"Las cosas iban relativamente bien para las mejores amigas Ámber, Emma y Brittany hasta que son víctimas del destino y tienen que regresar a los Ángeles.
El destino es caprichoso, siempre lo han sabido. ¿Adivinas su nuevo capricho? Ellas. Problemas...
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El sonido del teléfono la arrancó de un sueño pesado, como si alguien hubiera partido un vidrio en la penumbra. En la pantalla parpadeaban dos nombres: Ámber y Emma. Brittany apretó el botón de respuesta con los ojos aún pegados, maldiciendo en silencio mientras se acurrucaba entre las sábanas.
—¡BRITTANY! —gritó Emma sin medias tintas—. ¡Ya no estás en Canadá, despierta y mueve ese trasero! La reunión comienza en 20 minutos.
—Por Dios, Emma… solo dormí seis horas, ¿qué crees? —bostezó Brittany, frotándose los ojos y comprobando la hora—. ¿Están en serio?
—Traje tu limoncello y la escalopa de pollo que te mata —intervino Ámber con la urgencia típica de quien sabe la debilidad ajena—. Si hay algo que te hace levantarte, es esa comida.
Brittany sonrió ante la mención de su plato favorito y se incorporó. En veinticinco minutos estaba frente a la puerta del refugio, el motor ardiente del auto todavía vibrando por la prisa. Al entrar en la sala de reuniones, la vio: Emma y Ámber ya la esperaban, sentadas en el centro de una mesa larga. Las luces se apagaron y el haz del proyector recortó sombras nítidas sobre la pizarra blanca.
—Según nuestros informes —comenzó Daniela con voz medida, proyectando diapositivas que explotaban en números—, los presuntos nuevos líderes de Gamma Shea Org son Jessica, Miranda, Ginger y Soledad. En los últimos cinco años han aumentado sus contratos a nivel internacional: siete países, operaciones en tráfico de drogas, armas, artefactos de contrabando y tráfico. Además, hay indicios —aunque no confirmados— de una posible fusión con células de Kang Peí.
Las cifras se sucedían como una condena: gráficas, mapas, rostros en miniatura de quienes ahora eran objetivos. Los ojos de Brittany no se despegaron de la pantalla; cada estadística era una daga que perforaba algo más allá del orgullo: la pérdida.
—Hace dos meses perdimos a tres hermanas en una misión —dijo Daniela al mostrar las fotografías—. Aún no hay una investigación concluyente.
El silencio que siguió fue denso. Brittany sintió la sangre hervir en las sienes; la imagen de las tres chicas le recordó rostros que podía haber protegido. Ella no peleaba por cifras ni por bienes: luchaba por las vidas que se extinguían en nombre de un ideal que, a veces, se disfrazaba de indiferencia.
Ámber y Emma le posaron la mano en el hombro en un gesto que pretendía contener lo que estaba a punto de desbordarse.
—¿Investigan el porqué? —preguntó Ámber, sus ojos clavados en Daniela con una severidad que no llevaba disfraz.
—No hubo investigación —respondió Daniela con frialdad—. Las misiones se llevaron a cabo fuera de nuestra jurisdicción. No hay evidencia de sabotaje ni de traición. Fueron accidentes.