Hemos actualizado nuestras Pautas de Contenido.
Consulta las pautas más recientes para seguir compartiendo historias de forma segura.

Capítulo 3.- Cristina.

1K 118 1
                                        

Por tanto, he aquí, volveré a hacer maravillas con este pueblo, prodigiosas maravillas; y perecerá la sabiduría de sus sabios, y se eclipsará el entendimiento de sus entendidos.

Isaías 29:14

Hay humo por todas partes y siento que no puedo respirar. Veo que alrededor todas la personas corren, algunos llevan cubos con agua. Quiero gritar, pedirles ayuda, pero una parte de mi aun odia a esa chiquilla llorona. Mi madre me dejó a la mitad del campo, alejada del incendio que alguien provocó en los maizales. Ella corrió hacía las minas, me dijo que esperará, que volvería. Claro que nunca especificó que tardaría diez años.

Mi yo pequeña quiere gritar el nombre de su madre para que vuelva, pero en lugar de gritar, sin dejar de llorar, me dirijo hacia los maizales, donde el incendio es más fuerte. Mis pasos son lentos y dudosos, nadie se fija en la niña, todos están ocupados en algo. Necesito ir a las minas para saber que sucedió con mi madre, pero están del otro lado de los maizales.

Miro alrededor y solamente hay fuego, enormes espigas que pronto quedarán reducidas a cenizas. No puedo respirar y el humo no me deja ver hacía donde voy. Pero puedo escuchar, y en medio de todo ese ajetreo, percibo las pesadas botas contra la tierra, esas personas encienden botellas con un contenido inflamable y las lanzan al resto del campo. Es la primera vez que he tenido contacto con los Saqueadores. Uno de ellos escucha mis lloriqueos y se dirige a mí, quiero correr, pero lo único que puedo hacer cuando el hombre me toma por los hombros es manotear y llorar. Él abre mucho los ojos y pronuncia mi nombre, al principio con duda y luego con bastante seguridad.

―¡Cristina!― grita.

Abro los ojos y me siento sobre la cama. Mi cabello se ha quedado pegado a mi cara y cuello por el sudor y las lagrimas.

―Ya pasó― dice Isaac y se pasa la mano por los ojos. Su voz suena algo dormida―. Sólo fue una pesadilla. Vas a estar bien.

Me retiro el cabello de la cara con una mano temblorosa.

―Parecía muy real― respondo con un hilo de voz.

Él me abraza, sujetando mis brazos y me recarga contra su pecho. Dejo que lo haga, es mejor forma de consuelo que las palabras.

―Siempre lo parece― murmura y me besa la cima de la cabeza.

Dejo que pasen unos segundos para poder tranquilizarme y pensar mejor las cosas. Si comienzo a hacer preguntas y conjeturas estando asustada y desesperada, Isaac me dará la razón por miedo a que sufra un ataque de pánico. Y no son nada lindos de ver.

―¿Quieres agua?― pregunta un poco preocupado por mi silencio.

Niego un par de veces. Miro el reloj sobre la puerta.

―¿Tienes que trabajar hoy?― pregunto, y sueno algo ronca.

―¿Segura que no quieres algo de beber?

―Abraham está abajo, y no durmió, supongo que quieres que te atrape aquí...

―Si eso acelera el compromiso...― dice y una deslumbrante sonrisa se forma en sus labios.

―¿Tienes algún recuerdo de mi madre?― pregunto con cautela.

Isaac se encoge de hombros y se levanta de la cama.

―Nos regalaba cosas a los de los sectores bajos...

―No―digo y me muerdo el labio―. No me refiero a esa clase de recuerdos, pienso en algo más personal.

El Quinto AmanecerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora