Stiles Stilinski era lo más importante de su vida
En el mismo instante en que fijó su mirada en aquel pálido y bonito niño,
Derek Hale supo cuál era la razón de su vida: proteger a Stiles, Para ello, Derek
tuvo que escaparse de su casa. Fue una...
Derek se acomodó mejor en su silla. Levantó la taza de café, con los ojos aún fijos en la ficha que tenía delante. Afuera, apenas estaba amaneciendo. Derek casi no se daba cuenta de la actividad que había a su alrededor, toda su atención estaba centrada en la ficha que tenía delante. Harry Smith: Caucasiano, varón, convicto de asesinato en primer grado, sentenciado a cadena perpetúa. Culpable de asesinato de Maryann Lonigan. Le dio un trago al amargo café y estudió detenidamente la foto. Un tipo muy normal. No era la cara de alguien que destacara en una multitud, excepto tal vez por una pequeña cicatriz que le deformaba levemente la ceja izquierda y le llegaba hasta la sien. La víctima y él habían tenido relaciones. Ella había decidido luego terminarlas y él le había disparado dos veces en la cara. No era una forma agradable de terminar las cosas. La evidencia era clara, estaban las huellas dactilares en el arma, el motivo y un testigo que lo había visto alejarse del lugar del crimen. Un caso cerrado. Aparentemente, el jurado había pensado lo mismo. Al cabo de poco tiempo de deliberaciones habían vuelto a la sala del juicio con un veredicto de culpabilidad y Harry Smith había ingresado luego en prisión. Derek volvió la página. Allí no había nada especial. Smith había sido un preso tranquilo y no había causado problemas. Hacía cinco años había sido puesto en libertad condicional y la había cumplido de forma ejemplar. Su último domicilio conocido estaba en la zona de San Diego. Eso era todo. Caso cerrado. Entonces, ¿por qué estaba él mirando esa ficha? De todas las que había estado mirando durante las últimas tres horas, ¿por qué era esa la que le había llamado la atención? Le dio otro trago al café y se quedó mirando el techo. Había dormido, como mucho, un par de horas. Cuando decidió dejar de intentar inútilmente conciliar el sueño, todavía era casi de noche en el exterior. Stiles dormía profundamente. Se había quedado observándolo unos momentos y luego se había vestido y se había marchado a la comisaría. Las fichas de Mike no habían resultado de mucha más ayuda que las suyas. relevante que había Nadie tenía motivos evidentes para semejante venganza. De todas formas, esa ficha seguía llamándole la atención. Ciertamente era la más encontrado. Pero ya todo había terminado. Era un caso cerrado. Aunque todavía había algo que le llamaba la atención en ella, y ahora era lo único que tenía para continuar. Derek bostezó y cerró la carpeta. Acusaba la falta de descanso. Se estiró y luego miró su reloj. Todavía faltaban un par de horas antes de que pudiera ver al capitán Jacobs en su despacho. Decidió salir a tomar un café; luego se daría un paseo. Se levantó y se puso debajo del brazo la ficha. Le daría un vistazo final durante el desayuno y vería si podía averiguar qué era lo que le había llamado la atención. La calle estaba vacía, hacía fresco. Una rara neblina daba un aire fantasmagórico a las calles. Derek se subió el cuello de la chaqueta y buscó en los bolsillos las llaves de su coche. Acababa de encontrarlas cuando oyó un leve ruido detrás de él. Fue a darse la vuelta cuando algo le golpeó detrás de una oreja. Hubo un momento de pánico, en el que se preguntó si iba a morir, luego todo se puso oscuro y perdió el sentido. De lo primero que Derek se dio cuenta fue del dolor. Le dolía la cabeza. Tenía las manos sujetas y algo le molestaba en la espalda. Tenía la lengua seca y espesa. Le costó un gran esfuerzo abrir los ojos y casi cambió de opinión cuando se dio cuenta de que con eso le aumentaba el dolor de cabeza. Abrió los ojos y esperó hasta que se acostumbraran a la luz antes de intentar ver con más claridad. Estaba tumbado de lado en el suelo. Mientras tanto, su mente empezaba a funcionar lentamente. Le dolían los brazos, porque los tenía atados a la espalda y la sequedad de la boca estaba producida por una mordaza de tela. El dolor de cabeza estaba seguro de que era producto del golpe que le habían dado para reducirlo. Debía de tener un buen chichón. No se movió, pero trató de utilizar la vista y el oído para que le proporcionaran la mayor cantidad posible de información. Cerca había una mesa y un par de sillas destartaladas. Parecía que estaba solo. De todas formas, esperó un poco más. Por fin se movió. Primero volvió la cabeza tanto como pudo para ver si era verdad que estaba solo. Entonces se dio cuenta de que era decisivo moverse. Tenía que averiguar todo lo que pudiera de su asaltante. También tenía atados los pies, pero logró apoyarse contra la pared y estudió la habitación desde esa nueva posición. Era un lugar bastante descuidado. La mesa y las dos sillas se mantenían en pie de milagro y unas cortinas colgaban en jirones de las ventanas. Había una pequeña cocina en un rincón que olía a rayos. Trató de soltarse las muñecas. Al cabo de un rato que no pudo precisar, tenía las muñecas en carne viva y notaba cómo le corría lentamente la sangre por las manos. En ese momento, oyó el ruido de una llave en la cerradura. Se quedó helado y con la vista fija en la puerta. No le cabía la menor duda de que el que iba a entrar en la habitación era el mismo que había matado a Mike, el que había escrito las notas, el que había estropeado los frenos del coche de John y, por último, el que había puesto la bomba en el de Stiles. La puerta se abrió chirriando. El hombre que apareció era mucho más viejo, tenía el cabello más gris y más arrugas, aparte del aspecto de haber pasado mucho tiempo encerrado, pero Derek lo reconoció inmediatamente. Harry Smith. El hombre que había matado a la mujer de Mike, hacía ya más de veinticinco años. Smith lo miró y se dio cuenta de que Derek estaba consciente. —Bueno. ¿Cómo te sientes? Cerró la puerta y dejó sobre la mesa la bolsa que llevaba en la mano. —Si llego a imaginarme que te ibas a despertar tan pronto, me habría dado prisa. He ido a comprar algunas cosas que me imagino vamos a necesitar. Lo trataba como si fueran viejos amigos, lo que hizo que a Derek se le revolviera el estómago. —Supongo que estarás incómodo. Siento haberlo tenido que hacer así, pero he tenido que amordazarte para que no empezaras a gritar y a molestar a los vecinos. No es que aquí los haya, pero nunca se sabe si pasa alguien cerca. Luego se arrodilló a su lado y le quitó la mordaza. —Bueno, así está mejor. Supongo que tienes la boca seca. Deja que te dé algo. Smith se apartó mientras hablaba y echó un poco de zumo en un vaso sucio. —Tengo que advertirte que no empieces a gritar. Como ya te he dicho, no hay nadie por aquí a quien puedas molestar, pero no me gustan los ruidos. Derek le dio un trago al zumo de mala gana cuando le puso el vaso junto a los labios. Sabía un poco a rancio, pero le venía bien para la sequedad de la boca. Volvió a beber sin dejar de mirar a la cara a Smith. No le cabía duda de que ese hombre iba a matarlo. Lo que no tenía muy claro era por qué lo estaba manteniendo con vida, tal vez fuera cosa de su evidente locura. Estaba claro que Smith estaba loco. No era sólo por las cosas que el tipo había hecho. La locura era evidente en su mirada. —¿Cómo te sientes ahora? —le preguntó Smith, sonriendo—. Espero que no te duela demasiado la cabeza. Luego extendió la mano como si fuera a tocarlo y Derek retrocedió. La sonrisa de Smith se hizo más amplia. —No te preocupes, sólo quería ver si tienes un chichón. —Está bien —le dijo él con la boca seca. —Bueno. ¿Quieres más zumo? —No, gracias. —Si luego quieres más, pídemelo. Smith se apartó de su lado. —Por supuesto, que no sea mucho más tarde, porque tengo otros planes. El hombre estaba deshaciendo lo que llevaba en la bolsa mientras hablaba cómo si nada. Podían estar hablando del tiempo o de deportes. —Me temo que es posible que mis planes no te gusten. Estoy seguro de que ya te habrás dado cuenta de que voy a matarte. Dejó de hurgar en la bolsa y se dio la vuelta para mirar entristecido a Derek. —Es desagradable, pero no puedo hacer otra cosa. —¿No podríamos hablar de esto? —Claro, no me importa en absoluto, pero el resultado final será el mismo. Derek esperó a que Smith volviera a darse la vuelta para seguir trabajando con las cuerdas, parecía que los nudos se estaban aflojando algo. —¿Por qué tiene que matarme? Yo no lo conozco de nada. —Es cierto, pero no es porque me conozcas. Es por otra persona. —¿Otra persona? —Michael Jonathan Lonigan. Sargento Michael Lonigan. La forma en que pronunció el nombre de Mike hizo que Derek sintiera escalofríos. —¿Y por qué me quiere matar a causa de Mike? Él está muerto. Casi no se daba cuenta de lo que estaba diciendo. Toda su concentración estaba centrada en las cuerdas, pero le parecía una buena idea que ese loco siguiera hablando. —Ya sé que está muerto. Yo lo maté, aunque no quería hacerlo. Por lo menos no tan pronto. Tenía otros planes. Se suponía que el muerto tenías que ser tú, ya sabes. Lo dijo con tal petulancia, que Derek se preguntó si no tendría que disculparse. —Lo tenía todo planeado. Ibas a ser tú, luego la chica y, por último, su hijo. Dejé para lo último a su hijo porque pensé que sería lo que más le dolería. Además, sabía que iba a ser difícil encontrarlo. Parece que suele viajar mucho. Pensé que, tal vez volviera a casa para consolar de vuestras muertes a su padre y, entonces, yo lo mataría. Inteligente, ¿no? Sacó de su bolsa una caja de munición del 38 y, luego, sacó las balas una a una y las colocó ordenadamente en filas sobre la mesa. —Lo tenía todo planeado. Me dirigí a la tienda de licores y vi que tu coche estaba aparcado delante. Todo era perfecto. Pensé que eras tú el que estabas abriendo y me pareció muy inteligente matarte allí. Mike sería entonces el que encontrara tu cuerpo. El tipo siguió ordenando en filas las balas mientras hablaba, muy tranquilamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. —Entré y vi a Mike; no pude contenerme. No era parte del plan, pero no pude evitarlo. Tiré del gatillo y luego no pude dejar de hacerlo más veces. Él sabía que era yo. La última cara que vio fue la mía. Incluso después de todos estos años, me reconoció. Casi arruinó mi plan cuando vi esa mirada. Había dejado de moverse y estaba mirando a la pared. Le caía un poco de saliva por la barbilla. Derek apartó la mirada; sentía el ácido sabor de la bilis en la boca. No tenía ningún problema en imaginarse los últimos segundos de Mike. Cuando se dio cuenta de quién era el asesino, tuvo la desesperada necesidad de dejar alguna pista, algún mensaje, para que ese conocimiento no muriera con él. La respuesta había estado delante de ellos todo el tiempo. Mike había tratado de sacar la foto de su esposa para decirles que el asesino de Maryann era también el suyo. —Pero entonces, después de que estuviera muerto, me di cuenta de que había destruido mi plan. Yo quería verlo sufrir, de la misma manera que yo sufrí durante todos esos años en la cárcel. Allí vi cómo toda mi vida pasaba de largo. Yo no podía hacerle lo mismo a él. Pero podía destruir su vida. Todo lo que tuviera significado para él. Luego, siguió ordenando metódicamente las balas. —Me pasé mucho tiempo planeando todo esto. Realmente, no tenía nada más que hacer, ya sabes. Me gustaría haberlo llevado a cabo nada más salir de la cárcel, pero habría resultado demasiado evidente. No quiero volver a ese sitio. No quiero volver. Así que esperé y observé. Aprendí todo acerca de ti y de Stiles. Luego guardó un momento de silencio, como si lo estuviera pensando, antes de continuar. —Realmente, era un plan perfecto y yo lo estropeé matando primero a Mike. Derek se estremeció cuando el loco lo miró. Los nudos estaban cediendo. Podía sacar ya las manos. Con la ayuda de la sangre que le manaba, había lubrificado las cuerdas. De todas formas, el dolor no tenía importancia. —Durante un tiempo pensé que lo había estropeado todo. Estaba muy deprimido. Con Mike ya muerto, no me parecía que tuviera mucho sentido mataros a vosotros tres. ¡Entonces se me ocurrió! Sonrió y su mirada reflejó más que nunca su locura. —¿Crees en la otra vida? Derek asintió y Smith sonrió más aún. —Yo también —le dijo y volvió luego a colocar las balas—. Así que ya ves, después de todo, va a funcionar. Derek continuó tratando de soltarse, sin dejar de mirar a Smith. —No estoy seguro de comprenderlo. —Es evidente. Si crees en la otra vida, entonces tendrás que creer que Mike sabe lo que está pasando en el mundo que ha dejado. Así que, a pesar de que no esté aquí, sabe lo que le está pasando a la gente que más quería. No es tan bueno como mi primer plan porque no voy a verlo sufrir, pero no está tan mal. Derek estaba logrando soltarse, tenía que lograr que siguiera hablando así que le dijo: —¿Qué ha pensado hacer conmigo? —Bueno, he cambiado un poco mi plan. Incluso después de matar a Mike, iba a seguir con la idea original y mataros uno a uno, pero entonces lo pensé y se me ocurrió que no estaría bien que los tres sufrierais viéndoos morir. Después de todo, yo no estoy tratando de castigaros a vosotros. Así que ayer puse la bomba en el coche de Stiles. Se suponía que tendría que matarlo. Pensé que sería mejor que el chico fuera el primero y así sufriría menos. Luego iba a mataros anoche a los dos restantes. Smith seguía colocando obsesivamente las balas en filas sobre la mesa. —Sólo que la bomba no funcionó, así que decidí que sería mejor reuniros a los tres y mataros de una vez. Mientras estabas dando la cabezadita, los he llamado y les he dicho que te tengo y, que si quieren verte vivo, tienen que reunirse con nosotros aquí. —Sólo que no tiene ninguna intención de que vuelvan a verme vivo, ¿no? —le dijo Derek, apretando los dientes. —Claro que sí —le dijo Smith mirándolo indignado mientras tomaba un 38 y empezaba a limpiarlo con un trapo—. Yo siempre mantengo mis promesas. Llegarán a verte vivo, justo antes de que muráis todos. Der k casi no le estaba escuchando. Deslizó la mano derecha fuera de los nudos. Después, liberó la izquierda. Hasta que no supiera qué hacer era absolutamente necesario que Smith no supiera que estaba libre. Tenía que hacer algo enseguida. Stiles llegaría pronto. Estaba tan seguro como que lo amaba más que a su propia vida. Sabía que el iría sin tener en cuenta el peligro. Y John iría con el. El plan de Smith estaba lleno de fallos, pero eso mismo le daba posibilidades de que saliera bien. Nadie se esperaría algo tan sencillo. Smith continuaba con su charla mientras limpiaba amorosamente el 38, acariciándolo como si fuera su amante. Derek esperaba una oportunidad. Estaba estrujándose el cerebro en busca de un plan. Todavía tenía los pies atados, pero tenía que hacer algo. De repente se dio cuenta de que se le había acabado el tiempo. —¿Derek? ¿Estás ahí? Smith se levantó con el revólver en la mano. Derek se tensó, sabiendo que tenía que moverse ahora. Smith dio un paso y Derek se arrojó hacia delante, agarrándolo con toda su fuerza. Lo golpeó en el estómago. Oyó cómo el hombre se quejaba y el golpe del revólver contra el suelo. Luego, cayeron contra la mesa. Las débiles patas del mueble se rompieron y los dos cayeron al suelo entre los restos de madera. Todavía con las piernas atadas, Derek trató de seguir agarrado a Smith. El miedo por la vida de Stiles le daba fortaleza, pero Smith tenía la fuerza de la locura. Rodaron de un lado para otro. Derek trataba de agarrar mejor al otro, usando su peso para tratar de inmovilizarlo contra el suelo. Smith lo golpeaba y trataba de meterle los dedos en los ojos. El tuvo que echar la cabeza hacia atrás, aflojando por un momento a su presa. Podía oír a Stiles llamándolo frenéticamente, pero no podía malgastar la respiración en contestarle. Sabía que Smith estaba tratando de coger el revólver. Golpeó a Smith en la frente con la cabeza. A él mismo le afectó el golpe, pero Smith se quedó quieto. Sólo una fracción de segundo, pero era todo lo que Derek necesitaba. Estiró la mano derecha y agarró el arma. Smith gritó de rabia. En ese momento, la puerta se vino abajo, John apareció con una automática en las manos. Smith se movió y Derek volvió a mirarlo. La locura que se veía en sus ojos era aterradora. Los sonidos que profería su boca no eran humanos. —Ríndete. Se acabó. Las palabras salieron de la garganta de Derek como si le rasparan. Estaba tirado en el suelo y con los pies atados aún. Smith miró primero a Derek y luego a John. Ninguna de las dos armas se movió. A lo lejos se oían sirenas que se acercaban. Smith estaba en el suelo, todo resto de humanidad había huido de su rostro. —¡Nunca! ¡Nunca! Sin ponerse en pie se arrojó hacia el sofá con un movimiento rápido. Derek vio cómo metía una mano detrás de un cojín y luego el brillo de un cañón. Sólo tuvo una fracción de segundo para reaccionar. El sonido seco del 38 se mezcló con el más pesado del 45 de John en un solo estampido. La camisa de Smith se tiñó de rojo. Una pistola se le escapó de los dedos y cayó al suelo. Miró entonces a Derek con una extraña mirada que casi podría ser de alivio. Luego, se dobló hacia delante y murió. Derek apartó la mirada de ese cuerpo y se volvió hacia John. —Muy a tiempo —le dijo. —Antes de que John pudiera contestarle, hubo un movimiento detrás de él y Stiles llegó corriendo. Se detuvo de repente al ver el cuerpo de Smith, antes de saltar prácticamente hacia Derek. —Derek —fue lo único que dijo. —Ya te dije en su momento que te mantuvieras apartado hasta que yo te lo dijera —dijo John, pero el castaño lo ignoró. —¿Estás bien? —preguntó el. Derek asintió mientras trataba de quitarse las cuerdas de los pies. —Estoy bien. Las cuerdas cedieron y él se puso torpemente en pie. Se sentía mucho más viejo de lo que era en realidad. —Creía que ibas a morir. Stiles dijo eso sollozando. Derek lo miró. Para él, el chico lo era todo en el mundo. Todo lo que importaba, todo lo que siempre había querido o necesitado. El castaño se arrojó a sus brazos, llorando. —Creí que iba a perderte. El lo miró con tanto cariño que John miró hacia otra parte, sintiéndose como si hubiera irrumpido en un momento inoportuno. Fuera, las sirenas dejaron de sonar. Iba a tener que explicar muchas cosas cuando los policías llegaran. Miró el cuerpo de Smith y luego a Derek y Stiles y, antes de dirigirse a la entrada. Le dolía un poco la pierna. Ninguno de los dos se dio cuenta de su desaparición. Para ellos no había nada más en el mundo que el otro. —No llores, cariño. Te quiero. Te quiero. Stiles levantó la cabeza y, mirándolo con esos ojos de color Cafe, humedecidos por las lágrimas, le dijo: —Oh, Derek, te amo tanto. Tenía miedo de que nunca pudieras ver que estamos hechos el uno para el otro. Él le pasó el pulgar por las lágrimas que resbalaban por sus mejillas y sonrió un poco amargamente. —No hay nada en el mundo que pueda convencerme de que te merezco, pero haré todo lo posible para ser digno de tu amor. —No tienes que hacer nada, Derek. Lo único que me importa en la vida es estar junto a ti. Derek le pasó un brazo por los hombros y salieron de allí, apartándose de un pasado que era demasiado oscuro y dirigiéndose hacia un futuro que sólo era de luz. —¿No te prometí que estaríamos siempre juntos? Siempre, Stiles, Siempre. Fin
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