"Las cosas iban relativamente bien para las mejores amigas Ámber, Emma y Brittany hasta que son víctimas del destino y tienen que regresar a los Ángeles.
El destino es caprichoso, siempre lo han sabido. ¿Adivinas su nuevo capricho? Ellas. Problemas...
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Tomó una larga y temblorosa respiración, un inútil intento por doblegar a su corazón desbocado y al torrente de nerviosismo que la consumía. Emma y Ámber la observaban, listas para actuar a una señal, pero el ferviente deseo de venganza que le quemaba por dentro amenazaba con incinerar cualquier estrategia. Ninguna de las cuatro —las "dueñas" de la mafia— podía pensar con la cabeza fría. Y menos Brittany, pues esta vez el objetivo de la amenaza no era un don nadie, sino alguien singularmente especial, el hombre que amaba. Ellas conocían bien el precio de la debilidad: cuando un ser preciado está en juego, la mente se nubla, el temor se adueña del alma y la ira de creer que le han infligido daño las carcome hasta lo más hondo.
Estaban cometiendo un error monumental al permitir que estas emociones las consumieran; era como si no hubieran aprendido nada de su pasado. Estaban repitiendo la misma, dolorosa historia.
Emma, Ámber y Catherine se esforzaban en calmar a Brittany, utilizando palabras firmes y gestos reconfortantes. Lo que iban a enfrentar requería máxima cautela. Un solo paso en falso les costaría más que sus propias vidas. Como líderes de la mafia, su orgullo de hermandad y la vida del hombre que Brittany amaba —y con quien todo había comenzado con una rivalidad de perros y gatos—, pendían de un hilo tan frágil como la telaraña.
—¡Contrólate ya, Bri! ¡No ves que esto es una provocación, un juego macabro! — Emma la zarandeó con ambas manos, intentando romper el trance de furia.
—Amiga, estamos las cuatro en esto —terció Ámber, asintiendo para apoyar a Emma mientras revisaba la hora en su costoso celular —. Pero debemos hacerlo bien. Ya es hora del encuentro.
Brittany solo asintió, su rostro tenía una máscara de furia contenida y pánico.
Las amigas, unidas por un código inquebrantable que rezaba "en las buenas y en las malas", se dirigieron a los coches blindados que las llevarían al cementerio, el lugar acordado por Jessica y su séquito de arpías.
El ambiente no podía ser más ominoso. Un encuentro en un lugar de descanso eterno era de pésimo gusto y una falta de respeto atroz. El mero pensamiento de sus propios seres queridos allí enterrados les helaba la sangre. Al llegar, se encontraron con unas rejas de hierro negro que se alzaban imponentes, adornadas con símbolos de ángeles tétricos. Observaron que las cadenas que aseguraban la entrada estaban rotas y esparcidas en el suelo. Una señal inequívoca: las arpías ya habían entrado y estaban esperando.
Apenas abrieron las pesadas rejas, sintieron el frío acero presionándose contra sus espaldas. Miranda y Jessica, a una escasa distancia, las apuntaban con una calma aterradora.
—Qué bueno verlas, chicas —dijo Miranda, con un tinte de sarcasmo venenoso en la voz—. Oh, pero qué maleducada soy, avancen, por favor. Las estábamos esperando en el lugar de las almas en pena.