Oh, dioses del Olimpo, se os ha escapado una deidad. Sí, estoy seguro, su cuerpo no es de este mundo. El color canela que se mantenía abrazado a su anatomía hasta unos mese después del verano y ese cabello de oro que resplandecía a la luz del sol era digno de Apolo. Sí, ese que hacía a los hombres conscientes de sus pecados y era el agente de su purificación. Podía decirse perfectamente que fue lo que hizo conmigo. Por eso mismo, bebería únicamente de ese sudor mezclado con agua clorada que le resbala por los montículos de su espalda y respiraría tan sólo de ese aliento fresco si pudiera sobrevivir con ello.
—¿Ese es tu novio? —susurró una voz vacilante a mi oído.
Tras un salto sobre la silla cerré con prisa la pantalla de mi portátil como si eso arreglará ya nada.
—Kazu-nii, maldición, llama antes de entrar. —restregué mi nuca a la vez que tartamudeaba cualquier excusa que hiciera que cambiara de tema. Sabía que si no era así vendrían burlas por doquier y no quería tal cosa. Debido a que hacía días que no hablábamos, hoy se había despertado en mí uno de esos momentos en los que su ausencia se aferraba con garras afiladas a mi pecho. Estaba tan acostumbrado a verle, que desde que se marchó cada día escuece un poco. No es un dolor fuerte, pero es constante y eso es aún peor.
—No te vale de nada tapar el rojo de tu cuello, ni ocultarme por más tiempo a Tachibana. —dijo con sarna, y a la vez que volvía a abrir el ordenador todos mis músculos se tensaban.
El vídeo se había pausado con Makoto estirando sus deltoides de espaldas a la cámara. Su musculatura era detallada y labrada y la calidad de la capturadora había atrapado cada perla transparente que la adornaba. Ese bañador largo que se empeñaba en usar, y al que otras veces hubiera rogado en silencio que mostrará más, hoy me parecía que no dejaba nada a la imaginación. Estaba tan pegado a su anatomía que podía intuirse cómo de labradas estaban sus piernas.
—Qué culazo ¿no?
Pegué un nuevo respingo en la silla y volví a cerrar la pantalla echándome sobre el aparato con la intención de que mi gracioso primo no volviera a hacer de las suyas. ¡Y una mierda! ¡Si se pensaba que dejaría que cualquiera disfrutara de la vista de mi novio en mi presencia estaba muy equivocado!
—Bueno, ya vale, es mi chico ¿sabes? No está bien que digas esas cosas.
Tras un parpadeo intentando esclarecer su sorpresa, su risa me desconcertó.
—Woah, Sousuke, ahora sí pareces un verdadero Yamazaki.
Con una sonrisa socarrona se apartó de mí y se dejó caer en la cama con los brazos tras su cabeza a modo de almohada. No supe que quería decir con eso de verdadero Yamazaki, ¿es que acaso hasta ahora no lo había sido?
—Me refiero a que fue elegante de tu parte. —respondió a esa pregunta no formulada. Aún así, la respuesta me seguía dejando un poco confuso.
—¿No piensas irte? —no es que su presencia me fuera del todo incómoda pero, realmente ahora sólo quería acabar de ver ese vídeo para hacer tiempo hasta que Makoto llamara. Le echaba de menos y lo único que me apetecía era volver a escuchar su voz.
Mala pregunta. Aprovechó para burlarse de mí.
—¿Por qué? ¿Vas a tocarte? Eso te quita todo lo galán que acabas de ser.
Cogí el primer libro que tenía a mano y se lo lancé sin piedad a la cabeza. Desgraciadamente fue bloqueado por esas manazas tras unas risas burlesca que comenzaban a impacientarme.
—Vamos Sou-nii, —estaba haciéndome la pelota, claramente. Le puse un gesto de indiferencia. —quiero que me cuentes sobre él. Es la primera vez que eres tan formal con alguien.
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