SENTIMIENTOS

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El suave sonido de una máquina monitoreando los latidos del corazón rompía el silencio de la habitación blanca

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El suave sonido de una máquina monitoreando los latidos del corazón rompía el silencio de la habitación blanca. El aroma al desinfectante flotaba en el aire mientras el amanecer se filtraba a través de las cortinas beige del hospital.

―. ¿Dónde… dónde estoy? ―. Murmuró Catherine con la voz apenas audible, sintiéndose liviana, como si flotara entre la realidad y un sueño. Abrió los ojos lentamente y lo vio: Albert estaba sentado junto a la cama, observándola con una mezcla de alivio y preocupación.

―. Estás en el hospital. ―. Respondió él con voz grave, pero serena.

Por un momento, el recuerdo fue confuso, como fragmentos rotos que intentaban encajar. Luego, una punzada aguda en el abdomen la hizo gemir y, de pronto, todo regresó: el callejón oscuro, el golpe, el cuchillo, el miedo… y Albert, apareciendo entre la oscuridad como un rayo de luz.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.
―. Tú… me salvaste. ―. Dijo ella con un hilo de voz, la garganta seca, las manos temblorosas. ―. Gracias, Albert… si no hubieras estado allí… ―. Su voz se quebró. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas y apartó el rostro, avergonzada de mostrarse débil.

Albert se quedó en silencio un instante, observándola. Aquella mujer fuerte, la misma que había enfrentado a todos sin miedo, ahora lloraba como una niña. Su pecho se contrajo. No lo soportó. Se levantó y se sentó junto a ella, rodeándola suavemente con sus brazos.

Catherine, sorprendida, al principio quiso resistirse… pero al sentir el calor de su cuerpo, la seguridad de su abrazo, simplemente se derrumbó. Apoyó su frente contra su pecho y lloró con fuerza.
Albert la estrechó más, acariciando su cabello con ternura.

―. Shh… está bien. ―. Murmuró contra su oído, su voz baja, profunda, reconfortante. ―. Ya pasó. Estás a salvo ahora. Te prometo que siempre estaré aquí para ti… pase lo que pase. ―.

Sus palabras calaron en lo más profundo de su alma. Catherine lo miró a los ojos, y por un instante, el mundo se detuvo. Sus miradas se encontraron y el silencio se llenó de un sentimiento que ninguno de los dos esperaba.
Albert se perdió en esos ojos color miel, en la forma en que brillaban bajo la tenue luz del hospital. Sin pensarlo, se inclinó hacia ella.
Y la besó.

El primer roce fue suave, casi temeroso. Pero luego, algo se encendió dentro de ambos. Catherine cerró los ojos, respondiendo al beso, dejando que sus emociones reprimidas salieran a la superficie. Era un beso cálido, desesperado, lleno de gratitud y deseo.

Cuando se separaron, sus respiraciones estaban entrecortadas. Albert acarició su mejilla con el dorso de los dedos, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió con el corazón 

EN OTRO LUGAR.

Al otro lado de la ciudad, la noche aún no terminaba para todos.

El reloj marcaba las 5:00 a. m. cuando Soledad abrió la puerta de su apartamento al escuchar los golpes insistentes. Al otro lado, vio a Jessica, su mejor amiga, con el rostro desencajado y el brazo cubierto de sangre.

𝐵𝑎𝑑 𝐺𝑢𝑦𝑠... 𝐵𝑎𝑑 𝐺𝑖𝑟𝑙𝑠Donde viven las historias. Descúbrelo ahora