No es normal. Abro los ojos, y el techo de mi habitación está completamente cubierta de humareda, siento un nudo en la garganta y no me puedo mover.

―¡CRIS!― Escucho el grito desde el piso inferior, el que está bajo tierra―¡Cristina!

―¿Mamá?― mi voz es apenas un suspiro.

La escucho subir las escaleras, ella empuja la puerta y ya no puedo ver más.

Me siento sobre la cama, tomando grandes respiraciones, mis manos están apretadas sobre las mantas y estoy empapada en sudor. Siento que estoy temblando pero no puedo controlarlo.

Cada año es el mismo sueño, durante diez años he soñado con el incendio, siempre el mismo día. Cuando mi madre se fue.

Miro al techo y me doy cuenta de que está limpio, puedo ver las estrellas que Isaac pintó en él con pintura blanca sobre la madera. Intento tragar saliva pero mi boca se siente seca. Hay un vaso con agua sobre la mesita de noche, justo al lado de la lámpara y de la biblia, siento extraño observarla, dejé de leerla cuando tenía doce, cuando mi madre se marchó.

Bebo el agua de un solo golpe y dejo el vaso con un golpe seco sobre la mesa. Escucho ruido en la parte de afuera, reconozco esa señal, el ulular de una lechuza. Me dirijo a la ventana y la abro de par en par, primero veo el domo, el cual dejó de simular el cielo hace años, yo aún no nacía, pero las personas todavía cuentan historias sobre el día que la electricidad se fue, estuvieron tres días en tinieblas y al cuarto día volvió, y el techo no funcionó de nuevo, tampoco es como si nuestros ingenieros pudieran ir afuera para arreglarlo, eso sería un desperdicio de oxigeno.

Miro hacia abajo, hay tres árboles afuera de mi casa. Uno más alto que el resto. Antes vivía en los maizales con mi madre, pero después del incendio...

―¿Puedo subir?― pregunta Isaac.

―Tal vez―digo con una sonrisa tramposa― ¿Que traes para mí?

―¿Además del olor de las minas? Nada, lo siento.

Es cuando me percato de que está lleno de hollín. Los jóvenes de los sectores bajos tienen que trabajar en las minas del domo exterior para que las máquinas sigan funcionando con el carbón. Isaac trabaja ahí desde que cumplió los doce, si se niegan a trabajar en el oficio que les encomiendan, los echan del domo.

―Está bien― digo después de fingir pensarlo―. Sube, pero con cuidado, Abraham está en la parte de abajo.

Puedo ver que pone los ojos en blanco y luego comienza a trepar por el árbol. No me molesto en verme en el espejo para saber cómo estoy, él me ha visto en mis peores momentos y no le importa. Él estuvo ahí cuando mamá se fue.

Isaac aterriza sobre el suelo con un golpe seco, le hago una señal para que guarde silencio y que yo pueda escuchar si ha despertado a Abraham, parece que no, no hay ruidos.

―¿Por qué sigues aquí? No es tu padre― dice Isaac y se sienta sobre mi cama para quitarse los zapatos.

―Hola, Cristina. He pasado tanto tiempo sin verte que pensé que perdería la razón...

Él se ríe, es una carcajada que termina en una tos. Se cubre la boca con las manos sucias y luego me mira.

―No es nada.

El Quinto AmanecerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora