Capítulo 12.- La luz de los muertos.

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Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos.

2 Timoteo 4:3-4

Samuel no iba a salir de su escondite, ni loco, nunca. Esas personas habían dejado morir a ese chico. Lo habían colgado. La muerte no era algo que lo impresionara, pero el hecho de que los demás no actuaran siempre lo sacaba de quicio.

Apretó la pala fuertemente, sintió dos de sus dedos sangrar, pues tenían ampollas recientes. Quería correr, marcharse, pero no podía arriesgarse a salir y que alguien lo viera, ahora no estaba sucio, no tenía ese camuflaje que la suciedad le daba.

Además, Samuel conocía perfectamente los signos de violencia, los veía todos los días en los Saqueadores, cada vez que robaban a alguna Sacerdotisa y hacían con ella lo que les venía en gana. Ahora podía observar los rostros de todas esas personas en la multitud. Sus rostros distorsionados por la ira, algunos lloraban, otros miraban directamente al cuerpo balanceándose en la soga, pero nadie gritaba, nadie hablaba. La chica había dejado de gemir dolorosamente hacía unos minutos. El silencio que en ese lugar reinaba hacia que la piel de la nuca se le erizara.

Samuel aflojó el agarre sobre la pala y siguió mirando la escena. Quiso gritar a Sarah y los otros que tuvieran cuidado, pues los hombres armados también parecían haber percibido el cambio en la multitud, y ellos sabían, que a pesar de sus armas, eran superados en número. De su boca no salió nada más que un simple balbuceo demasiado bajo como para que nadie lo escuchara.

Él tomó una decisión y giró sobre sus talones para correr en dirección al agujero en el domo, pero un grito desesperado lo hizo volver la vista.

Uno de los hombres armados tomaba a la chica sollozante del brazo, obligándola a ponerse de pie, al lado de la joven estaba Sarah, ya empujando al hombre y gritándole palabras que Samuel solamente había escuchado de boca de los Saqueadores. Otro de ellos se acercó y le dio una fuerte bofetada a Sarah en la cara, haciéndola caer contra el suelo con sangre escurriendo de sus labios, mientras que otro sostenía a su hermano mayor para que no pudiera defenderla. Él no supo lo que hacía o cuando comenzó a moverse, pero de pronto, su pala estaba golpeando fuerte en la cabeza del hombre.

No era la primera vez que Samuel acababa con la vida de alguien, o de algo, pues lo que habitaba mas allá de los templos ya no podían ser humanos, pero supo que el sujeto estaba muerto por el crujir de su cráneo.

Y su sorpresa llegó por primera vez al darse cuenta de que era él quien había iniciado con una sangrienta lucha, pues los hombres armados abrieron fuego, pero la multitud llevaba picos, palas, antorchas... todo se estaba saliendo de control. Las personas se golpeaban, alguien tuvo la decencia de bajar el cuerpo del patíbulo.

No sabía hacía donde mirar o que hacer.

El hermano mayor de Sarah salió de entre la multitud, tomó a la chica sollozante sobre sus brazos y corrió alejándose del caos. Otro chico que los acompañaba tomó a Sarah, pero ella comenzó a gritar el nombre de Samuel, él aún apretaba la pala fuerte entre sus manos cuando algo le salpicó la cara, el chico lo tomó fuerte del brazo y corrieron en dirección contraria a la multitud. A Samuel ni siquiera se le ocurrió sacudirse del agarre, hasta que estuvieron lo suficientemente lejos.

Todo le daba vueltas a su cabeza, aún podía escuchar los gritos de dolor y furia, pero ya estaba lejos. Había algo pegajoso sobre su piel, no quería mirarse, pero el ver a los demás se daba una idea de lo que era.

El Quinto AmanecerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora