Pida con fe, sin dudar, porque quien duda es como las olas del mar, agitadas y llevadas de un lado a otro por el viento"
Santiago 1:6
Me detengo frente al escritorio. He dejado el libro sobre la superficie, todo el camino a casa, después de hablar con Eva, el libro era sumamente pesado en mis manos, incluso llegué a pensar que podría quemarme.
He tomado un baño y he bebido más de tres tazas de café, todo un record para mí. No puedo acudir a Isaac para que me ayude con esto, el enfado que tengo con él es más grande que cualquiera que haya sentido por alguien, excepto claro, por mi madre. Tomo una respiración profunda y aprieto el nudo de la toalla por encima de mis pechos. Mi cabello aún está escurriendo agua y mi piel está húmeda, tengo que ponerme pijama, o hacer algo además de observar el libro, pero no puedo. Quiero leerlo, quiero saber cuáles fueron los motivos de mi madre para alejarse, para marcharse ¿Que pudo ser más importante que su propia hija?
Resoplo con frustración al escuchar la puerta de entrada a la casa, me apresuro y pongo el cerrojo a mi habitación. Abraham ha llego y no quiero hablar con él, no quiero hablar con nadie, la conversación con Eva aún le da vueltas a mi cabeza, y aquella niña ¡Dios! Aquella tenebrosa niña que guarda en su casa. El simple recuerdo hace que me estremezca.
Sin esperar a secarme o siquiera intentarlo con la toalla, me pongo ropa para dormir, la cual se humedece al contacto con mi piel, el cabello empapando la parte alta de mi espalda. Miro de soslayo al escritorio de nuevo.
―Cristina― llama Abraham desde el otro lado de la puerta. Su siempre controlada voz hace que sacuda la cabeza y salga de mis cavilaciones― ¿Estás bien? Lo que sucedió hoy en el Consejo...
―Estoy bien― digo cortante. Como si lo del Consejo tuviera importancia ahora―. Sólo necesito descansar. Hablaremos en la mañana.
Tal vez he sido demasiado dura con el tono de mi voz, o por la dureza de las palabras, pero Abraham no insiste y me deja sola.
Me recuesto sobre la cama y miro a las estrellas en el techo, frunciéndoles el ceño, pero es mirarlas a ellas, llenas de promesas y futuro o mirar un libro lleno de secretos y pasado.
El libro de los Amaneceres, así lo llamó Isaac en aquella puerta. Supe a que se refería, pero aún así le di el beneficio de la duda, y trató de mentirme a mí. Él dijo que había cosas que yo no entendería, como si fuera una niña tonta y berrinchuda, al fin, cuando Isaac también perdió la paciencia, me dijo que yo vivía en una burbuja de perfección y buenos deseos, que él no tenía la culpa de ello, y tuvo el descaro de gritar que mi madre había construido esa burbuja a mi alrededor, para cuidarme de lo que decía ese libro. Recuerdo que lo abofetee, y se quedó sorprendido, mirándome, para luego escuchar la voz ronca de aquella niña. Quien soltó una risa para nada infantil al vernos. Recuerdo sus palabras perfectamente: Eva dice que la princesa puede pasar.
¿Cómo diantres Eva Sabía que yo estaba ahí?
No le di ni una sola mirada a Isaac y entré en aquel lugar. En un día normal, le habría pedido que me tomara de la mano y que no me soltara. No era por la apariencia, pues antes de cruzar un par de cortinas grises, la casa parecía normal, una cocina, una cama, y tampoco era el olor, pues olía a flores e incienso. Era aquella chiquilla lo que me hacía temer. Cruzamos aquellas sucias cortinas y del otro lado había más criaturas como ella, quise detenerme, dar la vuelta y correr, pero no pude hacerlo, yo debía ser valiente porque de verdad necesitaba ese libro. Así que di los pasos necesarios, absorbiendo todas las imágenes en esa habitación. Las paredes estaban vacías, limpias, al igual que el suelo, en el cual se extendían varias mantas, y en ellas... Las pieles de esas personas tenían escamas , algunas habían perdido partes de sus cuerpos, o había ampollas muy grandes y negras, ojos completamente oscuros o en su defecto, como de reptiles. Dientes amarillos, puntiagudos y pieles de tonos verdes.
ESTÁS LEYENDO
El Quinto Amanecer
Ficção CientíficaCristina vive en la Fortaleza norte, aquella que ha sido la base de la sociedad durante los últimos cien años. Un día, los Padres Fundadores desaparecen sin dejar rastro. El mundo ha pasado por guerras y desolación. Se dividió a la sociedad en...
