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Capítulo 5.- Cuando los muertos no están.

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"Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada"

Corintios 13:2

Samuel se inclinó sobre el agujero en el suelo, recargándose en su pala para evitar caer. A su alrededor los sacerdotes hacían cosas con alquimia que él aun no comprendía, hasta ahora, el sacerdote que lo adoptó cuando era niño dijo que era muy joven para eso, en su lugar le mostraba otras lenguas, muertas hace muchos siglos. También lo dejaba leer sobre historia y conocer las plantas medicinales y lo que estas podían curar. Le había dicho cuales raíces eran venenosas. Y Samuel se había vuelto increíblemente bueno en diferenciar esas plantas. Cada vez que encontraba una nueva en uno de los agujeros, corría en dirección al sacerdote para que le mostrara sus beneficios.

Pero ahora no había nada en el agujero, ni raíces, ni agua, ni muertos. Samuel estaba completamente seguro de que esa tumba había estado ocupada hacía unas horas.

El sacerdote se puso de pie y sacudió su vestidura que se había llenado de tierra en las rodillas. En sus manos sostenía un pequeño frasco con el liquido viscoso que se encontraba dentro del agujero.

―¿Para qué quiere los líquidos de un muerto?― preguntó Samuel.

Nunca había un preámbulo en sus preguntas, tampoco solía saludar a los demás o hacer cosas naturales. Para Samuel, si las cosas no tenían un sentido, entonces no valían la pena. ¿Hay algo mal? Si o no ¿Puedo matarlo con la pala? Si o no ¿Esto se puede comer? Si o no. Simple, así debía ser todo, igual de sencillo.

El sacerdote le dedicó una pequeña sonrisa.

―Estoy seguro de que ya hay suficientes agujeros por hoy, Samuel ¿Por qué no les dejas a los otros cavatumbas un poco de trabajo?

Samuel frunció el ceño al no obtener una respuesta directa.

―¿Que se supone que haga entonces?― inquirió. No de una forma molesta, más bien neutral, ya que de verdad esperaba una contestación lógica.

―Ven conmigo― dijo el sacerdote, guardando las muestras en uno de los múltiples bolsillos de su vestimenta―. Tienes que comer algo, y me gustaría que hablaras con el supremo sobre las cosas que has visto últimamente.

El muchacho retrocedió un paso, no le gustaba hablar con el supremo. No es que fuera un hombre malo, al contrario, era sumamente bueno y respetable, pero había algo en él, en sus ojos apagados, en sus facciones que no lo dejaban estar tranquilo. Samuel se encontró apretando fuerte la pala, sintiendo la madera raspar contra sus callos.

―Tengo cosas que hacer―dijo finalmente y le dio la espalda al sacerdote.

―¿Has utilizado las plantas que me pediste? ¿Ya no tienes esa tos?― preguntó un tanto preocupado―. Tienes que dejar de pasar tanto tiempo entre la tierra, Samuel.

Se encontró sonriendo, no era una sonrisa amigable, más bien algo que creía estaba dormido en él. Y solamente el sacerdote y ese chico al que había ayudado lograron sacar.

―Es una mala elección de palabras para dárselas a un cavatumbas.

El sacerdote soltó una risa y se alejó de él. A Samuel le sorprendía que las personas pudieran continuar riendo, después de todo lo que había pasado. Miró de nuevo al agujero y comenzó a tirar tierra sobre él. No era bueno enterrar a un muerto en el lugar que fue el sepulcro de otro, aunque este decidiera levantarse. Detuvo la pala a medio camino ante ese pensamiento y se quedó a observar los demás agujeros; todos estaban cubiertos por la tierra que él mismo había removido, pero curiosamente sólo había enterrado a un saqueador y era la misma tumba que ahora estaba vacía.

El Quinto AmanecerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora