Capítulo 6.- Cristina.

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Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos.

Efesios 5:15-16

―¿Que buscas aquí?― pregunta el encargado de la biblioteca. Es un hombre joven que tiene el rostro cubierto por barba. Sus ojos se posan en mi y después en Isaac, y de nuevo en mi.

Estoy tentada a responderle que busco libros, pero me echará del lugar, así que me trago el comentario y esbozo una sonrisa educada. Isaac a mi lado resopla fastidiado. Sé que su tiempo aquí es limitado, pues tiene que ir a trabajar a la mina.

―Tengo que hacer una traducción de...

―¿Y qué hace él aquí?― interrumpe y señala a Isaac con la barbilla, el gesto hace que sus anteojos resbalen por su nariz.

Isaac abre la boca para decir algo que seguramente será grosero, así que coloco una mano contra su pecho, para que me deje hacer esto. Me regala una mirada molesta, pero luego se cruza de brazos y refunfuñando le da la espalda al encargado.

―Me ayuda con la traducción.

El hombre bufa.

―¿Acaso sabe leer?

―Sí, y no gracias a ti― digo más fuerte de lo que tengo planeado―. Ahora, he hablado con Abraham y sabe que estamos aquí. Si quieres arreglar algo, hazlo con él.

Le doy la espalda y ya no lo escucho replicar, tomo a Isaac del brazo y juntos entramos al lugar, a través de las grandes puertas de cristal. La biblioteca es enorme, como supongo, cualquier biblioteca debe ser, tiene ese esplendor y magnificencia que sólo los libros pueden dar. Hay grandes ventanas para que entre la luz artificial de afuera y el aire es filtrado para evitar que los libros se maltraten. Siempre que entro, me imagino que así debían lucir los santuarios antiguos.

―Bien― dice Isaac en voz baja―. Yo voy a buscar en esta zona― señala la parte derecha de la planta alta, lo más alejado que pueda estar del encargado―. Y tu toda esta.

―¿Por qué tengo que revisar la parte de novelas?― pregunto.

―Porque no sabemos dónde tu madre pudo haber escondido el libro.

―¡Patrañas!― gruño y el encargado me manda callar―. Mi madre no escondería un libro tan importante donde cualquier niño tonto pueda encontrarlo.

―¿Y quieres venir conmigo a revisar en los libros de latín?

―No voy a revisar nada en latín, en primer lugar porque no lo entiendo, y tu tampoco― digo apuntándolo―. Y en segundo lugar porque...

Isaac me pone un dedo en los labios y guardo silencio, al principio creo que es porque hay alguien cerca que puede escucharnos murmurar, pero después se inclina y me besa.

―De acuerdo― acepta―. Busquemos los dos juntos.

Después de revisar lo que me parecen mil estantes, no logro encontrar lo que hemos venido a buscar. Isaac está revisando la parte de arriba, mientras que a mí me toca casi arrastrarme en el polvoso suelo, buscando el libro entre los más viejos. Él me ha descrito la portada de color verde opaco, algo gastada en las orillas y con una estrella del norte dibujada al frente, con las cuatro puntas brillando en plateado.

Recargo la cabeza contra uno de los estantes, estoy tentada a tallarme los ojos, pero mis manos están llenas de polvo.

―¿Encontraste algo?― pregunta Isaac.

―No.

―¿Y qué haces sentada?― pregunta y salta los últimos escalones para llegar a donde estoy.

El Quinto AmanecerDonde viven las historias. Descúbrelo ahora