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Puñales desenvainados

Mientras caminaba hacia el centro comercial Bulevar, junto a Irene, seguía sin poder asimilar que hacía sólo media hora había hablado con Silvia, y que de golpe y porrazo resultaba que ya no estaba en París, donde yo la hacía, sino en Getafe, a cinco minutos de mi casa. La conversación había sido extraña e intermitente. Al final, se resumía en que quería vemos a Irene y a mí cuanto antes y en que proponía que nos encontráramos en la cafetería del centro Bulevar. No era un sitio en el que soliéramos citarnos, más bien lo habitual era que dos de las tres se acercaran a la casa de la otra. Cuando me había dicho que quedáramos allí, yo no me había opuesto, pero ella, notando quizá mi asombro, me había explicado, como con prisa: —Mis padres todavía no saben que estoy aquí. Luego yo me había encargado de llamar a Irene, a quien la noticia había dejado tan patidifusa como a mí, y habíamos quedado en acudir juntas a la cita. No sabíamos muy bien por qué. O bueno, sí. Irene y yo vivíamos a cien metros la una de la otra y nunca nos habíamos marchado, así que no teníamos por qué secundar a Silvia en aquella extravagancia de quedar en el centro comercial, que estaba mucho más lejos. Por otra parte, sentíamos que debíamos asociarnos las dos, para enfrentamos a lo que hubiera que enfrentarse. Estábamos demasiado desconcertadas para imaginar siquiera qué sería, pero algo nos olía mal en todo aquello. Un mes sin noticias, y de pronto la fugitiva que reaparecía y lo hacía sin que sus padres lo supieran. La tarde era muy desapacible. Soplaba bastante el viento y lloviznaba de una forma molesta, sin arrancar a llover en serio, pero sin dejar de hacerlo tampoco. Las nubes que se cernían sobre Madrid, y que pudimos contemplar mientras bajábamos por la avenida que llevaba hasta el lugar de la cita, tenían un aspecto turbulento y amenazante. Por lo menos, de la inclemencia del tiempo nos defendería la calefacción del centro comercial. La cafetería estaba en la segunda planta, relativamente apartada de todos los demás locales. También era el sitio que menos gente solía tener a aquella hora, un día entre semana. Quizá por eso la había escogido Silvia. Ella era la única cliente que había cuando llegamos. Estaba sentada a una mesa de las que tenían en la parte de zona común situada frente a la cafetería, y tenía ante sí una taza y una tetera. Al vernos venir, se puso en pie. No puedo justificar muy bien por qué, pero en aquella Silvia tanto Irene como yo vimos en seguida a una persona distinta. Podía ser la ropa, fina y elegante, desde el jersey de cuello vuelto o la gabardina hasta los pantalones de color crema. Podía ser el maquillaje, mucho más sofisticado que el que le conocíamos. Pero todo eso eran sólo signos exteriores, nada que no le hubiéramos visto antes en algún anuncio o alguna fotografía de moda. Lo que verdaderamente nos hacía sospechar que estábamos ante una persona diferente era una mezcla de otras cosas: la manera en que descruzó las piernas, cómo se levantó de la silla, el modo en que se quedó quieta mirándonos. Y sobre todo, esto último: su mirada. De pronto, al otro lado de sus ojos se adivinaba una extensión infinita, un horizonte del que no se divisaba el fondo. Nos sobrecogió esa mirada, porque era el anuncio de la historia que traía a cuestas. Una historia que no sabíamos si nos iba a contar, pero que las dos (aunque nunca lo habríamos admitido) nos moríamos por conocer. Cuando llegamos frente a ella, Silvia esbozó apenas una sonrisa. Y curiosamente, fue ella la que dijo: —Estáis cambiadas. —¿Cambiadas? —repuso Irene. —Sí, cambiadas. Tú te has hecho algo en el pelo —me señaló-. Y la ropa de las dos. Parece que os la compráis en la misma tienda que Batman.
No fue la mejor entrada posible. Todavía tenía recientes en los oídos las charlas de mi padre al respecto. Salté un poco descontrolada: —Pues tú pareces un anuncio de Revlon. Silvia se miró, divertida. Agrandó aquella sonrisa, que entonces se vio todavía más frágil, y admitió: —Tienes razón. Me puse esta mañana lo primero que vi. Ésta es la ropa que te venden en París. No tenía otra. Después de eso hubo un silencio un poco tenso. Nos quedamos las dos frente a ella, escrutándola, tomando nota de todas aquellas diferencias que en el curso de dos meses se habían abierto entre nosotras y tratando de buscar debajo lo que pudiera seguir uniéndonos. Al fin dijo Silvia: —Venid aquí y dadme un beso. Ya tenía ganas de veros a las dos. Obedecimos. Primero Irene y luego yo nos estrechamos contra ella, contra su ropa cara y su piel que olía a perfume francés. Y sentimos su calor, y su ansiedad, y dejamos, cómo impedirlo, que el abrazo nos emocionase. —Bueno, sentaos —nos pidió—. ¿Qué tomáis? —¿Qué se puede tomar aquí? —consultó Irene. —Café o té. Yo he pedido té. —¿Té? —Sí. Me acostumbré a tomarlo allí. Sienta bien, cuando la tarde está fría y lluviosa. Y en París suele estar así —añadió, con un aire melancólico. —Yo sólo he tomado té cuando he estado enferma —apuntó Irene. —No está tan malo —aseveró Silvia—. Éste tiene aroma de jazmín y naranja. —Dios, eso es como beberse una colonia. —Hay muchos otros. —Yo sí que me tomaré un té. Como ese tuyo —dije. —Muy bien. Tendrás que decidirte, Irene. En ese momento se acercó la camarera, con un pequeño bloc en la mano. —¿Se puede pedir aquí un Seven-Up? —la abordó Irene. —Se puede —repuso la camarera—. Pero no tenemos. —¿Y si no quiero tomarme una tisana como ésa ni tampoco un café? —Tenemos chocolate caliente. —Mira, es una idea —asintió Irene—. Pues eso mismo. Silvia pidió mi té. La camarera lo anotó todo sin deshacerse de su gesto irónico y prometió traerlo en seguida. Cuando se marchó, volvimos a quedarnos las tres solas, y entonces descubrimos que sin la ayuda de aquella conversación trivial sobre lo que íbamos a tomar, y sin la presencia de la camarera, quedábamos abandonadas a una intimidad que de pronto se había vuelto incómoda. Silvia se dio cuenta y asumió que era a ella, la viajera y la actriz de cine, a quien le correspondía romper el silencio. —Bueno, menuda sorpresa, ¿no? —dijo, casi como si se avergonzara. —Pues sí —dije yo—. Después de un mes sin noticias. —Puedo explicaros eso. De hecho os he citado aquí para explicároslo. —¿Cuándo decidiste venir? —preguntó Irene—. Ayer estuvimos hablando con tu madre y nos dijo que no vendrías hasta Navidad. Silvia se rió sin ruido. —¿Cuándo lo decidí? Esta mañana. —No puede ser —salté. —Sí que puede ser. Es fácil. Esta mañana, cuando me levanté, me dije: ya está bien, no me quedo aquí un minuto más, me vuelvo a casa. Saqué la maleta, metí la ropa que me cupo, el resto lo dejé y llamé a un taxi. Le pedí que me llevara al aeropuerto. Una vez allí, busqué el mostrador de Iberia. Pedí un billete para el primer vuelo a Madrid y me dijeron que tendría que esperar unas tres horas. Les respondí que muy bien y les pregunté cuánto valía. Llevaba dinero de sobra. Así que compré el billete y aquí estoy. —Nos estás tomando el pelo —protesté. —No, Laura. Es la verdad. Por eso mi madre no os dijo ayer nada, aunque habíamos hablado a mediodía. Ella misma se enterará esta noche, cuando llegue a casa y me encuentre. Fue una decisión sobre la marcha. —¿Y por qué? Silvia se echó atrás en su asiento. Sin decir nada, cogió la taza y le dio un sorbo. Irene y yo nos fijamos en la forma aristocrática en que sus dedos pálidos y alargados cogían aquella taza y la volvían a depositar sobre el plato. Silvia era definitivamente otra, y nos costaba un poco seguirla. —El porqué —dijo al fin— me llevará un rato. ¿Tenéis un par de horas? Lo que teníamos, sobre todo yo, que tardaba el triple, era una evaluación de Historia y una montaña de problemas de funciones y derivadas. Pero las dos aceptamos postergar aquel inconveniente. Yo asentí con la cabeza e Irene, que nunca se resigna a quedarse callada, observó: —Después de un mes, claro que podemos sacar dos horas. En ese instante apareció la camarera con mi té y el chocolate de Irene. Dirigiéndose a ella, dijo: —Te he puesto unas pastas. Para que las mojes en el chocolate, si quieres. La amabilidad de aquella mujer descolocó a Irene. Siempre he creído que toda su fiereza se puede venir abajo con una simple caricia. Silvia también pareció reparar en el detalle, y las dos cruzamos una mirada cargada de intención. Pese a todo lo que había cambiado en su aspecto, seguía siendo en el fondo ella: Silvia, la amiga con la que había pasado horas y horas y con la que había aprendido a conocer a Irene y todo lo demás. La camarera terminó de servir y, sin apartar la vista de Irene, nos deseó: —Que os aproveche. Silvia siguió quieta y no abrió la boca mientras yo echaba el azúcar en mi taza e Irene consideraba, con ciertas reservas, la posibilidad de tomar aquellas pastas. Mordisqueó una, sólo la punta, y decidió mojarla en el chocolate. Después de que se la llevara a la boca, Silvia anunció: —Muy bien. Os lo contaré todo desde el principio. O mejor, desde donde lo dejé en mis cartas. Si consigo acordarme. Entonces empezó Silvia su relato. Mientras la oía, noté que su voz sonaba de otro modo y que sus frases tenían también otra entonación, acaso por haber tenido que aprender rápido el francés y haberlo estado hablando hasta hacía apenas unas horas. Era una sensación que desorientaba, escuchar a Silvia y a la vez a la dulce y sutil actriz afrancesada en que se había convertido. Y era también agradable, lo confieso, volver a sentirse transportada a aquel París que nos había pintado en sus cartas. Por lo menos, fue agradable al principio; y al final, aunque su narración se volviera más amarga, seguía teniendo el rastro de aquel encanto imposible de destruir del todo. Creo que lo mejor que puedo hacer es apuntar a partir de aquí lo que recuerdo que nos dijo Silvia, tratando de ser lo más fiel posible a las palabras que ella utilizó. No será completamente exacto, claro está, pero se acercará bastante, porque lo recuerdo bien. No me han contado muchas historias como aquélla. Si acaso una o dos. Le dejo la palabra a Silvia. Si no me equivoco, tengo que retroceder a comienzos de noviembre. De entonces es la última carta que os envié, corregidme si no. Y si no recuerdo mal, en ella os contaba el principio del rodaje, los momentos de magia y euforia. Esos momentos no se acabaron en seguida. Debieron de durar al menos una semana más. Ahora que sé a qué sabe la gloria y a qué sabe perderla, no puedo quejarme. Por lo menos tenía tiempo a saborear las mieles de tu triunfo, porque cuando estás en esa situación el reloj parece quieto. Recuerdo aquellos diez días, posiblemente los más gratificantes que me ha tocado vivir, como una especie de felicidad congelada, como un sueño en el que, a diferencia de lo que pasa con los que tienes por la noche, puedes pararte tantas veces como quieras a mirar arriba o abajo, adelante o atrás, y comprobar que todo sigue en su sitio. Quizá el momento supremo fue la noche en los Campos Elíseos, que os contaba en la carta. Pero hubo otros. Desde aquella noche, y durante varios días, todo el mundo parecía estar a mis pies. El ejemplo más escandaloso fue la altiva Chantal. El día siguiente nos encontramos al llegar al rodaje. Yo estaba mentalizada para encajar su mirada de siempre, la que le dirigiría a un perro piojoso y vagabundo alguien a quien no le gustan los perros. Pero Chantal me sonrió, y una sonrisa en las facciones gélidas y perfectas de Chantal era como disparar una bengala en mitad de un entierro. Me quedé paralizada ante la novedad y Chantal se apresuró a hablarme: —Quería felicitarte. Estuviste muy bien. Luego añadió algo más, pero lo hizo tan deprisa que no pude seguirla. Por descontado, Chantal sólo hablaba francés. André, el director, decía que era capaz de chapurrear el español, pero estaba claro que la sublime Chantal era demasiado orgullosa para expresarse en una lengua que no dominaba. Creí entender que la gran diva descendía a reconocer que yo tenía madera de actriz y que se brindaba a aconsejarme. Vamos, que me ofrecía ser su colega, como si Chantal admitiera ser colega de alguien más que de Dios Todopoderoso. Se lo agradecí, perpleja por aquella distinción inesperada. De pronto había dejado de ser la petite lourde espagnole para transformarme en Tange Sylvie, como me había llamado André la noche anterior. Chantal rehúya el trato de los lerdos (no sé si también de los españoles), pero no el de los ángeles, que eran casi como ella. Y añadió:
—Perdóname si al principio estuve antipática. Me cuesta coger confianza. Nadie me había enseñado a perdonar a una estrella de cuarenta y tantos años, así que me limité a encogerme de hombros y a sonreír sin muchas ganas. No era la única situación insólita que iba a tocarme vivir aquel día. Media hora después, coincidí con Michel, el hombre más bello de la Tierra, en opinión del propio Michel y de algunas locas que le estaban esperando siempre ante el lugar de rodaje, para contribuir a que se le estropeara un poco más el cerebro de gorrión que guardaba su hermoso cráneo. Se acercó a mí, acariciándose el cuello lentamente, un ademán que ya le había cazado alguna otra vez que quería impresionar a alguien. —Bonjour, ma chére Sylvie —dijo, meloso. No podía creerlo. Otro para el que ahora era Sylvie, y encima querida. Recurrí a mi francés más frío para responder: —Bonjour. —Me preguntaba —dudó—, es decir, no sé si tú… Michel también hablaba en francés, por supuesto, pero tan despacio que no me costaba nada traducirlo. Tras un par de balbuceos, el infalible seductor se rehízo y con una sonrisa de oreja a oreja se lanzó: —Anoche tardé un buen rato en dormirme. Y sé que esta noche no me dormiré en otro buen rato si no hago lo que tengo que hacer. Bueno, si no hacemos los dos lo que tenemos que hacer. —No te entiendo —dije, con toda mi inocencia—. ¿Qué tenemos que hacer? —Salir a cenar juntos y conocernos mejor. Le observé. En mi vida me han atraído, ya lo sabéis, unos cuantos tíos. Quizá todos ellos eran mucho menos guapos que Michel. Pero nunca había conocido a ninguno que me hubiera atraído tan poco. Puestos a elegir, habría aceptado hacer un crucero de diez días con Gonzalo antes que respirar el mismo aire que aquel mentecato durante más de un minuto. —Je ne suis pas süre de ça —respondí, y eché a andar hacia mi caravana. —Eh, ¿por qué no? —preguntó, el muy subnormal. Un minuto después, alguien llamó a la puerta de mi caravana. Me acerqué con el mal presentimiento de que sería Michel, dispuesto a darme la paliza para conseguir su caprichito. Pero no. Era Ariane. —«No estoy segura de eso» —dijo, traduciendo al español, en tono de burla, mi réplica a la oferta de Michel—. Te felicito. Ha sido una respuesta perfectamente parisina. «Vete a la mierda», pero con toda suavidad. —¿Qué le habrías respondido tú? —No sé —se encogió de hombros—. Que se la machacara. —Mira que eres basta, cuando te pones. —Tú, en cambio, sabes encantar a las serpientes cuando quieres. —¿Eso es un reproche? —No, idiota, es envidia. ¿Me dejas pasar? —Claro. Ariane entró y se acomodó como en su casa, que era lo que hacía siempre. No me importaba, y no sólo porque viviéramos en el mismo apartamento. A aquellas alturas tenía con ella la confianza que no tenía con nadie más allí, y me parecía una suerte que hubiera alguien como ella para poder hablar de lo que quisiera, como quisiera y en mi idioma, sin tener que fruncir los morritos para todo. Aunque eso era relativo. Ariane no los fruncía nunca, ni cuando hablaba en español ni cuando lo hacía en francés. —Bueno, me parece que entramos en un momento interesante —dijo. —¿A qué te refieres? —Sucede en todas las películas —explicó—. En todos los ámbitos de la vida, en realidad. Siempre hay alguien que sobresale por encima del resto. En las películas, siempre hay una actriz o un actor que está por encima de los demás miembros del reparto. No te creas que siempre es el protagonista. A veces es un secundario, y eso le vale para que en la próxima película le den un papel más importante, letras más grandes en el cartel y por tanto más pasta, que en el fondo es lo que quieren todos. —No sé si te sigo. —Claro que me sigues, Sylvie —dijo, maliciosa—. Por debajo del trabajo aparente, en toda película se organiza una competición. Se trata de ver quién es la elegida o el elegido, quién se impone a los demás. Las grandes estrellas, como Chantal, son las más competitivas. A veces, llegan al extremo de pedir que se reescriba el papel de un actor menos famoso que está empezando a destacar demasiado. Que le quiten frases o hagan que el personaje parezca más estúpido. O imponen que el suyo tenga más peso y más presencia. O todo a la vez. Sí, créeme. Yo he visto a una de esas estrellas exigirle al director, incluso, una escena en la que abofeteara o pusiera en ridículo al listillo o la listilla que se lucía más de la cuenta. —¿Me estás avisando de algo? —pregunté. —Mi queridísima Silvia. En esta peli, desde anoche, está claro quién es la número uno. Quién va a encandilar en la pantalla a todos los espectadores. Y está claro que los demás vamos a ser tus comparsas, los que bailamos alrededor. Yo me alegro, de veras, porque eres una buena chica y te lo mereces más que nadie. Pero no esperes que todo el mundo se alegre. —¿Y qué puedo hacer? Ariane me observó. Habría dado un brazo por saber qué pasaba por su mente. Pero era como siempre, indescifrable. —No puedes hacer nada —contestó—. Sigue así. Cómetelos a todos. Pero ve atenta a tu espalda. Habrá puñales desenvainados. Ariane tenía razón, como siempre. Pero la suerte se alargó todavía un poco, y dos o tres días después recibí otra invitación a cenar, que esta vez acepté encantada. Era una invitación muy particular, y mucho más tentadora que la de Michel. Era de André, y me invitaba a cenar nada menos que a Maxim’s, uno de los restaurantes más famosos de París. Aquella cena fue como una especie de culminación de mi éxito. El director y yo, solos, en pleno rodaje. Estaba claro quién era su favorita, y si él, que conocía la película como nadie, era de esa opinión, el asunto estaba hecho. Me puse lo mejor que tenía, incluyendo alguna cosa que pedí prestada en vestuario, y que con el visto bueno del director nadie se atrevió a negarme. André vino a buscarme en un Mercedes deportivo y me trató desde el principio con esa galantería suya, atenta y a la vez discreta. No estuvo nada mal, tengo que confesarlo. Ni la comida, ni la conversación. Sobre todo cuando a los postres, André me dijo, en un francés lento y acariciante que mi mente convirtió en español sin ningún esfuerzo: —No sé si eres consciente de tu poder, pero es imposible verte a través de la cámara y no adorarte como ella te adora. Quién me lo iba a decir, en aquel momento. Quién me iba a decir que al día siguiente empezaría a llover, y que no pararía hasta hoy. Tras esas últimas palabras, Silvia se quedó callada, y una lágrima asomó a sus ojos. Ni Irene ni yo nos atrevimos a abrir la boca. Silvia se limpió aquella lágrima y siguió contando, sin detenerse ya hasta el final.

La lluvia de ParísHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora