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Un latigazo de hielo

Después de la tercera, no volvimos a recibir cartas de Silvia. Las semanas de noviembre fueron pasando, mientras el tiempo se hacía más frío y más gris, y tanto Irene como yo vivimos aquella falta de noticias de nuestra amiga primero con asombro y después con preocupación. Sobre todo cuando llegó diciembre y siguieron transcurriendo los días, ya casi invernales, sin que hubiera novedad. Cuando se cumplió un mes desde la llegada de la última carta, decidimos que estaba justificado investigar aquello, y se nos ocurrió hacerlo de la forma más sencilla y natural. Aunque no teníamos demasiada confianza con sus padres, alguna vez los habíamos visto y supusimos que no habría nada de malo en ir a preguntarles por ella. Para conseguir encontrarlos en casa tuvimos que ir por la noche, porque los dos, y ésa era la razón por la que no los habíamos podido tratar mucho, trabajaban en Madrid y solían regresar tarde. La puerta del piso nos la abrió su madre, una señora bastante atractiva que como siempre nos recordó mucho a Silvia. El parecido era tanto, y hacía tanto tiempo que no veíamos a nuestra amiga, que al principio la sensación se nos hizo muy rara. La madre de Silvia nos dijo que pasáramos y después de preguntamos cómo estábamos y todas las demás cortesías de rigor (pese al cansancio que asomaba a su cara tras la larga jornada de trabajo) quiso saber qué nos llevaba allí. Tomó la iniciativa Irene y le explicó que hacía tiempo que no recibíamos carta de Silvia. Que al principio nos escribía muy seguido y que por eso nos chocaba más aquel silencio. Le pidió disculpas por ir allí tan tarde, pero estábamos preocupadas y éramos sus mejores amigas, así que no podíamos dejar de intentar saber si estaba bien o mal. La madre de Silvia la escuchó pacientemente, manteniendo alzados con esfuerzo los párpados, que tendían a cerrársele como si le escocieran los ojos. Después, nos informó: —Hablo con ella todos los días. Está muy bien. Ahora tiene mucho trabajo, porque ya queda poco para terminar el rodaje y por lo visto éste es el peor momento. Me imagino que es por eso por lo que no os escribe. —Pero ¿de verdad que está bien? —pregunté. La madre de Silvia me observó de una forma extraña, como si no acabara de comprender aquella ansiedad nuestra, o como si buscara en su memoria, mientras me miraba, algún indicio intranquilizador. Al fin repuso: —Sí. A mí me parece desde luego que sí. Por el teléfono suena animada, como siempre. Y cuando le pregunto me dice que todo es como un sueño y que nunca había vivido tantas cosas en un tiempo tan corto. Que cuando piensa en Getafe le parece un lugar muy lejano. Irene y yo nos miramos de reojo. Todavía estuvimos charlando durante otro par de minutos con la madre de Silvia. A continuación rechazamos el zumo que nos ofreció amablemente y nos dispusimos a quitamos del medio y dejarla descansar. Antes de que nos marcháramos, nos dijo: —Si no recibís carta en los próximos días, no os preocupéis. Dentro de poco podréis verla a ella. Vendrá por Navidad. En condiciones normales, Irene o yo le habríamos preguntado por cuántos días venía, y si Silvia había decidido ya seguir viviendo en París después de la película o no. Pero la verdad es que a ninguna le apeteció indagar esos detalles en aquel momento. Nos metimos en el ascensor y, sin palabras, descubrimos que las dos estábamos pensando exactamente lo mismo. Lo que ambas pensábamos, o temíamos, era que a Silvia su nueva vida la había absorbido hasta el extremo de hacerle olvidar lo que había dejado atrás. A fin de cuentas, qué podía esperarse. Tenía una nueva profesión, increíble; vivía en una nueva ciudad, maravillosa; y había conocido a gente nueva, gente interesante por la que sentía una curiosidad que ya no podía sentir por nosotras. Al principio se había esforzado cariñosamente por tenemos informadas, por seguir sujetando el hilo que la unía a nosotras y a su humilde Getafe natal. Pero el viento de su nueva vida había debido empezar a soplar demasiado fuerte y no había tenido más remedio que soltar el hilo y dejarse ir. O quizá lo que había sucedido era que el hilo, frágil y quebradizo, se había roto a la primera embestida fuerte del vendaval. Lo pusiéramos como lo pusiéramos, a eso era a lo que llegábamos y a las dos nos producía una desazón irremediable. Aquella noche Irene y yo nos separamos más bien tristes. Las dos quisimos decir algo, pero ninguna dijo nada. Sólo le cogí los dedos y se los apreté. Los tenía fríos, y aunque ella me miraba como diciéndome que entre ambas no podía suceder lo que nos había sucedido con Silvia, tuve de pronto un presentimiento descorazonador. Intuí que algún día también ella se iría, o lo haría yo, y que la vida nos llevaría por caminos tan alejados que cuando volviéramos a encontrarnos, quizá por casualidad, nos sentaríamos a tomar café como dos perfectas desconocidas. Nos vi así, con treinta años, sentadas en una cafetería lúgubre, hablando de cosas banales, sin entendemos ni escuchamos, deseando que todo acabara y sin acertar a recordar todas las emociones que habíamos compartido. Sin acordamos de cómo nos habían apasionado los sufrimientos de Juan Pablo Castel por la esquiva María Iribame en El túnel, a veces trágicos y a veces cómicos, o de cómo la música de The Cure nos había transportado una y otra vez a su reino misterioso. Sin acordarnos de aquellas tardes de diciembre en las que paseábamos solas y enigmáticas por las calles, sin mirar a nadie, aunque nos miraran algunos, sintiendo nada más el abandono de nuestra amiga como un latigazo de hielo que nos bajaba por la espalda. Sumida en esos amargos pensamientos llegué a casa, y en ella me encontré con la habitual escena de la cena familiar, que aquella noche me apetecía más bien poco. No por mi familia, que no es ni peor ni mejor que cualquier otra familia, sino porque lo único que me apetecía era estar sola, no escuchar a nadie y, sobre todo, no tener que responder a las preguntas de nadie. Quizá por eso mismo, en mitad de la cena, mi padre me espetó: —¿Quién se ha muerto? —¿Cómo? —dije, saliendo a duras penas de mis cavilaciones. —Que quién se ha muerto hoy. —¿Hoy? —dudé, aún aturdida. —Sí, hoy. O ayer, o vamos, desde que decidiste vestirte de luto. Bueno, pensé, con un inevitable sentimiento de catástrofe; el tema predilecto: qué te pones y qué te dejas de poner. —Déjame en paz, papá —me escurrí—. Ya sabes que nuestros gustos sobre ropa no coinciden. Yo no me meto con lo que tú te pones. Mi padre me examinó en silencio, apenas un par de segundos. Luego, con ese tono de sensatez y comprensión que nadie borda como él, dijo: —Laura, tienes dieciséis años, eres una chica maja. ¿No crees que podrías aprovechar para ofrecer un aspecto agradable? —¿Qué entiendes tú por un aspecto agradable, papá? —me hice la ingenua. —No sé. Algo más femenino. —Mañana me pondré un vestido rosa, con cintas —prometí. —No se trata de eso —dijo mi padre, conciliador—. Pero por lo menos podrías dejar algún día de parecer un cruce de enterrador y vampira. —A lo mejor es que soy una vampira —le desafié. Mi padre sonrió. —No lo creo. Aunque quizá debería borraros esos videojuegos macabros del ordenador. No vaya a ser que te estén dando malas ideas. —¿Los videojuegos? —protesté—. ¿Cuándo me has visto a mí perder ni medio minuto con los estúpidos videojuegos? Jobar, papá, no te enteras de nada. El adicto a los videojuegos es el hámster. —No le llames así —me regañó mi madre. —No, si ya sabía que acabaría pagándolo yo —dijo el hámster, resignado. —¿Te pasa algo, Laura? —preguntó entonces mi padre, poniéndose serio y dejando la cuchara en el plato. Detesto ese momento. Ese momento y esa pregunta, las tres caras fijas en ti, y tú viéndote de pronto obligada a contar tu vida, a explicar tus sentimientos, a enseñar tus miserias. Claro que pasa algo. Siempre pasa algo. Pero hay veces en que lo último que te hace falta es que te lo pregunten. En esas ocasiones, y lo siento por el pobre, porque es injusto, pero es el único que tengo a mano, sólo puedo recurrir al hámster.
—Anda, Adolfo —le pedí de malos modos—, cuéntales a papá y a mamá cómo te ha ido el día, que parece que hoy no tenemos nada de que hablar. El hámster se me quedó mirando. Pese a las perrerías que le hago, y pese a los marrones que me tengo que comer por él o por su culpa, yo le quiero y él me quiere, es la fuerza de la sangre. Me miró como si le estuviera suplicando que hiciera algo para evitar que yo siguiera siendo el centro de atención, y en el fondo, sí, se lo estaba suplicando. Y mi hermano, otra prueba de que el niño empezaba a hacerse mayor, se apiadó de mí. —Ah, sí, no os lo había contado —dijo—. Me ha llegado una carta de Silvia. La encontré en el buzón con las del banco esta mañana. La maniobra de distracción de mi hermano funcionó bien. Mis padres acogieron con interés la noticia. Yo, con auténtico estupor. —Anda, ¿y qué te cuenta? —preguntó mi madre, aprovechando al vuelo aquella ocasión de romper la tensa conversación entre mi padre y yo. El hámster bajó los ojos al plato y tomó un par de sorbos de sopa antes de dar una respuesta. Luego, muy envarado, contestó: —Bueno, es una correspondencia privada. Forma parte de mi intimidad. —Claro, claro —dijo mi madre—. ¿Y no hay nada que podamos saber? También yo estuve a punto de preguntar, pero me quedé callada. —Está bien de salud y trabaja mucho —resumió el hámster, lacónico. —Vaya, me alegro —comentó mi madre—. Hay que ver la suerte que ha tenido esa chica. Es para alegrarse por ella, aunque también tiene que estar costándole su esfuerzo. ¿No, Laura? Afortunadamente, en ese momento terminaba yo la cena. —Sí —dije, mientras me levantaba—. Perdonad, tengo los exámenes encima. Era verdad. Me faltaba menos de una semana para el de Matemáticas, y sólo un día más para el rollo de Historia. Tenía hojas y hojas del libro para devorar con esa fascinante sensación de estar masticando serrín. La expresión «masticar serrín» se la debía a Irene, que podía haberla hecho pasar por una invención suya, pero que había tenido la honradez de confesarme su procedencia. La había leído en un libro de Kafka que en realidad es una carta a su padre (al padre de Kafka, naturalmente), donde el escritor recuerda los tiempos en que era estudiante de Derecho y miraba por la ventana a las chicas que pasaban por la calle. «Como masticar un serrín que encima habían masticado mil bocas antes que la mía»; eso era para Kafka estudiar. Y para cualquiera que haya estado en una habitación, mirando pasar afuera la vida, mientras tiene que meterse entre pecho y espalda la decadencia del imperio español o los deliciosos pormenores del aparato digestivo. Pero así y todo, me encerré en mi cuarto, encendí el flexo y abrí el libro. A medida que vas cumpliendo años, eso antes no lo veía, te das cuenta de que para poder disfrutar de algo antes hay que pringar como una imbécil. Para poder tener al año siguiente un verano sin incordios, yo debía tragarme aquello. Para poder comer hay que hacer la compra, y para poder dormir a gusto, haberse cansado. Todo esto me hacía sospechar que también acertaba mi padre, aunque me reventara ligeramente, cuando me decía que para poder llevar una vida mejor el día de mañana tenía que pasar por el aro y acabar el instituto de la mejor manera posible. A fin de cuentas, la fortuna no me había dado una cara de ángel que me salvara, como a Silvia. Pero otra de las razones, si no la principal, por las que me puse ante el libro de Historia aquella noche, era precisamente olvidarme de Silvia. Olvidarme de que su flamante gloria cinematográfica la había conducido tan rápidamente a pasar de las amigas a las que había jurado fidelidad hasta la muerte. Olvidarme de que era tan fulminante y tan contundente la manera en la que el mundo nos podía cambiar de arriba abajo, separándonos de lo que siempre habíamos sido y convirtiéndonos en cualquier otra cosa. Olvidarme, en fin, de que al otro lado del tabique, en la habitación del hámster, a mi alcance a poco que la revolviera, había una carta de Silvia que podía ser un indicio que me ayudara a comprender lo que estaba pasando. Resistí la tentación aquella noche, aunque no fue fácil. Seguí estudiando hasta que me venció el sueño y calculé que podría quedarme dormida tan pronto como apoyara la cabeza en la almohada; sin tiempo para pensar más ni por tanto para sufrir el asalto de todas aquellas tribulaciones. Entonces me acosté, y dormí, sí, aunque más bien regular. La mañana siguiente estuve todo el tiempo somnolienta durante las clases. No era un estado muy agradable, sobre todo por la inseguridad que en él se siente frente a la posibilidad de que el profesor tenga la súbita ocurrencia de señalarte y preguntarte algo al hilo de la explicación que eres incapaz de seguir; pero por lo menos me mantenía lo bastante atontada como para que todo me importara algo menos que de costumbre. Con Irene no hablé de nada demasiado profundo, ni mucho menos de Silvia. Y sin embargo, cuando llegué a casa, lo primero que hice me demostró que durante todo el tiempo, más allá de la modorra, no había estado pensando en otra cosa. Me deslicé sigilosa hacia la habitación del hámster. Sólo estaba mi madre en casa y mi hermano jugaba abajo, frente al portal. Quedaban diez minutos para la comida, tiempo suficiente. El hámster solía apurar sus ratos de esparcimiento. Para hacer menos ruido me descalcé y cerré la puerta con cuidado a mis espaldas. Una vez dentro me sentí como una delincuente, y casi lo era, en realidad. Iba a violar una correspondencia ajena. Exploré con diligencia el terreno. Era un poco difícil no distraerse con las cosas que tiene el hámster puestas en la pared, fundamentalmente imágenes de diversos tamaños de Daryl Hannah, Lara Croft y todas y cada una de las vigilantes de la playa. Daryl Hannah, el más antiguo y arraigado amor del hámster (desde la remota tarde en que cometimos la imprudencia de dejarle ver 1, 2, 3… Splash), es más o menos corriente, pero las otras tienen un exceso en común, lo bastante rotundo como para hacer reflexionar un momento acerca de la psicología de mi hermano. Todo aquel tetorrerío que veía colgado de la pared podía hacer creer que al hámster lo criaron con biberón y que desde entonces sufre un trauma de alguna clase. Pero como le dieron el pecho, me inclino a pensar que tan sólo padece, de una forma todavía burda y preliminar, una obsesión que es común a todos sus congéneres masculinos, tarados o sanos, y que no debe inspirar mayor preocupación. Lo preocupante, quizá, es que haya mujeres que se hagan rajar y rellenar hasta esos extremos para que el vicio no decaiga. Dejo al margen a Lara Croft, naturalmente, que a fin de cuentas sólo es un dibujo de ordenador y puede ponerse y quitarse bytes de la delantera sin necesidad de cirugía. Pero lo que yo buscaba era una carta, y para eso, más que en las paredes, debía mirar en los cajones. Revolví los de la ropa, sin ningún resultado, y después los de los juguetes, que tampoco me depararon nada aparte de los variados trastos que guardaba el hámster. Hasta que se me encendió una luz y me dio por hurgar entre los tebeos y los pocos libros que tenía. La carta apareció en su favorito: Shakán y el mamut mecánico. Venía en un sobre de esos blancos con el borde a franjas rojas y azules. Traía en una esquina las palabras PAR AVION y un sello rojo. Dentro sólo había una cuartilla pequeña, doblada en dos. Y sobre ella se leía: París, 2 de diciembre Querido Adolfo: No sabes cuánto te agradezco estas cartas tan bonitas que me envías. No deberías escribirme tantas, porque te quitan el tiempo que seguramente necesitas para el colegio y además te debes de estar gastando mucho dinero. Pero te aseguro que bastantes noches, cuando llego a casa, son lo único que me alegra el día. Siempre necesitas sentirte querida, y en tus cartas hay el cariño que a veces aquí me falta. Esta ciudad es estupenda y estoy viviendo algo increíble, pero a veces me siento cansada y sola. Gracias por ayudarme a evitarlo y a seguir adelante. Con cariño, Silvia P.D.: Es verdad que tus cartas me animan, pero no vayas a escribirme más por eso. Más bien me gustaría que no me escribieras más de una por semana. No quiero que por mi culpa no tengas ni para gominolas. Después de leer la carta, tres o cuatro veces seguidas, me quedé absorta, con la cuartilla en la mano. Meditaba sobre lo que Silvia había escrito de su soledad y su cansancio, y paradójicamente me animaba, porque eso podía significar que había una razón para que no nos escribiera. Sugería, al menos, que no nos había olvidado sin más. Pero también me tocaba meditar sobre lo que no había escrito Silvia: toda la carta estaba llena de afecto hacia mi hermano (a fin de cuentas, un admirador, y ya se sabe que las estrellas se deben a su público), pero no decía una sola palabra sobre mí. Ni siquiera le pedía que me diera recuerdos o algo parecido. No lo podía comprender, y eso reavivaba mis peores temores. En ese momento, la puerta se abrió. —¿Qué haces aquí? —preguntó el hámster. —Nada —reaccioné torpemente, volviendo a guardar la carta en el libro. —¿Qué libro tienes en la mano? —Ninguno en especial, estaba mirando los que tenías —dije, mientras incrustaba atropelladamente el libro en el estante. —¿Y desde cuándo te interesan mis libros? Siempre te ríes de ellos. —Bueno, me río sólo para picarte. —¿Y por qué has cerrado la puerta? Dios, aquello era demasiado ridículo, tener que despistar a un implacable Sherlock de diez años. Ya era bastante mala pata que hubiera entrado en casa sin tocar el timbre, señal en la que yo confiaba para no ser sorprendida «in fraganti» (resultó, luego lo supe, que mi madre le había llamado a comer y le había dejado la puerta del piso abierta). Más valía aceptar deportivamente el revés y no darle más vueltas al asunto. Así que me rendí. —Vale —admití—. Estaba buscando la carta. El hámster me observó, reflexivo y circunspecto. —No me la das, Laura. La has encontrado. —Y si fuera así, ¿qué pasaría? —le reté, mientras iba hacia la puerta. Mi hermano no respondió inmediatamente. Esperó a que saliera al pasillo y entonces, más redicho que nunca, advirtió: —Podría ir a mamá, pero me doy cuenta de que estás pasando una mala racha. Así que voy a callarme, por esta vez. Espero que no se vuelva a repetir. —Ve a la policía si quieres, Adolfo —le animé, irritada. —¿Debo entender que no te arrepientes? —Entiende lo que te parezca —gruñí, entrando en mi habitación. —Mamá, Laura ha estado revolviendo mi cuarto —gritó, el muy vengativo. Eso me obligó a dar penosas explicaciones, y a encajar la reprimenda de mi madre, y a aguantar que mientras tanto el hámster se regodeara diciendo que aquella casa era peor que Chechenia, donde tampoco se respetaban los derechos humanos de los niños. Como él mismo, el discurso del hámster era una empanada de inocencia y madurez prematura, pero algo me decía que el tío lo hacía aposta, consciente del efecto que le causaba a mi madre. Salvé la tormenta como pude, o sea, bastante avergonzada, porque mi madre tenía razón al afirmar que parecía mentira que yo fuera la hermana mayor. Después de comer, y para redondear el día, me aguardaba una tarde lóbrega frente a los problemas de Matemáticas y el tocho de Historia. Pero algo iba a cambiar ese plan. A las seis sonó el teléfono. Nadie fue a cogerlo (siempre era para mí, decían), así que, rezongando, fui yo: —Diga. —Hola —repuso una voz tenue—. Soy Silvia. Estoy aquí.

La lluvia de ParísHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora