Recuerdos

14 0 0
                                    

Verano de 2007. Perú, Lima.

—   Con Leandro todo es difícil, pero lo vamos a superar, tú serás el primero en verlo —le dijo su amigo mexicano, un amigo que actuaba como el guía en aquel país tan extenso y súper dimensional. Se trataba de sus ojos en la espalda, él le aconsejó por cuál medio servirse, por el autobús roñoso y maloliente, o por embarcación. Armando descartó viajar hasta su hogar por avión, no tenía dinero ni la vagancia necesaria.

Nunca olvidará aquella noche. Discutiendo con su amigo —muy parecido a Zapata con esos bigotes— sobre la ruta que tomarían para llegar hasta el norte de Sudamérica. Desafiando las barreras internacionales y el monitoreo de los ejércitos tercermundistas que comenzaron a refinarse, con ayuda de una que otra intervención del gigante de América, un hecho que irritó el orgullo latino de Armando.

La luna estaba en lo alto, bien redonda y lumínica. El cielo oscuro todo despejado, con las parpadeantes estrellas en él; la brisa cálida y suave. Vestía tan ligero, tan cómodo, en paz. Su cuerpo estaba sumamente relajado, disfrutando aquella noche.

De vez en cuando, repetían las canciones de Ricky Martin o Thalía por la radio del club en el que se hallaban. Estaban comiendo al aire libre, sentados en las pequeñas mesas redondas. Un lugar de segunda clase, localizado en una de las extensiones de la Avenida Venezuela. Frecuentaba una clientela de su misma edad, joven, movida y alegre.

—    Para cuando lleguemos a Bogotá, nos esperará el carruaje de la Cenicienta. Ayer llamé a Jorge, para saber si recibió el pago por adelantado. Adivínalo, amigo: lo recibió —rio grandemente.

—    Entonces, tengo que ir preparando mi culo para los asientos de paja —Armando sonrió, achicando los ojos, tan típico de su sonrisa.

—    Creo que, compadre mío, siempre viajaremos con burros adelante, en vez de caballos…; una vez tuve uno. Un mestizo, con tamaños más grandes que los de un toro. Lo sé porque mi padre, que en paz descanse, era torero. 

Armando deja a un lado el envase de cerveza, para poder devolverle la mirada a una mujer que lo sonreía provocativamente. Le da de perfil a su amigo de viajes.

—    ¿Qué miras? —el singular personaje a Zapata, dirige sus ojos a los de esa mujer que tanto apreciaba, visualmente, Armando— Oh, regalo de Dios. ¡Qué piernas! ¡Qué robustita!

Se trataba de una peruana que hace rato llevaba bailando sola, a un costado de las mesas. Estaba vestida con un vestido rojo de algodón, con el pelo suelto. Morocha y de ojos cafés, nariz pequeña y labios muy regordetes. Armando no dejó de fascinarse por sus largas piernas.

—    ¡Sabe que eres extranjero! ¡Ándale, compadre!

Armando le respondió a su amigo como toque de estímulo para levantarse y acompañar a la mujer a completar su danza tan solitaria. Armando nunca olvidó este recuerdo: los músicos baratos haciendo resonar el bar; las parejas liberándose de las cargas y los conflictos que padecía Perú en aquellos años. A la morocha que despilfarraba jovialidad, fuerza y alegría, reluciendo, con su danza, su voluptuosidad. Sus grandes caderas, su corta cintura, su gran busto, fascinaron al treintañero de Armando.

—    ¿Armando, no? —preguntó ella, sonriéndole. Tenía los labios bien rojos.

Él le cabecea, afirmándole. Recuerda, con devoción y nostalgia, su ritmo para aquel baile latino: moviendo los hombros, pegados a la línea de la música. Balanceando toda su espalda y su cintura en las notas de aquella canción romántica y aventurera. La mujer lo acompañó sacudiendo, lentamente, sus caderas, bajándolas para después ascenderlas, remarcando sus curvas. Él se le acercó, posando sus manos en su pequeña cintura, llevándola hasta su pelvis, pegando cuerpo a cuerpo, sintiendo su ardor, su físico prendido en llamas. Armando irguió su espalda, y no se arrepintió, y no dudó, en copiarle sus pasos, moviendo su trasero, su espalda, su cabeza. Se extasió de aquella danza, de ella, del lugar. Levantó su brazo derecho para que la mujer haga una vuelta por debajo de éste, al regresar a él, la agarró por centímetros debajo de su coxis y la arrastró hasta sus labios. La besó con pleno libertinaje, con vitalidad y entusiasmo. 

Ellos siguen bailando, besándose como parejas nuevas en el caso. La mujer incita, con adrede, un acto al momento en el que ella roza su entrada con el sexo de Armando, él se percató. No bajó a ver, clavó sus ojos en los de ella.

—    Mañana parto —él dice, roncamente, tolerando sus impulsos.

—    ¿Otra vez?

—    No regresaré.

—  Entonces, ¿tu última noche en Lima? —ella extiende sus brazos sobre los hombros del hombre.

—    Mi última noche acá.

—    Te extrañaré.

—    Yo igual.

A la mañana siguiente, se despide de Lima y de su gente, puesto que se hospedó en un viejo caserón en lo rural repleto de ancianos. El viaje hasta Cuba resultó ser único, económico y lento. A las once y cuarenta de la mañana, debían llegar tempranito a la estación de Mirabus de larga distancia, que lo llevaría a él y a su amigo a los límites del susodicho país. Empero, la impuntualidad de Armando, tan característico de él, causó que viajará, incómodamente, en un una combi.

Libertino XXI (Nouvelle)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora