El callejón estaba tranquilo, sólo el ruido ocasional de un movimiento o una respiración indicaban a Derek que no estaban solos.
La noche de principios de junio era cálida. Había oído decir a la gente que iba a ser un verano muy caluroso. Hacía tres meses, la gente de la calle se peleaba por las partes más calientes del callejón, y ahora lo hacían por aquellas donde podía correr algo de brisa.
Sólo faltaban una o dos horas para el amanecer. En las colinas de Los Ángeles la gente respetable dormía en sus camas limpias, soñando con coches nuevos, mejores trabajos o abrigos de pieles. En la calle, se soñaba con comida caliente y ropa limpia. Incluso las calles dormían a esas horas. Pero Derek estaba al lado de Stiles, mirando a nada en particular. Una farola iluminaba el rincón que habían adoptado por casa hacía una semana. Derek ya no estaba seguro de que pudiera soñar. Había habido un tiempo en que había tenido montones de sueños, pero que ahora le resultaban cada vez más difíciles de recordar. El único sueño que todavía le quedaba era para Stiles. No iba a crecer en las calles. Era una promesa que se había hecho a sí mismo. No importaba cómo, pero el iba a tener un hogar. Ahora todo lo que él tenía que hacer era imaginarse la forma de encontrarlo.
Tal como les iban las cosas últimamente, sería un milagro. Y su fe en los milagros había desaparecido hacía mucho, mucho tiempo. Se movió con cuidado para no molestarlo y cogió la vieja mochila que había llevado consigo desde Oklahoma. Parecía que habían pasado años. Tenía que esforzarse para recordar al niño que había sido entonces, los sueños que había tenido. Agitó la cabeza, pero tuvo que dejar de hacerlo porque se mareaba. Era la falta de comida. Durante los últimos días sólo había podido hacerse con una lata de sardinas y fruta. La mayor parte de eso se lo había dado a Stiles diciéndole que él ya había comido. Habría podido robar más, pero tenía que andar con cuidado. Si lo cogían, Stiles se quedaría solo.
Cuando se le pasó el mareo, abrió la mochila y empezó a rebuscar en ella.
Esperaba contra toda esperanza que hubiera algún dólar en el fondo. Sus dedos tocaron un papel y le dio un salto el corazón. Que sea dinero, rogó. Con un dólar podrían comprarse una caja de galletas y un poco de fruta. Contuvo la respiración cuando sacó el papel. Cuando vio lo que era, se
desilusionó. Era un viejo sobre que estuvo a punto de arrugar y tirar, pero algo le hizo dudar. Tal vez fuera la curiosidad. Tal vez una esperanza de que el papel pudiera ofrecerle alguna salvación. Fuera cual fuese la razón, hizo que le diera la luz de la farola y trató de leer lo que estaba escrito.
No pudo hacerlo, pero de repente, recordó de qué se trataba. «Si algo te va mal, puedes ir allí y te ayudarán».
John. Hacía meses que no había pensado en el hombre que los había llevado a Denver, pero ahora su imagen era tan clara como si estuviera a su lado. Trace estiró el sobre sobre la rodilla con dedos temblorosos. Se había olvidado
por completo de aquello. Había tomado el sobre porque le había resultado más sencillo que negarse. Había estado tan seguro de que no iba a necesitar ayuda... era un milagro que no hubiera tirado ese trozo de papel. Un milagro. ¿No era eso lo que acababa de pensar que era lo que Stiles y él necesitaban? Casi no había amanecido cuando despertó a Stiles y se marcharon de allí. Él lo
siguió sin protestar. Derek sabía que el tenía hambre, pero no decía nada. El sabía tan bien como él que no tenían nada para comer.
Se metieron en el lavabo de una gasolinera e hicieron lo que pudieron para asearse un poco. Gastaron las últimas monedas que les quedaban en tomar el autobús hasta
Glendale, pero estaba demasiado lejos para ir andando. Derek estaba depositando todas sus esperanzas en el sobre que llevaba en el bolsillo. Tenía que haber alguien que los ayudara en la dirección que les había dado John, alguien que, por lo menos, ayudara a Stiles, si no a él. La dirección resultó ser la de una tienda de licores y Derek sintió como si sus
esperanzas se esfumaran. No le parecía que allí fueran a ayudarlos en algo. Volvió a mirar la dirección, seguro de que debía de haberse equivocado, pero estaba bastante claro. Bueno, estaban allí y no tenían nada que perder. -Stiles, quiero que me esperes fuera. No hables con nadie y no te muevas de aquí. ¿De acuerdo? El asintió. Los grandes ojos resaltaban en su rostro delgado. -¿Qué vas a hacer, Derek? -Voy a hablar con alguien acerca de un trabajo -le dijo-. Me esperaras aquí,
¿de acuerdo? -De acuerdo. ¿Derek? ¿Crees que si consigues el trabajo te darán algo para comer? -Estoy seguro -dijo él a pesar del nudo que se le hizo en la garganta. Sonó una campana cuando traspasó la puerta. El local estaba muy limpio y
hacía fresco. Un mostrador llenaba toda una pared y, detrás, estaban las botellas de licor. En otra pared había una estantería de cristal llena de refrescos, cervezas y algunos sándwiches preparados. Luego había otra llena de comida lista para llevar. Las tripas le sonaron y tuvo que apartar la mirada de ese despliegue de comida.
Centró su atención en el hombre que estaba tras el mostrador. Su última
esperanza se desvaneció. No había forma de que ese hombre fuera a ayudarlos. Tal vez el almacén hubiera cambiado de dueño o, tal vez John les hubiera gastado alguna broma cruel, pero era evidente que no iban a conseguir ninguna ayuda de ese hombre.Estaba hablando amigablemente con un policía. Cuando se vive en la calle se
aprende que la policía no es precisamente una amiga, por lo menos no si quieres seguir en la calle. Derek había descubierto que podía descubrir un coche de policía a un par de manzanas de distancia.
El hombre era pelirrojo y llevaba el cabello muy corto, de una forma vagamente militar. Tenía la mandíbula cuadrada y fuerte. No había en él ninguna suavidad, ninguna compasión.
Entonces la furia empezó a sustituir a la esperanza. La furia y un desafío
desesperado. Se habían gastado el último dinero en ir allí. Debía de haber aprendido ya que la esperanza era una emoción cruel. Bueno, pues se había portado como un tonto por última vez. No estaba dispuesto a salir de allí con los bolsillos vacíos. Dedicó su atención a las estanterías de comida, dándose cuenta vagamente de cómo sonó la campanilla cuando se marchó el policía.
Mike Lonigan cerró la caja registradora y miró al chico que estaba delante de las
estanterías de comida. No era difícil ver lo que estaba pensando. Se le veían los codos a través del desgastado tejido de la camisa y los vaqueros que llevaba le quedaban por lo menos cinco centímetros cortos. El chico levantó la mirada una vez, encontrándose con la de Mike por un
momento. Esa mirada impresionó a Mike. El chico tenía la forma de mirar de un hombre, pero todo lo demás en él revelaba su juventud. En esa mirada se adivinaban demasiadas emociones. Hambre, furia, frustración. ¿Dónde demonios estarían sus padres? Mike continuó observándolo por el espejo en ángulo que colgaba del techo. O el
chico no se había dado cuenta del espejo o tenía tanta hambre que no le importaba. Mike se percató del momento exacto en que la lata de atún en aceite desapareció. La siguieron dos paquetes de queso y galletas. No es que fuera una maravilla de trabajo el que estaba haciendo el chaval, pensó Mike desapasionadamente. Ciertamente, los había visto mejores. Dejó la máquina registradora cuando el chico se acercó como si nada a la puerta, como si no hubiera encontrado lo que quería. -Normalmente le pido a la gente que pague lo que se lleva. Cuando oyó el sonido de su tranquila voz, el chico se quedó helado. -No sé de que me habla. -Te estoy hablando de una lata de atún y dos paquetes de galletas y de queso.
Parece que se te han caído en los bolsillos. Las mejillas del chico se pusieron coloradas, ¿de vergüenza? -Robar es ilegal, hijo. Podría llamar a la policía. Esta vez la emoción que se leyó en su rostro fue fácil de interpretar. Un pánico
total. -No tiene por qué hacerlo. Le devolveré todo.El interés de Mike aumentó. Había tratado con algunos chicos que se dedicaban
a robar en las tiendas y ésa no era una reacción típica. Normalmente se comportaban de una forma iracunda, a veces desafiante.
-En primer lugar, ¿por qué no me cuentas por qué estabas robando? Silencio. -¿Cómo te llamas? -Derek. El chico se sacó las manos de los bolsillos y le dio las latas a Mike. -Aquí tiene esto. Siento haberlo cogido. Mike agitó lentamente la cabeza. -¿Desde cuándo llevas en la calle? Vio cómo el chico apretaba las latas en la mano, pero no dijo nada y bajó la
mirada. -¿Y tus padres? ¿Saben dónde estás? El chico no dijo ni una palabra. Debía de estar muy escarmentado, por las
reacciones que mostraba. Mike se sintió a la vez irritado y admirado. El chico tenía agallas. La campana sonó y el chico levantó la mirada: abrió mucho los ojos y se puso
tenso. Mike se tensó también y fue a coger una pistola que no llevaba al cinto. ¿Qué pasaría si el chico era miembro de una banda? Se dio la vuelta lentamente, preguntándose si no se encontraría de frente al cañón de una pistola. Pero no era un miembro de una banda lo que estaba en la puerta. Era un niño pequeño con unos enormes y profundos ojos cafés, con las ropas tan gastadas como las del chico y con un perrito de trapo muy gastado también en los brazos. -¿Derek? El niño dijo el nombre con poca seguridad y su mirada fue del chico a Mike, como si se diera cuenta de que algo iba mal. El chico pasó al lado de Mike y le pasó un brazo por los hombros al niño. -Te dije que esperaras fuera, Stiles. No tenías que moverte de allí. El miedo le dio dureza a su voz y los ojos del niño se llenaron de lágrimas. -Hacía ya mucho tiempo que habías entrado, Derek y yo estaba preocupado y tenía miedo. Además, me dijiste que íbamos a conseguir algo de comer aquí y tengo hambre. Lo mismo que Isaiah. No te enfades conmigo.
Derek respiró profundamente. -No estoy enfadado. Lamento haberte reñido. Vuelve fuera y espérame. -Espera un momento. Mike vio cómo los hombros del muchacho se tensaban antes de volver a mirarlo. Al lado del niño, él mismo seguía pareciendo un niño, pero parecía más
que dispuesto a matar por protegerlo. En ese momento, Mike se dio cuenta de que veinte años en la policía no habían sido suficientes para quitarle toda la suavidad. -Iba a almorzar ahora. ¿Por qué no coméis conmigo? No esperó su respuesta. Se acercó a la puerta y la cerró, luego se dirigió a la
parte de atrás de la tienda, haciéndoles un gesto para que lo siguieran. -Creo que tengo unas hamburguesas. ¿Qué os parece? -Me parece perfecto -le dijo Stiles siguiéndolo. Mike parpadeó. No podía recordar haber visto nunca un niño tan exquisito como aquél. No era bonito como suelen serlo los niños, sino una auténtica belleza. Iba a ser todo un bombón al cabo de unos años. Derek lo miró cautamente, pero el hambre pudo con él y también lo siguió.
Había una pequeña cocina en una esquina, entre cajas de cerveza y licores. Mike hizo la comida con eficiencia. Su primer pensamiento fue hacer las raciones tan grandes como le fuera posible, pero cuando el estómago ha estado vacío durante mucho tiempo, demasiada comida puede sentar mal. Al cabo de unos momentos, les sirvió unas hamburguesas de un tamaño normal y unos vasos de leche a sus inesperados invitados.
Stiles mordió la suya con ansia. Debía de ser su primera comida decente desde hacía meses. Derek tuvo más cuidado. Observaba con interés a Mike. Pero, de nuevo, el hambre fue más fuerte que la precaución o el orgullo. Durante la comida, Mike trató de sacarles algo de información acerca de ellos.
Stiles fue más abierto que el chico mayor. Estaba muy contento de contarle todo lo que él quisiera saber. Por Stiles supo que habían llegado de Oklahoma y que llevaban en la ciudad desde antes del Día de Acción de Gracias. También supo que, en lo que a el concernía, todo su mundo giraba en torno al chico alto que estaba a su lado. Todo lo que decía empezaba por: «Derek dice», o « Derek hizo».
Derek fue menos generoso con la información. Admitió que no tenían dinero y que llevaban en las calles varios meses, pero no le dijo nada de por qué habían ido a parar a la calle o de qué habían huido. Fuera lo que fuese, no iban a volver. La mirada de ese chico le hizo olvidar a Mike lo joven que era. Mike se sentía orgulloso de su habilidad para juzgar a las personas. Sabía que
podía estar metiéndose en un lío, pero no podía limitarse a dejarlos volver a la calle. Necesitaban más que una comida caliente. Mucho más. -¿Cómo habéis terminado en mi tienda? Por lo que ha dicho Stiles, habéis tomado un autobús esta mañana. Derek dudó un momento y luego se sacó un sobre del bolsillo y se lo enseñó a Mike. El hombre que nos llevó hasta Denver dijo que podíamos venir aquí si necesitábamos ayuda. Mike se quedó mirando la escritura, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.-¿Cómo se llamaba? -preguntó con voz ansiosa. -John. No nos dijo su apellido. -No lo necesito -dijo Mike alisando el sobre. Tal vez no fuera demasiado tarde para arreglar el pasado después de todo. Tal vez hubiera perdido la esperanza demasiado pronto. -Os diré lo que vamos a hacer. Voy a cerrar temprano hoy. Vosotros dos podéis venir a mi casa y quedaros esta noche. Ya decidiremos qué se puede hacer por la mañana.
Derek lo miró con expresión seria. Stiles y yo nos vamos a quedar juntos. Nadie va a separarnos. Mike asintió. -Por mí está bien. Una hora más tarde, él estaba abriendo la puerta de una pequeña casa en un
vecindario modesto cerca de Glendale. Derek entró como si lo estuviera haciendo en un sueño. En su infancia había fantaseado siempre con vivir en una casa que no estuviera en medio de la pradera. Una casa bonita con un jardín y árboles a su alrededor. Esa casa podría haber sido la de sus sueños. -Supongo que querréis daros una ducha. Hay un cuarto de baño arriba y otro
abajo. ¿Por qué no os laváis mientras yo veo lo que puedo hacer de cena? -Acabamos de comer. Pero, como respuesta, las tripas de Derek sonaron. Se ruborizó y Mike se rió de
buena gana. -A tu estómago le va a costar una temporada acostumbrarse a comer de nuevo. Es mejor que comáis poco y a menudo ahora, en vez de una o dos comidas fuertes. Vamos, os enseñaré el dormitorio que podéis usar y los cuartos de baño. Tomaos el tiempo que queráis para lavaros.
Por la noche, mientras descansaba en la cama, Derek se sentía incapaz de
dormir. Era la primera cama decente que había tenido desde hacía meses y estaba despierto, con la mente estudiando todas las posibilidades. Mike Lonigan era rudo, pero parecía amable. Stiles dormía pacíficamente en la cama que estaba al otro lado de la habitación, con Isaiah firmemente apretado contra el pecho. Mike le había sugerido que, tal vez fuera mejor lavar al perro, que ya verían lo que harían al respecto a la mañana siguiente. Hacía ya tanto tiempo que no hacían planes para el día siguiente que no fueran sólo para sobrevivir. A pesar de su desconfianza, Derek estaba empezando a sentir una cierta esperanza. Tal vez su suerte hubiera cambiado de verdad. Si Mike lo ayudara a encontrar un trabajo... Tal vez incluso los dejara vivir allí si podía pagarle un alquiler. Cerró los ojos y forzó a su mente a quedarse en blanco. Era demasiado pronto como para empezar a tener esperanzas. Ya vería lo que le deparaba el mañana.
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JUNTOS PARA SIEMPRE { STEREK}
RomanceStiles Stilinski era lo más importante de su vida En el mismo instante en que fijó su mirada en aquel pálido y bonito niño, Derek Hale supo cuál era la razón de su vida: proteger a Stiles, Para ello, Derek tuvo que escaparse de su casa. Fue una...
