Hemos actualizado nuestras Pautas de Contenido.
Consulta las pautas más recientes para seguir compartiendo historias de forma segura.

Capítulo 13.- Isaac.

542 48 1
                                        

"Una tercera parte de ti morirá de pestilencia o será consumida por el hambre en medio de ti, otra tercera parte caerá a espada alrededor de ti y la otra tercera parte esparciré a todos los vientos, y yo desenvainaré la espada tras ellos".

Ezequiel 5:12

Corro con mucho cuidado, cada vez que me detengo para ocultarme de los guardias, las piernas me tiemblan, pidiendo un poco de descanso o el seguir corriendo, no estoy seguro, ya que la adrenalina recorre cada parte de mi cuerpo. Respiro muy rápido y estoy agradecido por no haber tenido ningún ataque de tos.

Miro hacia el exterior, mi cuerpo oculto por la pared de una choza. El silencio en el sector H me pone nervioso, nunca ha estado de esta manera, ni siquiera durante las ejecuciones. Veo como los guardias entran de casa en casa tirando las puertas y sacando a las familias que participaron en la pequeña rebelión durante la ejecución de Santiago. Todos llevan armas, uno toma a una chica del cabello y la lanza sobre el suelo, la caída levanta tierra y veo raspones en los brazos de la joven.

Recargo la cabeza contra la pared, cierro los ojos y trago saliva. Me siento exactamente igual que cuando se llevaron a mi padre, sin poder hacer nada, mis manos se sienten acalambradas y las piernas no dejan de temblarme. Abro los ojos y echo otro vistazo por un lado de la pared, me obligo a tragar el nudo en mi garganta al ver como los guardias disparan en la cabeza a los civiles indefensos. Vuelvo a mi lugar, recargando la espalda contra la choza y ocultándome en la oscuridad.

No puedo hacer nada por quienes ya han decidido matar, pero puedo advertir a los demás. Corro en dirección a las minas, manteniéndome oculto por las sombras de las casas vacías, al llegar al oscuro túnel reprimo una mueca de asco y contengo la respiración antes de tomar el hollín con las manos y frotarme los brazos, la cara y el pantalón. Los guardias no desperdiciarían ni una mirada en quien ha pasado todo el día en la mina trabajando, alguien así no tiene tiempo para las ejecuciones o para armar una rebelión en contra del Consejo.

Camino lento, manteniéndome en el camino de todos los días. Dejo que mis pies se arrastren y finjo que las luces lastiman mis ojos al salir. Solamente soy un minero que ha tenido un largo y cansado día de trabajo. Mantengo los ojos en el suelo, para evitar toparme con los ojos de algún guardia.

Ellos pasan a mi lado y me tenso pero no dejo que lo noten y sigo avanzando. Ni siquiera me miran. Suelto la respiración y cuando terminan de pasar corro en dirección a las casas más pobres, aquellas que se encuentran en la orilla del sector H.

Llamo a las puertas cuando no veo a los guardias cerca y entro sin que me den el permiso de hacerlo. Todos parecen estar asustados. Otras casas están completamente vacías, con rastros de sangre en las entradas. Golpeo una puerta repetidamente, está marcada con cenizas. Al fin, un joven abre.

―¿Qué demonios quieres?― inquiere enfadado. Detrás de él se encuentra un anciano.

―¿Puedo pasar?― pregunto algo nervioso, mis piernas no dejan de temblar.

El joven da un paso al frente, para no dejarme ver el interior de su diminuto hogar. Me tallo la cara con las manos sucias, esto será realmente difícil.

―No me importa si no puedo entrar― susurro y me inclino hacía él―. Los guardias están sacando a las personas de sus casas. Ustedes tienen que irse...

―Lárgate de aquí, maldito alborotador― espeta y va a cerrar la puerta, pero una mano vieja y arrugada la detiene.

―¿Eres el hijo de Salomón?

Eso me detiene en seco. Soy el hijo de Salomón ¿Al final eso lo único que cuenta?

―Lo soy― murmuro.

―Habla fuerte, hijo― dice el hombre con voz ronca―. Mis viejos oídos no escuchan tan bien como antes.

―¿Puedo entrar?― pregunto.

El hombre pone una mano en el hombro del joven y este a regañadientes se hace a un lado para dejarme pasar. La puerta se cierra a mi espalda y suelto un suspiro de alivio.

―Hubo una ejecución esta tarde― digo lo más tranquilo y fuerte que puedo―. Y las personas se salieron de control... El Consejo envió a los guardias para someter los primeros fuegos de una revolución. Están tirando las puertas, sacando a las personas, vi como mataban a las hijas de Dalila.

―Hablar igual que tu padre― murmura el hombre con una sonrisa.

―Tienen que salir de aquí. Los guardias llegarán pronto, y yo tengo que avisar a los demás.

―¿Y a dónde iremos? ¿Acaso sugieres que vayamos afuera? ¿Con las bestias?― gruñe el joven de antes.

―No― replico molesto por su tono. Esto me hace preguntarme porque siquiera me tomo la molestia de advertirlos―. Pueden ir al domo central― trago saliva al darme cuenta de que puede que les esté entregando la cabeza de mis hermanas―. Ahí los estarán esperando.

―¿Te has vuelto loco?― espeta el joven― ¡El domo central has dicho! Sería mejor ponernos una cruz en la frente.

―Ya basta― dice el hombre. No ha gritado, pero su voz tiene la suficiente autoridad para que el joven calle―. Iremos.

―¿Qué?― pregunto confundido.

―No te conozco, muchacho. Pero confiaba en tu padre. Si Salomón hubiera llegado al Consejo las cosas serían diferentes.

No sé cómo responder a eso ¿Mi padre? ¿Con una oportunidad de subir al Consejo? Sacudo la cabeza.

―Necesito que se vayan y adviertan a los demás, a cuantos puedan. Entre más personas lo sepan será mejor. Necesitan ocultarse en el domo central.

Al terminar con aquello, abro la puerta y vigilo que no haya nadie afuera, así que corro. Llamo a mas puertas, y de la mayoría recibo la misma respuesta: Soy escuchado por ser hijo de Salomón. No me quedo a ver si las personas me hacen caso, pues tengo prisa por llegar a casa y sacar a mi madre y Gabriel de ahí.

Advertir también a Eva y a todos sus... lo que sea que se llamen. Evadiendo a los demás como puedo, es que llego hasta la guarida de esa extraña mujer. Parece extraño, pues su puerta no está marcada con cenizas si no con sangre. Trago saliva, esperando que no sea humana, a pesar de que me encuentro cubierto de esta. Golpeo la puerta y no hay respuesta. Comienzo a sentir desesperación así que me dirijo a una de las ventanas. Está cubierta desde el interior con pedazos de tela.

―¡Hey!― exclamo a riesgo de ser escuchado por los guardias. Aunque puedo oír los gritos de algunas personas que están siendo arrojadas fuera de sus casas.

Murmuro el nombre de Eva pero no hay respuesta.

―No hay nadie ahí dentro― dice alguien a mi espalda. Giro pronto, sintiendo mi corazón palpitar rápido.

Detrás de mi está la niña, aquella chiquilla extraña que siempre está con Eva.

―¿Dónde puedo encontrarla?― pregunto.

―Eva no está, pero puedes hablar con ella.

―No sé a qué te refieres― digo frunciendo el ceño―. Pero no importa. Dile que tienen que irse al domo central, los guardias asesinan personas y...

Me interrumpo cuando la niña empieza a reír. Ella da pequeñas piruetas.

―¿El domo central? Los fantasmas abundan ahí. Su pequeña revolución quedará reducida a nada y pronto será la menor de tus preocupaciones, hijo de Salomón.

Sus palabras me dejan sin habla. Hay algo sumamente extraño sobre la gente de Eva y aún más con esta niña. Sin responder, camino hacia atrás y cuando estoy seguro de que ya no me mira, corro lo más rápido que puedo, sin importar el escalofrío que me recorre, sin importar los gritos de terror de los habitantes del H, cualquier cosa es factible, menos la risa de esa niña.

El Quinto AmanecerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora