LOTUS AMARILLO VS PORSHE ROJO

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El rugido del motor resonaba como un trueno en las calles de Los Ángeles

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El rugido del motor resonaba como un trueno en las calles de Los Ángeles. El velocímetro marcaba 60 mph, veinte más de lo permitido, pero Emma no disminuyó la velocidad. El aire cortaba su rostro a través de la ventanilla entreabierta, mientras los rascacielos pasaban a su alrededor como fantasmas de cristal.
Ocho años. Ocho largos años desde la última vez que había pisado esa ciudad y desde que se había separado de sus hermanas de la hermandad Delta Nhu. Ocho años desde que su padre había sellado su destino, interceptando cada mensaje, cada intento de contacto, cada señal de rebeldía.

Hoy, todo volvía.

El peso de su pasado, el eco de las voces que había tratado de enterrar, el recuerdo de las noches de sangre y juramentos.

Esa mañana, antes del amanecer, había marcado dos números familiares. Brittany y Ámber. Ninguna contestó; solo la frialdad del buzón de voz. Una sonrisa amarga curvó sus labios. “Nada cambia”, pensó.

Giró bruscamente hacia la colina privada donde se alzaba la mansión Delta Nhu, y el recuerdo golpeó su pecho con la fuerza de una ola.

El portón de hierro aún estaba allí, con el emblema dorado en forma de dragón rodeando la letra “ΔΝ”.

Introdujo el código —uno que sus dedos nunca habían olvidado— y la pesada puerta se abrió con un susurro mecánico.

Al ingresar, tres jóvenes vestidas de negro y gris la esperaban con posturas militares.

—Bienvenida, señorita Emma. — dijeron al unísono, inclinándose con respeto.

Emma les dedicó una sonrisa fugaz; su mirada era tranquila, pero sus ojos estaban afilados como cuchillas.
Caminó por el camino de mármol, atravesando el jardín con las fuentes encendidas. Las luces reflejaban el brillo plateado de su Porsche, estacionado frente al pórtico principal.

Al entrar, fue recibida por un grupo de doce chicas que no reconocía. Nuevas reclutas, pensó. La mayoría apenas pasaba los veinte años, pero sus miradas eran tan duras como las suyas. Entrenadas, moldeadas… perfectas para el trabajo sucio.

El vestíbulo era igual de majestuoso que en su memoria: columnas de ónix, retratos de los expresidentes de la hermandad y una enorme pintura central donde aparecían tres mujeres jóvenes en uniformes negro. —ella, Brittany y Ámber—.

El corazón de Emma se apretó.
“Qué tiempos aquellos…” murmuró internamente, recordando las noches de estrategia, las risas, y la sangre que habían compartido.

Una figura alta se acercó, interrumpiendo sus pensamientos. Era Daniela, su asistente y mano derecha, vestida con un traje de seda color marfil.

—Señorita Emma, lamento no haber coordinado su recibimiento en el aeropuerto. Supuse que sería más prudente mantener un perfil bajo, considerando que su padre todavía tiene ojos en Los Ángeles.
Emma asintió, comprendiendo.

𝐵𝑎𝑑 𝐺𝑢𝑦𝑠... 𝐵𝑎𝑑 𝐺𝑖𝑟𝑙𝑠Donde viven las historias. Descúbrelo ahora