LA MODELO Y EL PRÍNCIPE

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El sonido metálico de los casquillos cayendo al suelo resonó como campanas fúnebres en el aire frío de la madrugada

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El sonido metálico de los casquillos cayendo al suelo resonó como campanas fúnebres en el aire frío de la madrugada.
Clink. Clink. Clink.
Cada uno golpeaba el concreto frente a Brad, Andrew y Christopher, dejando un eco que helaba la sangre.

Albert Evans bajó lentamente el arma. El humo aún salía del cañón, y el olor a pólvora se mezclaba con el de la lluvia reciente. Frente a él, el cuerpo del hombre que acababa de ejecutar yacía inmóvil, con la mirada vacía clavada en el techo. La sangre se extendía como un río oscuro alrededor de sus botas.

No se arrepentía. No sentía culpa.
Aquel bastardo había sido el responsable de la muerte de su abuelo, y Albert había esperado este momento por demasiado tiempo.

Por primera vez en meses, respiró profundamente sin sentir que algo lo estrangulaba por dentro. Había paz en el silencio. Una paz enferma, pero suya.

Albert nunca había sido como los otros. No tenía la ferocidad de Brad, ni la frialdad metódica de Christopher, ni el impulso salvaje de Andrew. Él era el más racional, el más reservado… el que siempre intentaba calmar las cosas.
Pero esta vez, no hubo calma.
Esta vez, no hubo vuelta atrás.

Durante seis largos meses, desde la muerte de su abuelo, había vivido en un limbo. Encerrado, aislado, incapaz de sentir algo real. Había dejado de reír, de comer bien, de mirar a alguien a los ojos. Su vida se había vuelto un hueco interminable, un caparazón sin alma.

Hasta ahora.

―Albert ―la voz de Christopher lo sacó de sus pensamientos. El eco del disparo todavía vibraba en las paredes del callejón, pero Albert apenas lo notó.

No se dio la vuelta. Solo escuchó los pasos de sus amigos acercándose entre charcos y casquillos vacíos. Andrew fue el primero en llegar; posó una mano en su hombro, firme y silenciosa. Brad, en cambio, lo empujó suavemente de lado, con una mezcla de preocupación y alivio.

―¿Estás bien, hermano?—preguntó Andrew, mirándolo con seriedad.

Albert soltó una risa leve, casi incrédula. ―Nunca he estado mejor.

Los tres lo miraron con sorpresa. No porque lo dudaran, sino porque hacía meses que no escuchaban su voz sonar así: libre.

―Hermano, esa es la primera vez en seis meses que sonríes ―dijo Brad, sonriendo a su vez.

Albert lo miró y asintió. ―Supongo que lo necesitaba.

Por un momento, el grupo se quedó en silencio, contemplando el cuerpo tendido frente a ellos. La lluvia comenzó a caer otra vez, lenta y fina, lavando la sangre del suelo, arrastrando la culpa, las dudas y lo poco que quedaba de la inocencia que alguna vez compartieron.

𝐵𝑎𝑑 𝐺𝑢𝑦𝑠... 𝐵𝑎𝑑 𝐺𝑖𝑟𝑙𝑠Donde viven las historias. Descúbrelo ahora