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06.

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Alexander fue abriendo sus ojos lentamente gracias a que una luz le comenzó a iluminar su rostro haciéndole fruncir el ceño. Cuando logró despertarse por completo, se dio la vuelta y pudo ver que John estaba ahí durmiendo.

Parecía una persona completamente distinta. Alguien angelical y sumiso. Totalmente diferente al pecoso que todos conocían. Totalmente tranquilo que hasta incluso daba miedo.

El caribeño sonrió cuando vio un brazo del pecoso abrazarle; Alexander estaba boca arriba mientras que John se había girado hacia él. Pero tal sonrisa desapareció al ver las cicatrices en su rostro haciéndole recordar todo lo de ayer; no había sido un pasatiempo malo, tal vez algo raro, pero sin duda lo podría repetir de nuevo si se daba la ocasión.

Luego de contemplar al pecoso por un rato decidió levantarse de su cama y salir del cuarto, claro, cerrando tal puerta con sumo cuidado y silencio.

Se dirigió a la mesa del comedor donde pudo encontrar a sus padres ahí, los dos saludándolos de una manera agradable pero neutral.

—¿Qué tal dormiste? —preguntó su madre mientras preparaba un café.

—Bien, eso creo. —se alzó de hombros con una pequeña sonrisa.

El castaño se sirvió leche en un vaso que ya estaba gastado y se veía notoriamente. La edad no afectaba, ni siquiera a tal vidrio.

En lo que Alexander se tomaba tal vaso de leche, un cuarto integrante se unió a la escena. Era John que, aún sin pantalones, se sentó frente al padre del caribeño haciendo que este le analizara fijamente.

Alexander ni se inmutó, decidió ignorarlo más bien, pero sabía que después de que Hamilton y su padre quedaran solos estaría en graves problemas.

—Buenos días, John. —saludó la madre del caribeño. —Hoy tienes mejor cara. —sonrió con dulzura.

El pecoso curveó sus labios haciendo que la madre del contrario se sintiera algo alegre, pero de algo estaba seguro Alexander y eso era que el ojiverde había fingido tal gesto.

Era más que obvio que Laurens no se preocupaba por nadie, ni siquiera por él mismo. Solamente hundía a los demás en la miseria con tan sólo hablarle. Alexander sabía de lo que era capaz el contrario, sin embargo, él quiso ser diferente a los demás que habían conocido a John; él sabía las consecuencias pero aún así quería conocerlo detalladamente sin importarle si el resultado era desastroso.

John era un abismo oscuro. Sus ojos no tenían vida, seguían decaídos como siempre. Sus pecas tampoco le estaban ayudando demasiado, aunque fueran hermosas, su rostro seguía viéndose sin... vida. Y eso a Alexander le atraía de una extraña manera.

De pronto, el microondas produjo un ruido haciendo que Alexander se parara de inmediato para luego volver con su desayuno en manos, claro, sentándose a lado del de rulos.

—Tu pelo estaría bien corto. —mencionó de repente el pecoso dirigiéndose al caribeño. —Y usted luciría perfecta teñida de rubio. —le mencionó ahora a la madre de quien se encontraba ahí.

—En ese caso, muchas gracias. —sonrió la adulta.

Definitivamente Alexander se desconectó de la conversación cuando John se volteó mostrando su perfecto perfil. Esa nariz casi perfectamente recta que hacían conjunto con sus rulos que caían por su rostro, y esos labios, ¡Oh vaya! Esos labios que estaban sellados por educación pero que parecían querer expresar todas las palabras del mundo que se le venían a su mente en ese instante.

John se dio cuenta que Alexander se tapó un poco la boca a la vez que pequeñas risas salían de boca, suponía que por la incomodidad del ojiverde al no poder expresar nada; sin embargo, se limitó a decir algo y siguió la conversación con la castaña.

Washington se le notaba desde lejos que estaba más que incómodo, así que solamente dejó su taza de café donde estaba y se fue de la casa. Minutos después, la castaña también se retiró para dejar a los dos chicos completamente solos.

Un silencio se formó en la habitación, pero un movimiento fue lo que hizo hablar al de rulos.

—Tenías un bigote de leche. —dijo respondiendo a su acción del porque le había tocado sus labios.

Alexander quedó confundido, pensó que más bien John le pudo haber besado, pero no fue así y eso sacó resultado a la pregunta que le había hecho en la noche, aún sin dejarse muy en claro el porqué lo había hecho.

—Ayer en la noche yo he pregunté algo... —comenzó a hablar Alexander. —¿Por qué no necesita una explicación el hecho de que me hayas besado? ¿Por qué?

—Porque no me quieres como novio. —respondió dejando desconcertado al castaño, pero satisfecho con su respuesta.

Alexander frunció el ceño, no podía estar hablando en serio el ojiverde, ¿verdad? Le analizaba y este, en cambio, ni se inmutaba como el perfecto despreocupado que era.

Podía ver que ya no tenía brillo en sus ojos, si es que alguna vez lo tuvo; porque ahora veía que sus ojos estaban más apagados de lo normal, más muertos.

—Te diré algo. —dijo posando su vista en algo no específico. —Deja de interesarte en mí. Solamente te intereso porque me vez como un objeto; como si un niño estuviese viendo un juguete nuevo y le quiere tener en manos. —explicó.

Hamilton quedó aún más confundido con esa explicación. ¿Qué tal si era cierto lo que decía? ¿Por qué necesitaba estar cerca de él? ¿Acaso le quería tener en una manera extraña?

Lo que posees terminará poseyéndote, Alexander, y yo no quiero que eso me pase... —dijo sacando de su trance al contrario. —al menos no de nuevo. —se alzó de hombros. —No quiero gustarte. No quiero que me veas como un novio, o un amante, ni siquiera como un mejor amigo. —dijo. —Como ayer te dije; si quieres hacer algo lo hacemos, pero debes de tener en cuenta que yo estoy muerto y a ti te queda toda una vida. —tragó saliva y le miró a los ojos fijamente. —Yo no soy nadie.

Perdonen la tardanza. Anduve de acá para acá, en serio perdonen!

The Other Side Of Paradise (Lams)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora