Momo quiere a Jeongyeon. A ésta le gusta Jimin, quien está enamorado de Yoongi, el chico que quiere casarse con Momo en un futuro.
¿Qué será de este círculo amoroso?
(Cállate y vamos a amar).
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↬heterosexual y homosexual
↬tragicomedi...
Jimin me había regalado una entrada para ir al cine con él —la película era de terror, no íbamos a hacer nada homo, eh—.
Por algunos problemas de planificación —no míos, por supuesto—, llegué algo tarde al lugar de encuentro y tuve que entrar sólo en búsqueda de mi amigo —no de mi cita, claro—.
La sala estaba muy vacía. Observé de reojo a las personas, que ya estaban sentadas y me sorprendí al ver una anciana.
Y no sólo era anciana, era muy extraña. ¿Qué tipo de persona mayor asiste al cine para ver películas de terror? Mi curiosidad aumentó acompañada de la necesidad de decirle a la anciana la clase de largometraje que iba a ver, por si no había sido informada —soy buena persona, lo sé—.
Me acerqué sigilosamente a ella y, una vez posicionado a su lado, le hice la pregunta.
—¿No es un poco mayor para ver películas de terror? —no obtuve respuesta. No soportaba (ni soporto) que la gente me ignore, así que le insistí—. Sí, te pregunto a ti, anciana extraña.
De nuevo, no habló. Por un momento, pensé que estaba sorda. Entonces, me acerqué más a ella y, antes de que repitiese la pregunta, ella ya se había girado, de forma que pude ver su rostro.
¿Qué persona lleva gafas de sol al cine? Fueron las gafas lo que más me sorprendieron, pero al fijarme en sus demás rasgos y en el flequillo que sobresalía de su capucha no pude evitar reír; ¿qué hacía Momo así vestida?
La expresión de Momo se convirtió en una de horror al reconocerme y, eso, me causó aún más diversión.
—¿Qué haces aquí con estas pintas? —comencé a decir entre risas justo antes de que ella colocase su dedo índice en mis labios haciéndome callar.
Después de eso, hizo fuerza en mi hombro pidiéndome que me sentase y bajara la cabeza, cosa que yo hice al momento.
—Baja la voz —solicitó en un susurro—, podrían oírnos.
—¿Quiénes? —pregunté asomando la cabeza entre las butacas en busca de las personas a las que se refería.
Los más cercanos eran Jimin y una chica, quienes estaban enfrente nuestro. Pensé en algo que deseché al momento, sin embargo, quizás sí fuese cierto.
—¿Los espías? —le pregunté sorprendido para, después, volver cerca suyo.
Momo agachó aún más su cabeza y se quitó las gafas de sol que llevaba.
—Puede —admitió avergonzada.
Realmente, no había llegado a conocer esta faceta suya de acosadora.
Hay muchos acosadores sueltos por el mundo —no lo digo sólo yo—.
Las luces de la sala se apagaron y comenzó a proyectarse publicidad en la pantalla.
Momo se enderezó sentándose con normalidad, la imité.
—¿Te gusta Jimin? —pregunté alzando una ceja.
Era obvio que, si estaba espiando a esos dos, la razón era que le gustaba alguno de ellos —no soy científico, sólo es sentido común—.
Debido a mi pregunta, Momo volvió a mirarme a los ojos —y, puedo jurar que, algo se movió dentro de mi pecho al mantener contacto visual con ella por tanto tiempo—. Ví como fruncía el ceño antes de contestarme.
—Claro que no —se llevó la mano al corazón y apoyó completamente su espalda en el asiento, como si hubiera dicho una barbarie.
Sonreí debido a su reacción. Realmente me gustaba —y me sigue gustando— la forma de ser de Momo. Ella era —y sigue siendo— sumamente cálida. Tan cálida, que me hacía sonreír en mis días más grises.
Sin embargo, no tuve suficiente con aquello, quería más. Quería que sus amistosos pellizcos en mis mejillas se convirtiesen en besos, que sus abrazos se hicieran más largos e íntimos y que sus juguetones golpes se hicieran caricias en mi piel.
Quizás fue mucho pedir y esa fuera la razón por la que se alejó de mí.
Seguí pensando en el motivo de su acoso y se me ocurrió otra razón —algo extraña y poco probable—.
—¿Y Jeongyeon? —cuestioné. Ella sólo inclinó la cabeza pareciendo no entender—. ¿Es Jeongyeon quien te gusta?
Momo, inesperadamente, comenzó a reír muy alto. Le pedí que bajase su volumen antes de que alguien nos llamase la atención, algo que acató avergonzada.
Su risa había sido algo falsa, cosa que me hizo sospechar de que estaba en lo cierto. Alcé una ceja.
—¿Qué? —Se giró de nuevo hacia mí. Se quedó un largo tiempo mirando sólo mi rostro y añadió—. No se lo digas a nadie.
—Bingo —Chasqueé los dedos. Ella sólo adoptó un suave tono rojo en su rostro que ocultó fijando su mirada en la pantalla, donde ya comenzaba la película.
Ahora sabía que, la razón por la que me había rechazado el día en el que me declaré, no había sido otra que su orientación sexual. Me sentí algo menos dolido.
Al menos, tendría mi premio de consolación; podría ver la película junto a ella.
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