"Las cosas iban relativamente bien para las mejores amigas Ámber, Emma y Brittany hasta que son víctimas del destino y tienen que regresar a los Ángeles.
El destino es caprichoso, siempre lo han sabido. ¿Adivinas su nuevo capricho? Ellas. Problemas...
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POV Catherine
El amanecer se filtraba a través de las cortinas de lino blanco, bañando la habitación en un resplandor dorado. Catherine se removió entre las sábanas de seda, sintiendo el calor del sol en su rostro. Bostezó, alzó la mano para cubrirse los ojos, y por un momento disfrutó de esa calma desconocida que seguía a una noche inolvidable.
Entonces lo sintió. Algo suave, perfumado. Pétalos.
Parpadeó, se incorporó lentamente y su respiración se detuvo.
Su cama, el suelo, incluso el borde de la ventana, estaban cubiertos de pétalos de rosas rojas.
El aire olía al jardín, a promesas, a amor.
Sobre la almohada, una nota doblada en tres descansaba esperándola. La tomó con cuidado, reconociendo al instante la caligrafía elegante y firme.
Mi amor.
Lo siento, no quise despertarte. Tuve que salir temprano para atender unos asuntos importantes.
Volveré esta noche para recogerte. Tengo una sorpresa para ti.
Mientras tanto, sigue los pétalos.
Ya te extraño…
Tuyo siempre, Albert.
Catherine sonrió, pero las lágrimas humedecieron sus ojos.
Albert Evans. El hombre que había transformado su mundo.
El que había hecho que el dolor y la oscuridad de su pasado se sintieran como un mal sueño lejano.
Recordó su cuerpo junto al de él la noche anterior: la calidez de sus besos, la ternura con que la había tocado, la forma en que la miró como si fuera lo único que existía en la tierra.
Esa noche no fue solo deseo. Fue la entrega.
Aún envuelta en la bata de seda, siguió el sendero de pétalos fuera del dormitorio. Y se quedó sin aliento.
El apartamento se había convertido en un jardín encantado.
Las repisas, el sofá, las encimeras: todo cubierto de flores. Tulipanes, lirios, margaritas, gardenias y rosas. El aroma era tan intenso que casi podía saborearlo.
―. Albert… ―susurró conmovida.
En la cocina, una mesa la esperaba. Panqueques, huevos, salchichas, jugo de naranja, pan recién horneado y, en el centro, su café favorito: un americano con hielo del Café Atanasio, acompañado de bizcochos de chocolate negro.
Catherine se llevó las manos al rostro y rió entre lágrimas.
Recordó la primera vez que se conocieron en aquel mismo café, cuando derramó su bebida sobre él y él, lejos de molestarse, le sonrió con esa calma desarmante.