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La mas gris normalidad

Los primeros días sin Silvia fueron más o menos como habíamos imaginado, aunque también hubo algunas sensaciones extrañas. Extraño fue, por ejemplo, que después de dejar de verla en persona, como solíamos, empezáramos a ver a nuestra amiga en la prensa. Un día vino su foto en un periódico que se hada eco del comienzo del rodaje. Al parecer, era todo un acontecimiento que la nueva película de aquel gran director francés fuera a protagonizarla una joven y casi desconocida actriz española. Estábamos acostumbradas a ver cómo cambiaba Silvia en las fotografías de los anuncios o en los spots televisivos, pero la foto que traía el periódico, en la que ya aparecía como una diva del cine, nos causó verdadera impresión. Extraña, y un poco cargante, fue también la conducta del hámster durante aquellos primeros días. Siempre que volvía yo del instituto me estaba esperando en la puerta. Y siempre me recibía con la misma pregunta: —¿Hay alguna novedad? La novedad que el hámster esperaba era la llegada de una carta de Silvia. Ella había quedado en escribirnos regularmente y en enviar las cartas a la dirección de Irene. El interés del hámster al respecto resultaba bastante sospechoso. Me olía que quería leer las cartas, privilegio que por si acaso me ocupé de advertirle que no le pensaba conceder. Lo que él declaraba, cautamente, era que necesitaba la dirección de Silvia para escribirle, como le había prometido, y sostenía quejumbroso que eso no podía negarme a dárselo, en cuanto se recibiera la primera carta y con ella sus señas. —Ya veremos —decía yo, porque a lo que no estaba dispuesta era a complacerle gratis. Ya que iba a tener algo que él quería, intentaría vendérselo a buen precio. Dos o tres semanas de ir por el pan, como poco. —Tienes que darme esas señas —insistía—. Soy un hombre de palabra, y no pienso quedar mal por tu culpa. —Querrás decir un pitufo de palabra, en todo caso. —Laura, algún día te arrepentirás de estos desaires que me haces. Cuando te sientas perdida y llames a mi puerta implorando protección. Deduje que el hámster había estado escuchando los espantosos discos de rancheras de mi padre. Le aconsejé a mi madre que le controlara esa afición o que le explicara que aquel vocabulario era demasiado melodramático para un niño de diez años, pero ella, como siempre, se negó a darle importancia. Según ella, estaba en una edad difícil, nada más. Era curioso que desde que yo recordaba el hámster siempre había estado en una edad difícil. Lo que a mí más me dolía de la ausencia de Silvia era pasar por debajo de su ventana, camino del instituto. Estaba en un segundo, junto a la esquina. La conocía bien, porque muchas veces la había llamado tirando una piedra contra la persiana. Ahora no había nadie tras esa persiana para responder a mis piedras, y aunque siempre me quedaba el consuelo de pensar que se trataba de una ausencia transitoria, que Silvia haría la película y regresaría, algo me decía que aceptaría la oferta que le habían hecho y se instalaría en París. No nos había dicho ni que sí ni que no, sino que lo pensaría mientras rodaba la película, pero yo intuía que no iba a volver. Era una ocasión demasiado buena para desaprovecharla, y sin que ella misma lo supiera todavía conscientemente, su subconsciente ya la traicionaba. Si no, ¿a qué había venido aquello de prometer que al menos una vez al año iríamos al parque a brindar por nuestra amistad? Si volvía, podríamos ir no una, sino cien veces. En el fondo, Silvia estaba ya contando con quedarse en París. Pero la vida debía continuar, y no podíamos, ni Irene ni yo, atascamos para siempre en aquella añoranza. Al menos nos teníamos la una a la otra, y después de la marcha de Silvia nuestra amistad se hizo más fuerte. Hasta me puse a leer lo que ella leía, para tener más cosas en común. Así fue como conocí a Kafka, un escritor que a Irene la fascinaba y que escribía historias como La metamorfosis, donde un hombre se levantaba un buen día y descubría que se había convertido en escarabajo, o como El proceso, donde el protagonista se desayunaba con la noticia de que estaba procesado por un crimen que no había cometido. También me pasó El túnel, de Ernesto Sábato, que iba de un pintor que se volvía loco por una mujer y hacía mil disparates. Y un puñado de novelas de detectives, de unos americanos llamados Raymond Chandler y Dashiell Hammett, que escribían de tipos duros y cínicos que no creían en nada y consideraban todo una basura, aunque a veces se enamoraban de mujeres malvadas con las que ningún hombre sensato habría querido tener que ver. Quizá por influencia de aquellas lecturas, Irene y yo jugábamos a veces a ser cínicas, y hacíamos planes para parecemos el día de mañana a las mujeres fatales que enamoraban y destrozaban a los detectives. Por aquel entonces nos habituamos a vestir mucho de negro y a escuchar todo el rato la música de The Cure, que era la preferida de Irene y que con el transcurso de los días vino a representar algo así como la banda sonora de aquella sociedad fatídica que terminamos formando entre las dos. Hablar de todo esto, sin embargo, es ir demasiado deprisa. Naturalmente, lo que acabo de contar nos llevó algún tiempo, no sucedió todo conforme se fue Silvia, sino a medida que fueron pasando las semanas y no tuvimos más remedio que hacemos a vivir sin ella. Pero estaba con los primeros días, y antes de avanzar más en mi historia, debo apuntar un par de sucesos que no dejaron de tener su enjundia. Por lo menos para nosotras. Por un lado estuvo lo de Gonzalo, el frustrado pretendiente de Silvia. Al poco de marcharse nuestra amiga, empezó a rondamos de un modo bastante raro. Las primeras veces se acercó con el pretexto de preguntamos por ella. Que si sabíamos cómo estaba, preguntaba, con aire desvalido. —¿Pues cómo va a estar? —saltaba Irene, que siempre lo había tenido atravesado—. En la gloria. Rodeada de tíos guapos y ricos que se pelean por ella, viajando en limusina y navegando por el Sena a la luz de la lima. Yo le sugería a Irene que el detalle de la luz de la luna era cruel para el chico, pero ella respondía, inflexible: —Si realmente la quiere, sabrá sufrirlo. Una mañana, durante uno de los descansos, Gonzalo vino hasta nosotras. Estábamos las dos apartadas en un extremo del patio, así que no podía fingir que pasaba por allí de camino hacia alguna otra parte. —¿Me puedo sentar un momento con vosotras? —nos pidió. —¿Para qué? —le espetó Irene. —Para charlar, nada más. —¿De qué? —insistió mi amiga. —De lo que salga, mujer —respondió Gonzalo, mientras se sentaba. Parecía haberse resignado a que Irene se fustigara sin piedad, y eso le otorgaba un porte casi trágico, como si fuera una especie de mártir. Gonzalo le dio un par de caladas a su cigarrillo, bajo el escrutinio implacable de Irene. Después, se permitió suponer: —La echaréis de menos. —¿A quién? —A quién va a ser. A vuestra amiga. Irene me miró, mosqueada. —Si la echamos de menos o no —le dijo—, no es de tu incumbencia. —Lo es —aseguró Gonzalo, exhalando el humo. —¿Y eso por qué, si puede saberse? —pregunté yo. —Bueno —respondió Gonzalo, sin apresurarse—. Hay que ser constructivo. Todos la echamos de menos, a la bella Silvia. Era la reina del instituto, eso nadie lo discute. Pero ahora que ya no está, y además parece que va a tardar en volver, habrá que recomponer las cosas de otra forma. —Oye, tío —le atajó Irene—. ¿Te han puesto algo en ese cigarro? —Es un cigarro, nada más —repuso Gonzalo, haciéndolo girar ante sí—. Lo que digo es que a veces el que cierta gente se vaya te ayuda a ver más clara la situación. Y te das cuenta de que hay otros alicientes. —Ya lo entiendo —me dijo Irene, maliciosa—. Se ha pegado en la cabeza con algo. Si antes el pobre no daba mucho de sí, ahora está listo. —Tengo la cabeza en perfectas condiciones —aseguró Gonzalo—. Por eso me doy cuenta, como os iba diciendo, de algo que no veía tan claro cuando estaba por aquí nuestra flamante estrella del cine.
—Estamos ansiosas por saberlo —me burlé—. Desembucha y acaba, anda. Gonzalo dio otra calada y carraspeó un poco. —Me cuesta un poco explicarlo —se excusó—. Digamos que en cuanto ella se ha ido me he fijado más en el resto del trío. Antes era difícil, con esa chica de anuncio en medio, aunque ya sé que tampoco es una disculpa. El caso es que desde hace unos días os vengo observando y he llegado a la conclusión de que sois con mucho las dos tías más interesantes de la clase. Irene y yo nos quedamos boquiabiertas.
—¿Ah, sí? —dijo Irene, al fin.
—Sí, y ése es también el problema.
—Ah, hay un problema —anoté.
—Sí, casi siempre lo hay, qué se le va a hacer. Aunque ya quisiera yo que todos los problemas fueran como éste. Se trata de saber por cuál de las dos voy a decidirme. Y os aseguro que la elección está muy complicada.
—Si quieres te hacemos unos pases en bañador, para que termines de salir de dudas —ofreció Irene, con soma.
—Ya he superado eso —dijo Gonzalo—. Ahora busco la personalidad.
—Ahí está el quid del asunto —repliqué—. Creo interpretar el sentir de mi amiga si te digo que ninguna de las dos busca una personalidad como la tuya, Gonzalo. Aunque te agradecemos esta tardía inclinación.
—Lo suscribo —añadió Irene, poniéndose en pie—. Y me atrevo a recomendarte una técnica menos directa para otra vez. Le daremos a Silvia recuerdos, de tu parte, y le ocultaremos tu inconstancia.
—En el fondo os ha gustado mi franqueza. A las dos. Lo capto.
—Claro, Gonzalo, es que lo disimulamos bien.
—Decidme que tengo una oportunidad —suplicó.
—Por lo menos una siempre vas a tener —contestó Irene—. Supón que algún día coincidimos en una isla desierta y no hay nadie más, ni la más remota posibilidad de que vengan a rescatamos. Si tampoco hay una pistola con la que poder pegarse un tiro, entonces creo que tienes una oportunidad.
—Es un comienzo —juzgó él, optimista.
—Pues ten paciencia para llegar hasta el final —le aconsejé, mientras regresábamos hacia la puerta del instituto. Cuando pudimos salir de nuestra estupefacción, intentamos encontrar la forma de interpretar aquello: que al apuesto Gonzalo, el terror de las nenas, le diera de pronto nada menos que por declararse a Irene y a mí. Quizá deba apuntar aquí que Irene y yo somos más bien del montón, ni altas ni bajas, morenas y con los ojos marrones; vamos, la cosa menos despampanante que puede encontrarse. Fue Irene quien tuvo una idea para explicarlo:
—Ya lo tengo. Es impresionante, tía. Silvia nos ha pegado su glamour.
—¿Su qué?
—Su glamour. Ni tú ni yo somos nada del otro mundo, pero somos las amigas de la estrella. Todo el mundo quiere estar a su lado. Y ese cretino intenta acercarse a ella a través de nosotras. Como te lo digo.
—No me lo puedo creer —me resistí. —Pues créetelo. Y mientras dure, será cosa de aprovecharlo. No con el mastuerzo de Gonzalo, claro, sino con otros que puedan caer.
—No hablas en serio.
—Bueno, por qué no. Es posible que Irene acertara en su diagnóstico, por lo menos en cuanto a Gonzalo. Pero por lo demás nuestra vida continuó como siempre, dentro de la más gris normalidad. Dejando aparte aquella extravagancia de Gonzalo, no tuvimos que soportar el cortejo de un número de pretendientes muy superior al acostumbrado. Y hablando de eso, se me ocurre que es justo el momento de contar otro episodio que tuvo lugar aquella misma semana. Este lo protagonicé en solitario, quiero decir sin Irene, porque sí que hubo alguien más. Quizá algún lector lo haya adivinado: mi vecino Roberto. En esta ocasión coincidimos al revés que en la anterior: mientras él entraba y yo salía del portal. Acaso por eso, porque no iba a ningún sitio ni tenía prisa, él no pasó de largo. Yo tampoco. Creo que por primera vez en mi vida sentía una cierta curiosidad a propósito de Roberto. Quién me lo iba a decir: el mismo que desde chico había tenido siempre la habilidad de juntarse con los más cabestros del barrio, y al que durante años sólo había visto apedrear perros, arrear balonazos o vocear a diestro y siniestro las mayores bestialidades. Era verdad que desde que había cumplido los quince parecía haberse reformado mucho: por lo menos ya no era tan bocazas y había dejado de ir por ahí en compañía de cavernícolas. Pero así y todo mi vecino estaba muy lejos de resultar irresistible, y su antigua fanfarronería se había transformado, frente a mí, en una timidez bastante patosa. Pues bien, aunque me cueste confesarlo, ése era, sí, el mismo Roberto cuyos pensamientos ahora me intrigaban. —Hola —dijo, y se me quedó mirando con una mueca rara. No era la del cowboy que se dirige a la chica del saloon, pero tampoco la de estarse ahogando en su propia saliva que solía dedicarme últimamente. —Hola. ¿Cómo te va? —le pregunté. Y por primera vez desde que nos conocíamos, hube de admitir que me interesaba su respuesta. —Bueno —contestó, bajando los ojos—. No es como para tirar cohetes, pero siempre podría irme peor. ¿Y a ti? —¿A mí? Bien, como siempre. No me quejo. —Aunque nadie te haya llamado a París para convertirte en una estrella del cine —observó, escogiendo con cuidado las palabras. Sonreía. Aquel Roberto, precavido y ligeramente irónico, me desconcertó un poco. Pero pude reaccionar con la suficiente rapidez: —Vaya, parece que no hay otro asunto en el barrio. También tú. —No es tan asombroso —se justificó—. Es la primera vez que a alguien del barrio le pasa algo así. Y además, tú eres su amiga. —¿Y? —Nada. Que sacar el tema contigo es inevitable, supongo. —¿Por qué? ¿Es una manera indirecta de preguntarme por ella? Roberto dudó un instante. La conversación empezaba a resultar incómoda, y tal vez trataba de averiguar si lo era por su culpa o porque yo me estaba empeñando en que lo fuera. Me gustó verle inseguro. —No —respondió, enrojeciendo—. Era una manera de preguntarte por ti. —¿Por mí? —vacilé. Ahora era yo la que se sentía insegura. —A otros les interesarán los chismes que puedas contarles de tu amiga —explicó—. Los famosos que conocerá, el dinero que gana, si terminará saliendo en las revistas. A mí no. A mí sólo me interesa que es amiga tuya. —Ajá —dije, sin entenderle del todo. —En fin —continuó Roberto—. Tampoco quiero aburrirte, ni darte motivos para que te rías de mí, como las otras veces. No te preocupes, que hoy no voy a preguntarte si te apetecería que fuéramos juntos al cine un día de éstos, o si haces algo el sábado por la tarde. Ya sé que no te apetece y que tienes plan. Así están las cosas, mi rollo no te va y no pasa nada. Tampoco hay que obsesionarse. Dale recuerdos a Silvia si hablas con ella y deséale toda la suerte del mundo. Pero nunca te olvides de lo otro. —¿De qué? —murmuré, aturdida. —De que para mí la única estrella eras tú. Por un momento, mientras Roberto desaparecía dentro del portal, pensé que no había oído bien. Pero sí, había dicho eras, en pasado. No sé si es algo que les sucede a todas las chicas o sólo a mí y a las que son como yo, pero debo reconocer que hay dos cosas con las que un chico puede romper mi indiferencia: una, haciéndome sentir como una reina, con dulzura pero sin atosigarme, como acababa de hacer Roberto; y dos, mostrándome fríamente que es capaz de renunciar a mí, como también acababa de hacer mi vecino. Por un momento no supe qué era lo que me hada sentir más vulnerable: si que me elevara con aquella repentina delicadeza a los altares o que a renglón seguido me destronara y se largara tan campante a reconstruir su vida. Quizá esto último fuera lo más hiriente, y mientras lo pensaba, me enfadé. Era intolerable que de pronto Roberto se convirtiera en una persona normal, sutil incluso, y que en ese mismo instante decidiera y me dijera que podía vivir sin mí. Yo nunca le había hecho ni puñetero caso, pero siempre, desde que me había percatado de su debilidad por mí, había contado con ella como un refuerzo para mi vanidad. Un refuerzo insignificante, y sin embargo, ahora que lo veía en peligro me daba cuenta, imprescindible. Pero no era el mejor momento para buscarle solución a aquel contratiempo, tan enojoso como inesperado. Eché a andar, sin poder sacarme de la cabeza el recuerdo de la mirada que me había dirigido Roberto mientras me archivaba en el trastero de su memoria. Desde la marcha de Silvia, vivía una y otra vez la misma sensación: al mismo tiempo que a ella se le abrían todas las posibilidades, a mí se me cerraban las pocas que tenía. En las semanas que siguieron, Irene y yo construimos poco a poco aquella nueva amistad sin Silvia, mientras íbamos superando como podíamos las dificultades de nuestra monótona existencia. Entre medias, rompiendo esa rutina como fulgurantes cohetes lanzados desde París, empezaron a llegar las cartas de nuestra amiga, cargadas de formidables novedades. En total, recibimos tres cartas, a intervalos regulares de una semana: la primera a los dieciséis días, la segunda a los veintitrés y la tercera el día en que se cumplía un mes justo de su partida. Gracias a ellas pudimos ir conociendo los detalles de sus comienzos parisinos, que devorábamos ansiosamente. Quizá por eso nos costó luego acostumbramos al silencio que se hizo tras la tercera carta y que nos obligó durante algún tiempo a imaginar cómo seguía la historia. Pero veo que me estoy adelantando de nuevo, y más vale que me ponga de una vez por todas a contar las cosas por su orden debido, y no yendo hacia adelante y hacia atrás sin ton ni son. Se me ocurre que una buena manera de ordenar el relato es copiar aquí, una detrás de otra, tal y como las recibimos, las tres cartas de Silvia. Así que por un rato me callo y le dejo a ella la palabra.

La lluvia de ParísHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora